VICENTE LLADRÓ VALENCIA
Algunas personas se sorprenden tanto de que se estén implantando viñedos en el sur de Inglaterra, que lo acaban achacando al cambio climático y a las nefastas consecuencias de las actividades humanas, que lo provocarían. Sin embargo no está ocurriendo ni más ni menos que lo que ya sucedió, y en tiempos no muy lejanos. En el sur de Inglaterra ya había viñedos en el siglo XII. Lo que ocurre ahora es que se ha revitalizado una actividad que estaba mortecina o casi desaparecida. Las nuevas tecnologías de vinificación, junto a las posibilidades que ofrece una climatología húmeda y fresca para desarrollar vinos suaves, de baja graduación y espumosos, completan el panorama adecuado para satisfacer una demanda que anda hoy en buena medida por ese camino.
Como en la comedia de Calderón de la Barca 'No siempre lo peor es cierto'', y también en el reciente libro de la catedrática de Historia de las Ideas de Madrid Carmen Iglesias, que adopta con plena intención el título de la obra del clásico dramaturgo, también en las cuestiones agrarias cabe señalar, en relación con el cambio climático, que no siempre lo peor ha de ser cierto.
En contra de las frecuentes noticias divulgadas en los últimos años respecto a que el aparente aumento de las temperaturas esté provocando serias alteraciones en los cultivos y en su distribución geográfica, la experiencia, contrastada con multitud de técnicos y expertos a pie de campo, señala que apenas pueden encontrarse indicios de altibajos en tal sentido. Es más, la mayoría de las veces ni siquiera puede decirse que se repitan en series largas de tiempo y, en todo caso, quienes dependen de la meteorología para producir y vivir dicen saber perfectamente que esto es cambiante de una temporada a otra, y más aún si se miran las diferencias a muchas décadas vista.
Especial atención merece últimamente, entre los más fieles seguidores del dogma del cambio climático, el presunto problema de que el cultivo de la vid se vea hostigado por el pretendido aumento de las temperaturas medias y que los viticultores se vean obligados, en consecuencia, a trasladar el cultivo más al norte (en el hemisferio sur sería al revés) , o a terrenos de mayor altitud. Todo en busca de temperaturas más frescas.
«Las viñas buscan el frío», rezaba el titular de un reciente reportaje en el que se defendía esta teoría, tratada con el carácter de lo demostrado, de lo inmutable.
Sin embargo, resulta realmente complicado encontrar enólogos que estén convencidos de soportar tal problema. Se argumenta a menudo, como prueba irrefutable, que las vendimias se adelantan, que cada vez se recolecta la uva antes, porque se anticipa la maduración, y los profetas del dogma aprovechan para difundir que esto ocurre por el aumento de los termómetros. Es verdad, pero a medias. Es cierto que, en general, ahora se vendimia antes que antaño, no siempre, ni en todos los sitios, ni para todas las variedades ni todos los años. La campaña pasada, por ejemplo, las lluvias tardías y las temperaturas suaves de agosto retrasaron la maduración en muchas regiones.
Un ejemplo extremo de lo que está sucediendo en general lo constituye el caso de la uva blanca Verdil, en la comarca de Els Alforins, en la DO Valencia. Antiguamente se recolectaba sobremadura, a finales de octubre, porque se vendía a las bodegas de Jerez. Cuando estas adquirieron tierras en el sur de Ciudad Real (integradas también en la DO Jerez) aumentaron la producción propia y dejaron de comprar fuera. La mayoría de las plantaciones de Verdil acabaron arrancándose, como las de otras variedades blancas en otras zonas, al truncarse dicha corriente comercial. Pero en los años 90, un joven enólogo, Daniel Belda, decidió aprovechar de otra forma las viejas cepas de Verdil de la familia. Vendimió a mitad de agosto y elaboró un vino totalmente distinto, suave, afrutado y de color pajizo. Al año siguiente le compró toda la producción la aerolínea British Airways, mientras sigue haciendo 50.000 botellas cada campaña y otros siguen sus pasos. ¿Cabe decir que el adelanto aquí fue por cuestiones climáticas?
Cualquiera que vaya en AVE de Madrid a Sevilla, al aproximarse a Córdoba, puede extrañarse de ver tal profusión de plantaciones de cítricos en el valle del Guadalquivir. ¿Naranjos tan al centro? No es nada raro. Los libros de texto ya explicaban en los años sesenta que había naranjos y limones hasta en Cáceres, Toledo o Ávila. Una de las variedades de naranjas más antiguas en España fue la castellana, porque fue en Castilla donde la extendieron los musulmanes en la Edad Media, mucho antes de que se implantara en Valencia el primer huerto moderno, en 1781. No es, pues, raro que haya naranjos en el Valle del Guadalquivir. Se introdujeron hace muchos siglos y comenzaron a extenderse de forma comercial en los años cuarenta, cuando aún no había problemas de polución.
Los cítricos, las hortalizas, la vid o el olivar se extienden más allá de sus límites anteriores durante un tiempo, luego los altibajos naturales devuelven las cosas a su lugar anterior. En algunos puntos, no obstante, se consolidan para siempre los cambios, aprovechando microclimas, como ocurre con las naranjas en Córdoba, que seguirán allí aunque este año hayan sufrido una seria helada. Como siempre ocurrió, incluso cuando ni se imaginaba que el CO2 podía ser tan problemático.