Es, sin duda alguna, el juez de menores más conocido de toda España. A sus 53 años acumula más de 16.000 casos enjuiciados en los que han participado adolescentes. "El 80% de los menores que yo juzgo han cometido delitos, pero no son delincuentes. Hay que saber que historia tienen detrás". Por eso, Emilio Calatayud Pérez, titular del juzgado de menores número uno de Granada y autor de algunas de las sentencias educativas más sonadas, conoce a la perfección el a menudo difícil mundo de la adolescencia.
Y como experto es el primero en detectar los nuevos peligros que se ciernen sobre los jóvenes. Ayer, durante su intervención en la jornada "Drogodependencia y Alcoholismo en Adolescentes", celebrada en Bétera, el magistrado lanzó la voz de alerta sobre dos realidades que ya acechan a los adolescentes, principalmente de clases más marginales: el resurgir del pegamento como droga y el esnifado del líquido de las pilas como alarmante estupefaciente.
Menores que ocultaban sus rostros con bolsas repletas de pegamento y que destrozaban sus pulmones respirando una y otra vez su interior parecía una imagen desaparecida hace decenas de años. Pero, según el magistrado, la llegada cada vez más masiva a nuestro país de inmigrantes entre los que sigue más presente esta práctica ("sin que ellos tengan culpa de nada", puntualizó el juez) ha hecho que esta droga resurja en algunos sectores.
Visión médica
No fue el dato más sorprendente. El magistrado Calatayud ha detectado varios casos de adolescentes que se drogan con el líquido tremendamente dañino que hay en el interior de las pilas. "Ellos lo llaman electrificarse", señaló Calatayud.
La vertiente médica del problema la aportó el doctor Jesús Bedate. Catedrático de Psiquiatría de la Universitat de València y jefe de Salud Mental del Hospital General, el especialista supo como dirigirse a un auditorio conformado no íntegramente por padres y madres.
Consciente de la importancia de conectar con los más jóvenes, el experto miraba a menudo a los ojos de los numerosos menores presentes en la sala -muchos de los que cuales acudieron por iniciativa propia, incluso sin sus padres- mientras hablaba y empleaba palabras muy conocidas por los adolescentes, como porros o
farlopa
(cocaína).
Entre las líneas de su mensaje pudo leerse un lamento del facultativo hacia el hecho de que la legislación no ayude más a acabar con las adicciones. "Tenemos una ley muy garantista", indicó Bedate.
Su queja hacía referencia al hecho de que si un alcohólico o un toxicómano no quiere someterse a un tratamiento, "con la ley en la mano no se le puede obligar". Ello, a pesar de que luego, el propio ordenamiento jurídico si llega a contemplar estas adicciones incluso como atenuantes en caso de una condena penal.
Aunque matizó que sería deseable que hubieran "más centros" de desintoxicación y tratamiento de toxicomanías, el doctor consideró que en la Comunitat Valenciana existen "muchos más que en otras regiones".
En su opinión, la mayoría de los adolescentes empiezan a consumir drogas por la presión de su grupo de amigos. Los estudios apuntan a que todo empieza a los 13 años, cuando consumen los primeros cigarros y se inician en el alcohol. Un año después dan el paso a los porros y la cocaína. Y de ahí, a la caída libre por el torbellino de la politoxicomanía.
El psiquiatra explicó cómo la droga actúa directamente en el cerebro, en la zona conocida como Circuitos de Recompensa. La creación de placer es el detonante de la adicción a estas sustancias. Y su explicación añadió claridad al por qué de la enorme dificultad de los drogadictos a la hora de conseguir desengancharse: el estupefaciente afecta también directamente a la corteza prefrontal del cerebro -parte delantera-, donde se encuentra precisamente lo que llamamos fuerza de voluntad.
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