Nació en Alemania y Estados Unidos allá por finales de los años 70. Aquí, como en otras tantas cosas, llegó más tarde. En España comenzó a practicarse, casi en la clandestinidad, a mediados de los 90. En las habitaciones y en los garajes, los jóvenes comenzaban a practicar los movimientos del skateboard con sus dedos, de ahí el nombre de este deporte, el fingerboard. Pero ha sido en los últimos años cuando se ha generalizado entre los amantes del skate. Esta disciplina gana adeptos día a día, hasta el punto de que ya se celebran competiciones nacionales que congregan a decenas de aficionados que hacen de internet su punto de encuentro.
En foros especializados o portales como Youtube hay numerosas demostraciones de habilidad en el manejo de estas diminutas tablas de madera o plástico de apenas 10 centímetros. Entre estos 'riders' en miniatura figuran los valencianos, Vicent, David y Carles, de 15 años. Con sólo dos dedos (índice y corazón) -que sustituyen a las piernas de los skaters- estos jóvenes hacen verdaderas piruetas con sus tablas.
¿Cuál es el secreto? «Mirar vídeos y practicar, practicar y practicar», asegura David. Ellos, amigos desde la infancia, empezaron así. Bueno, más bien, comenzaron con el skate, pero, al romperse David el tobillo en un accidente sobre la tabla, sus amigos le regalaron un finger para pasar las horas muertas. Y les picó el gusanillo. Llevan unos ocho meses con el finger metido en el bolsillo. «Nunca nos falta allá donde vamos, lo llevamos encima, esa es la ventaja sobre el skate, que cualquier sitio liso que encuentres es bueno para hacer finger», dice David.
Los primeros pinitos los hicieron mirando vídeos en internet e intentando copiarlos, para luego organizar campeonatos caseros en casa de Vicent para depurar la técnica. Y con la diminuta tabla pegada a los dedos se pasan una media de dos horas al día, que ascienden a cuatro los fines de semana, apunta Vicent.
La convivencia no siempre es fácil en casa. «Al principio, mis padres se quejaban, ya que el finger hace mucho ruido y pica las mesas de madera», reconoce Vicent. Tampoco en casa de David lo tienen muy claro, «dicen que no sirve para nada y que hace ruido». Pero ellos siguen erre que erre. En el punto de mira tienen a grandes 'riders', la mayoría extranjeros, como Elias Assmuth y Julien Klein, «me quedaba horas y horas embobado mirando vídeos suyos en internet». A ellos David añade a Steffen Bonsert, Daniel Lingvist y a una chica, Vilde Bonsak; pero su referente es Mike Schneider, que «a sus 16 años tiene uno de los mayores distribuidores de fingerboard del mundo, Flatface», aunque por calidad no lo pondría entre los primeros.
Ambos amigos son habituales de fingerboarding.es, un portal creado por David Paredes que pasa por ser «la mayor comunidad en español sobre fingerboard», tanto para usuarios en España como en Iberoamérica. En apenas seis meses de funcionamiento ya ha reunido a 230 usuarios.
Hay más signos del tirón de esta disciplina. David Paredes explica que este año ya se han celebrado cuatro eventos nacionales sobre fingerboard y hay otros más en proyecto para esta temporada. Además están surgiendo marcas nacionales que fabrican tanto tablas como otros accesorios (bancos de granito o mármol...) como son Shen Company, Fingerpark y Sugar Plant, la mayoría de ellas en Barcelona.
Un hobby caro
Los principiantes, sobre todo, echan mano de las tablas Tech Deck, que cuestan alrededor de unos 8 euros. Pero si se quiere optar por algo más avanzado, hay que rascarse el bolsillo. ¿El por qué? «Las tecnologías que se utilizan para construirlos son idénticas a las del skateboard, pero en miniatura», lo que encarece el producto, explica. La tabla puede costar entre 15 y 30 euros, las ruedas -que llevan insertados rodamientos diminutos- entre 20 y 40 euros. Faltan los ejes, que cuestan entre 25 y 40 euros. Así que el pack mínimo no sale por menos de 100 euros. Y faltan los accesorios. En una de las casas fabricantes puede adquirirse todo un parque para practicar fingerboard (con escaleras, barandillas, rampas, curvas, desniveles...) por la escalofriante cantidad de 1.295 euros. A parte, hay rampas sencillas desde 12 euros, barandillas desde 16 euros, rampas en forma de 'u' por 50 ó 70 euros, dependiendo de las dimensiones, y módulos con barandilla por 59 ó 80 euros, según características.
Haciendo números, Vicent calcula que se habrá gastado unos 150 ó 170 euros en el fingerboard, y eso que él mismo se ha realizado varios módulos. Lo que dispara el gasto es que tienen que recurrir por internet a fabricantes de Estados Unidos o Alemania e importar el producto.