Con el ambiente de preocupación de fondo que hay en este país, las vacaciones y los gastos superfluos se van a quedar durante un tiempo en un segundo o tercer plano. Hasta los grandes acontecimientos aparecen descafeinados, incluso superpuestos. Este año se ha juntado la cumbre del G-20 para poner los cimientos que permitirán la recuperación económica, otra más de la OTAN, la entrada de Obama en el escenario europeo y su primera foto con Zapatero más una advertencia de José Joaquín Ripoll a la cúpula regional del partido de que en Alicante manda él. No hay oportunidad que desaproveche. Si Camps había utilizado el vacío de la Delegación del Consell en Alicante -por la inesperada desaparición de Pepe Marín- para hacer una jugada de ajedrez y colocar a un fiel afín en un cargo más representativo que político, Ripoll ha contestado con una sonora bofetada política: su ausencia del acto de toma de posesión de Ciscar.
Es un gesto político que en román paladino quiere decir que aquí, en la provincia están él y los suyos. Que tienen su fuerza y que para que haya paz política se tiene que seguir contando con él. Mientras tanto, en la dirección regional se esgrime la misma política: guerra sin prisioneros. Parece que esta va a ser la tónica hasta entre la organización provincial del PP y la regional hasta que lleguen las próximas elecciones municipales y autonómicas. En medio quedan los congresos locales que Ripoll quiere aprovechar para consolidar su fortín.
El problema es cómo, en qué medida, estas batallas internas afectan al ciudadano. Fundamentalmente en que las instituciones controladas por los ripollistas reciben menos dinero del Consell. El otro día se vio de manera clara con el MARQ y el dinero pendiente que la Generalitat sigue sin entregar a la Fundación del Museo Arqueológico, por mucho que se exponga El Discóbolo.
Hay otro elemento a tener en cuenta en el escenario político alicantino: las consecuencias en la provincia del cambio de Gobierno. De entrada, las filtraciones han obligado a Zapatero a adelantar posiciones y no ha podido manejar los tiempos a su antojo. En cierta medida le han hecho la crisis. ¿Será de manera definitiva Leire Pajín la controladora del partido? ¿Si es así cómo afecta al PSPV en la Comunitat y en la provincia? ¿Seguirá Etelvina Andreu en Madrid? ¿En caso de que vuelva a Alicante lo hará con las orejas gachas?
Mientras en las organizaciones socialistas alicantinas se hacen todas estas preguntas hay una cosa evidente: dos altos cargos de raíces alicantinas ya no están en el Gobierno. Pero visto lo visto parece que nunca valió de nada su condición de alicantino. Pedro Solbes siempre se ha movido en altos ambientes económicos y salvo la campaña electoral que disputó con Trillo en los años noventa poco o nada ha ejercido de alicantino en la política, mal que le pese al PSPV. Lo mismo le ha ocurrido a Bernat Soria, cuyo mandato apenas ha llegado a los dos embarazos.
Con lo que con estos cambios en el Ejecutivo son muchos los que miran a quien no está en el Gobierno y sí en el partido: Leire Pajín. Cuando pasen los días de Semana Santa, en plenas fiestas de Moros de Alcoy, Alejandro Soler acudirá a declarar ante su señoría por el caso de las facturas. La decisión del juez está relacionada con el futuro inmediato del PSPV. Soler era uno de los delfines socialistas que contaba con el respaldo de Pajín. A no ser que en las próximas semanas se demuestre lo contrario, el mango de la sartén lo tiene la secretaria de Organización del PSOE. Rajoy no controla a su partido y el caso Gürtell le deja maniobrar con difcultades. Zapatero ha hecho una crisis muy forzado y tiene en Alicante a uno de sus alcaldes imputado. El ciudadano pide respuestas y ninguno de los dos partidos ahora mismo las tiene. Qué mal.







