España
La dirección del PNV analizó ayer los resultados electorales: 30 escaños, 396.557 votos, el 38,5% del total, con victorias en Vizcaya y Guipúzcoa y un virtual empate en Álava. Son los mejores números en solitario de su historia, con la excepción de 1984, cuando sumó 32 diputados y 450.000 votos, el 42%. Unas cifras que a lo mejor no sirven para nada, según constataron varios dirigentes en la reunión de la ejecutiva porque por primera vez Euskadi tiene una mayoría parlamentaria no nacionalista, lo nunca visto.
El presidente del PNV, Íñigo Urkullu, ya lo dijo la noche del domingo: "Daremos atención preferente a quien ha sido la segunda fuerza", una reflexión que se perdió en el fragor de la juerga de la militancia. Pero aquella declaración de principios no se va a quedar en meras palabras, el PNV la llevará a los hechos. Ibarretxe, como lendakari y candidato más votado, empezará esta misma semana la ronda de contactos y el primero será el líder del PSE.
La conversación tiene pocos visos de arrojar luz. El nacionalista quiere seguir en la Lehendakaritza y el socialista quiere entrar en ella. Ibarretxe tiene más votos y escaños, pero sus números no dan la mayoría absoluta de 38 diputados por la debacle de sus socios, retroceso en el que, precisamente, el PNV asentó buena parte de su triunfo; el resto corresponde a la admirable movilización de su electorado y al trasvase de voto desde la izquierda aberzale.
López, que también acredita los mejores resultados de la historia del PSE, tiene menos sufragios y menos diputados, pero tiene los números de la mayoría absoluta. Cuenta con sus 24 escaños, acaso 25 una vez que se recuente el voto emigrante, y con los 13 del PP para la investidura.
Las alternativas para el PNV son pocas. La más factible es hacer valer el peso de sus siete diputados en el Congreso, vitales para que Zapatero se asegure una preciada estabilidad parlamentaria en una legislatura que pinta mal para el PSOE. Sería un desahogo notable y los nacionalistas están dispuestos a asumir el coste.







