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11.06.09 -

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Darwin y los virus de la gripe
AP
Con toda seguridad, el naturalista británico Charles Darwin padeció más de una vez gripe a lo largo de su vida. Pero estuvo muy lejos de sospechar que su causante, el virus de la gripe, es uno de los mejores ejemplos de la teoría científica que le hizo famoso: la evolución por selección natural, plasmada en El Origen de las especies, cuya publicación cumplirá 150 años el próximo noviembre. Durante el último mes y medio una nueva forma de gripe se ha extendido por casi todo el planeta. Inicialmente pareció ser considerablemente más mortífera que otras cepas habituales, por lo que se temió que pudiera provocar una epidemia de gran letalidad como la llamada "gripe española" de 1918, con la que está lejanamente emparentada. Sin embargo, la dinámica posterior parece corresponder a una forma mucho más benigna. Con todo, el seguimiento que se le hace sigue siendo muy intenso y los recursos y esfuerzos dedicados a su control apenas tienen parangón. En circunstancias de grave crisis económica, ¿tiene realmente sentido dedicar tanto esfuerzo a controlar un virus que no parece ser tan letal como amenazaba?
El virus de la gripe, como otros muchos virus como el del SIDA o el de la hepatitis C, se caracteriza por su gran capacidad de evolución en tiempos muy cortos. En su caso, esta elevada velocidad de cambio se debe a dos procesos básicos. Uno, la mutación, genera variantes continuamente, muy parecidos entre sí y al virus original del que proceden, y le permite adaptarse rápidamente a un entorno cambiante: cada nuevo sujeto infectado, cada tratamiento antiviral proporcionan oportunidades para que el virus se adapte mediante selección de los variantes más eficaces. El otro mecanismo, la reordenación de sus segmentos genéticos, produce cambios muy drásticos en la composición del genoma del virus. Gracias a ella, pueden aparecer virus nuevos en los que se combinen las propiedades de otros virus muy diferentes entre sí, normalmente por haberse adaptado a infectar a otras especies. En el caso de la gripe, la mayoría de virus originales se encuentran en aves, y su salto a la especie humana se ha producido recientemente en términos evolutivos. Este salto de especie suele "pillar indefenso" a nuestro sistema inmunitario, que tiene que enfrentarse a una combinación de proteínas virales nueva. En ocasiones, como en la epidemia de gripe de 1918, la combinación resultante tras el salto a nuestra especie es altamente letal, lo que provocó el mayor número de muertes por infección en la historia de la humanidad, entre 50 y 100 millones de fallecimientos.
Un escenario potencialmente terrorífico
Hace unos años tuvimos noticias de un nuevo tipo de gripe, altamente mortífera: la gripe aviar H5N1 (las variantes de la gripe se conocen por las formas alternativas de dos proteínas, la hemaglutinina -H - y la neuranimidasa - N). Afortunadamente, en este virus no han aparecido aún las mutaciones que facilitan su transmisión directa de persona a persona, por lo que, a pesar de producir mortalidades superiores al 60% de las personas infectadas (la gripe A (H1N1) produce mortalidad en menos del 0.5% de los casos), el número de casos fatales es todavía relativamente bajo (inferior a 300 personas en 10 años). Pero esta situación no es inmutable: el estudio de la evolución de los virus, como el que desarrollamos en el grupo de investigación en Genética Evolutiva
del Institut Cavanilles de Biodiversitat i Biologia Evolutiva de la Universitat de València, permite anticipar un escenario potencialmente terrorífico. Existe la posibilidad de que, mediante la reordenación de segmentos del genoma viral, aparezca un nuevo virus "híbrido" con la alta transmisibilidad del virus A (H1N1), frente al que nuestro sistema inmunitario no parece tener defensas suficientemente eficaces, y la alta mortalidad del virus de la gripe aviar. Este escenario se desarrollaría inicialmente en el Sudeste asiático (Indonesia, Vietnam), donde se encuentran los principales reservorios de gripe aviar, extendiéndose desde allí al resto del planeta, primero al hemisferio norte, como hace la gripe común durante nuestro otoño-invierno, y luego al hemisferio sur. Esta no es la única resultante posible en el caso de que ambos virus infecten simultáneamente a un mismo hospedador, posiblemente un cerdo, especie en la que ya se ha desarrollado por este mismo mecanismo el virus A (H1N1), pudiendo aparecer combinaciones menos transmisibles o menos letales.
Pero la tarea de la OMS y de las autoridades de salud pública es, justamente, prevenir las situaciones antes de que aparezcan o, al menos, lo antes posible, y para ello contamos con una estrategia adecuada: vacunar a la población más susceptible al nuevo tipo de virus de forma que se corte al máximo su diseminación. Y aquí nos reencontramos con la evolución y Darwin -del quien también este año se celebra el bicentenario de su nacimiento (www.uv.es/cdciencia/darwin). Cada otoño es necesario preparar una nueva vacuna contra la gripe pues, dadas sus continuas mutaciones, el virus no cesa de evolucionar, haciendo inservibles las vacunas empleadas el año anterior. También, gracias al análisis evolutivo, sabemos que otras variantes del virus H1N1 ofrecerán una protección, al menos parcial, frente a la nueva A (H1N1).
Como ciencia que trata fenómenos complejos, la evolución no puede realizar las predicciones que nos gustaría: ¿cuándo va a aparecer una nueva variante viral?, ¿qué propiedades va a tener? Pero sí nos permite anticipar la alerta antes de que se produzca una variante más letal, diseñar vacunas más eficaces, o prever su efectividad y seguridad para poder distribuirlas con mayor rapidez.
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