La mayoría de los regalos de cumpleaños quedan relegados al fondo del armario. Sin embargo, hay presentes que se divulgan a los cuatro vientos. Desde la nostalgia de mis últimos cumpleaños, hay un regalo que guardo en mi memoria y en mi paladar. En junio de 2004 mi querida amiga Cristina Codorniu, responsable y alma de las Bodegas Chivite, me invitó a la cata que la Fundación para la Cultura del Vino iba a realizar sobre los vinos franceses de las Bodegas Petrus en el Casino de Madrid. Lo emocionante de acudir a una cata histórica se vio incrementado porque el evento se celebraba en mi aniversario, el 15 de junio.
Aquel día sacié mi ilusión de probar uno de los mejores vinos del mundo. Una a una, fueron pasando las añadas. Primero, las más jóvenes, las de 98, 99, 00 y 01; para que después, con solemnidad, lo hicieran las más desarrolladas, las de 88, 89, 90 y 95. Mientras sorbía emocionado, el director técnico y enólogo de las bodegas, Jean Claude Berrouet, explicaba alguno de los secretos que caracterizan a este exclusivo vino: terrenos arcillosos y pesados, que encuentran en la variedad merlot la idiosincrasia particular para dotarse de color, cuerpo, densidad, taninos elegantes, potencia y una acidez no demasiada alta. Todo ello da a estos vinos una estigma único y excepcional.
Una invitación única
Después de la comida, que sirvió Paco Roncero, me despedí de monsieur Berrouet pensando que en la vida volveríamos a coincidir. Sin embargo, hace unas semanas me llamó Vicente García, enólogo y propietario de Bodegas Pago de Tharsys, para probar su último producto, unos orujos elaborados con los hollejos de las variedades merlot, cabernet sauvignon y albariño. Se trata de los primeros orujos creados fuera de Galicia y que han sido bautizados como Brisas de Tharsys.
Durante la comida, Vicente me comentó que su hija Diana, enóloga de profesión, había conocido mientras realizada un master enBurdeos a Jean François Berrouet, hijo de Jean Claude, y que entre ambos había nacido una relación -amor entre viñedos-. Vicente me anunció que Jean Claude Berrouet, su mujer Miley y la pareja pasarían el puente del 1 de mayo en la bodega de Requena y que estaba invitado a la cena que se ofrecería en honor de los Petrus. Sin pensármelo dos veces le dije que sí, al tiempo que empezaba a desempolvar mi francés, que no es tan fluido como el de mi buen amigo Ramón Palomar. Para mantener una conversación doy la talla,eso sí.
Llegué a media tarde y aproveché la visita para observar los alambiques que Vicente ha adquirido para elaborar el orujo. Unos utensilios que ha traído desde Portugal, el único lugar en el que se fabrican manteniendo los parámetros de los gallegos, y así darles la idiosincrasia propia. Al poco apareció la familia Berrouet; tras las presentaciones Vicente degolló unas botellas de cava que tenía guardadas desde el 1991 y que se mantenía en un más que perfecto estado. Mientras, le recordaba a Jean Claude mi presencia en la cata de la Fundación; aseguró que había sido la mejor cata que ha realizado Petrus fuera del chauteaux que poseen en Saint-Émilion.
Acto seguido pasamos al comedor, la temperatura en el exterior de la bodega comenzaba a bajar; Vicente había encendido el fuego de la chimenea, que siempre es bienvenido. De cena, clasicismo de Requena: ajoarriero, embutidos y chuletas a la brasa, y un sabroso guisado de rabo de toro, con sus patatitas incluidas. Para beber, el cava Millesimé 05, el bobal y una botella de Chauteaux Feytit 1978, un vino del Pomerol que se mantuvo soberbio.