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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 febrero 2010

Sucesos

Sucesos

Los traficantes cambian sus métodos para distribuir estupefacientes y ya tienen hasta horario
15.03.09 -

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Los traficantes subsaharianos se han dispersado por varios barrios de Valencia tras el desmantelamiento de las Cañas en abril del año pasado. Pero no sólo han cambiado los sitios de venta de droga. La forma de distribuir los estupefacientes también es diferente.

Los intentos por reactivar el hipermercado de la droga en la huerta de Campanar no han tenido éxito debido a las constantes redadas policiales. Sin embargo, continúa el chorreo incesante de toxicómanos en busca de su dosis de heroína. Y de coches con jóvenes que compran cocaína para drogarse hasta las cejas.

Tras los operativos conjuntos de la Policía Nacional y Policía Local, los traficantes subsaharianos se trasladaron al barrio de Velluters, con especial incidencia en el entorno de la plaza Don Juan de Vilarrasa. Pero la presión policial en el centro de Valencia obligó a los camellos africanos a buscar lugares alternativos en el barrio de Patraix, la avenida del Puerto y la zona comprendida entre la calle Sagunto y la avenida de Burjassot.

Ruzafa sigue siendo territorio de los traficantes magrebíes. Mientras, en las calles del barrio del Cabanyal y Nazaret, el negocio de la droga está en manos de los narcos españoles -la mayoría de etnia gitana- que no ocultan su enriquecimiento. Estos hacen ostentación de lujo y poder al circular con coches de más de 100.000 euros.

En las Casitas Rosa, en el barrio de la Malvarrosa, la permanente presencia policial y las constantes redadas dificultan en gran medida la venta de droga. Ahora ya son menos los traficantes que esperan en plena calle la llegada de los drogadictos, y con agüeros en las esquinas para avisar si viene la policía.

Las fuertes medidas de seguridad que instalan en sus viviendas hacen difícil la incautación de grandes cantidades de droga. Las puertas cuentan con fuertes blindajes y las ventanas están enrejadas y dificultan la entrada de la policía. Esto les permite ganar tiempo para deshacerse de la droga en cubos con líquidos corrosivos.

Minutos antes, el agua potable del edificio ha sido cortada para que no arrojen los estupefacientes por el inodoro o el lavabo. Así, el agua del grifo, cuando no sale, es un síntoma que les hace pensar a los traficantes que la operación policial no tardará en producirse.

Los principales distribuidores en Velluters, Patraix, la calle Sagunto y avenida del Puerto son los morenos, como se les conoce en círculos policiales y en argot de los toxicómanos. Estos han cambiado por completo su forma de pasar la droga. Ghaneses en su mayoría, fichados y detenidos en diferentes ocasiones -la mayoría por un delito de tráfico de drogas-, son conscientes de que la policía les acecha.

Bajo la apariencia de un supuesto drogadicto muchas veces se esconde un policía de paisano, que convence al traficante para que le enseñe la mercancía.

Pero ponerles las esposas no resulta nada fácil. Los morenos no se dejan atrapar tan fácilmente y ofrecen una fuerte resistencia. Los agentes tienen que emplearse a fondo para detenerlos. En no pocas ocasiones, los policías resultan lesionados al ser agredidos por los traficantes.


De yonqui a camello
Muchos toxicómanos acaban convirtiéndose en camellos o colaboradores de los morenos a cambio de costearse su dosis diaria y, por ende, cobrando en especies.

Un par de piedras de coca base, cortada y recortada, o una bolsita termosellada de heroína es su moneda de pago, su recompensa. A cambio, su implicación personal en la venta de la droga.

Para costearse su propio sustento adictivo, para saciar su dependencia, deberá comprar una cantidad determinada -no menor de 50 euros- y repartida en piedras que comprará a cinco euros y venderá a diez euros. Con las ganancias adquirirá su dosis.

Pero hasta la nacionalidad de los traficantes está cambiando. A los ghaneses les han salido unos competidores firmes: los morenos de Malí. Africanos como ellos, han tomando posiciones en los últimos meses y han ganando terreno en el negocio. Su forma de trapicheo es distinta.

Utilizan los teléfonos móviles de última generación, aparatos que pueden costearse con sus ganancias. La tecnología GSM se convierte en una fiel aliada de estos delincuentes; y lejos de aguardar en una esquina o en un parque al comprador de turno, esperarán una llamada que significará una venta.

El precio y peso no varían en estas transacciones. Cada piedra cinco euros, pero no adquirirán una cantidad menor de 300 euros. Simplemente no se la venderán. Los traficantes han hecho correr la voz entre los drogadictos tras hacerles llegar sus números de celulares.

Ellos esperarán en sus casas y sin arriesgar lo más mínimo. Cuando los compradores llegan, avisan de nuevo y los morenos bajan con la mercancía. Rápido, eficaz, limpio y con un riesgo mínimo. Quedan cerca de las fincas donde viven. Entregan la droga. Cogen la pasta y entran de nuevo en sus patios para salvar el corto trayecto hasta su hogar.


Traficantes con horario
Muchos de ellos tienen horario como cualquier trabajador y sólo venden droga hasta las diez de la noche. A partir de esa hora, apagan los teléfonos. Esto se traduce en calidad de vida. Lejos quedan ya los sofocos de las antiguas carreras delante de la policía en la huerta de Campanar; o las huidas por las tuberías de los ramales de la acequia de Mestalla.

Nada que ver con la situación actual. Menos riesgo, más tiempo en casa y más pasta con la imposición de un mínimo de compra. Y si es posible, sólo se vende a los conocidos, a los de siempre, a los que la música les va poco y por eso cantan menos.

Hasta para trasladarse a comprar la droga han cambiado los hábitos. Apenas se detectan coches robados en los barrios donde habitan los traficantes. Los compradores que más ganan con la reventa suelen trasladarse en taxi. Una llamada telefónica breve, un intercambio rápido y todo el mundo desaparece por si viene la policía.

Otro medio de transporte es la cunda. Un toxicómano enganchado recientemente, con vehículo propio, ejerce de taxista a cambio de dos o tres piedras de coca. Este coche transporta a varios toxicómanos que se juntan para adquirir mayor cantidad de droga y a mejor precio.

sucesos@lasprovincias.es
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