Puede parecer que ha pasado mucho tiempo desde que estalló la crisis de las hipotecas de mala calidad ('subprime') y que empiezan a aflorar indicios de que la morosidad crediticia está empezando a disminuir su tasa de crecimiento (la segunda derivada, no se olvide). Pero nadie está en condiciones de asegurar que no tardaremos al menos otro tanto en salir definitivamente del túnel crediticio en el que, desgraciadamente, todavía nos encontramos.
Las hipotecas, u otros créditos, que ahora causan la morosidad hace mucho tiempo que no son las venenosas 'subprime', sino que se trata de hipotecas y créditos que hace unos meses eran buenos pero que se han convertido en malos a causa del desempleo o de la quiebra empresarial de sus titulares. En efecto, mientras la crisis real de la economía no empiece a remitir, lo cual tardará todavía, las entidades financieras no empezarán a advertir que el riesgo que incorpora su activo crediticio disminuye. Hasta que esto suceda, el avance de la tasa de morosidad de hipotecas y créditos hoy buenos seguirá aumentando.
Desde el 4,9% registrado en abril para el conjunto de sector financiero español, cuando la tasa de desempleo se situaba en el 18,1%, según la Comisión Europea, la tasa de morosidad continuará subiendo. Cualquier modelo de previsión de esta tasa en un escenario de desempleo creciente como el que todavía nos espera en los próximos trimestres predice que la morosidad puede duplicarse si el paro llega hasta el 23 o el 24%. Tras esta tasa de desempleo hay más quiebras de hogares y empresas que dejarán de pagar los plazos de sus hipotecas y créditos. Y eso que los tipos de interés ayudan, por ahora, a aliviar la carga de las deudas enormemente.
Con tasas de morosidad por encima del 8% o superiores (ya las tuvimos hace 15 años), la entidad financiera representativa (hay toda una distribución de entidades alrededor de la media, no se olvide) no tiene más remedio que aplicar una parte creciente de sus resultados a cubrir los créditos fallidos y entraría en pérdidas tarde o temprano. Ello quiere decir que las entidades menos eficientes que la media habrán sufrido desproporcionadamente antes de llegar a estos niveles de morosidad, siendo inevitable su intervención cuando los alcancen.
¿Puede evitarse este escenario? En buena medida, pero no es sencillo. En todos los países se está trabajando intensamente para conseguirlo. Pero las sucesivas medidas adoptadas por los bancos centrales y los gobiernos, desde la garantía de depósitos hasta la entrada en el capital, pasando por la intervención de entidades (Caja Castilla-La Mancha) para su saneamiento o la compra de activos de calidad a fin de proporcionar liquidez, no han evitado que cada cierto tiempo repunten las primas de riesgo ante la evidencia de que nuevos activos crediticios en unas u otras entidades dejan de valer lo que venían valiendo cuando sus titulares han dejado de honorar los vencimientos. La crisis real no da respiro a las entidades financieras y, en una dialéctica infernal, éstas no pueden restablecer unos canales crediticios solventes que devuelvan la savia al tronco de la actividad y el empleo.
No se ha quemado toda la pólvora y en todos los países se habla de crear los llamados 'bancos malos' o fondos de capital mayormente público, pero también privado, en los que aparcar por tiempo indefinido los 'activos tóxicos' de las entidades financieras comprándoselos a éstas con una rebaja o quita considerable, como corresponde al riesgo que incorporan. Estos fondos aligeran a las entidades financieras ordinarias de activos problemáticos, lo que les permite concentrarse en su negocio. Con el tiempo, muchos de los activos malos pueden recuperarse y el fondo así creado podría incluso remunerar a sus accionistas. No sería la primera vez que sucediese algo parecido.
Estamos a la espera de que el Gobierno desvele los detalles del llamado Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB). Parece, por las noticias que nos llegan de los negociadores a través de los medios, que trabajar esos detalles está siendo complicado debido al consenso político con el que se está tratando de sacarlo adelante y la eventualidad de que en el camino se mezclen otros procesos como el la nueva Ley de Cajas. No conviene demorarse mucho, ni perderse en los detalles.
El paro y la morosidad no dejarán de crecer en los próximos trimestres y entonces, en un proceso continuo que podría empezar en cualquier momento, una, otra u otras entidades, a las que una tardía constitución del Fondo serviría de bien poco, habrán sido intervenidas. La creación de este Fondo de Reestructuración es la penúltima medida para lograr, por una parte, la reconversión ordenada de las entidades financieras españolas más afectadas por la crisis y, por otra, que el conjunto de sector se sacuda los riesgos que acumula su activo.