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02.02.09 -

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La crisis ha abierto de sopetón la puerta de un tiempo de cambio. El mundo descubre la necesidad de retomar ideales arrinconados. Obama ha hecho una apelación rotunda a la esperanza asentada en los fundamentos espirituales del pueblo americano, esto es, en sus convicciones duraderas. Hoy España ha de reencontrar también esa senda. Urge componer un discurso de fondo que dé vigor a la tarea pendiente. Un discurso acorde con la grandeza de objetivos que el momento nos demanda. Un discurso de valores vertebrado sobre tres ejes esenciales a partir de los cuales plasmar un proyecto con vocación de mayoría.

En primer término es preciso afirmar la razón de la idea nacional. Durante los últimos años se ha despreciado esta cuestionando incluso la existencia sustantiva de la nación española. Se ha negociado con la unidad de su cuerpo jurídico. Se ha querido descoyuntar sus elementos distintivos. Se ha pretendido reescribir artificialmente la historia conforme a las obsesiones y complejos de unos cuantos. Frente a eso se hace imprescindible recuperar el significado profundo de nuestra identidad colectiva. España es mucho más que una amalgama de territorios en disputa. España es mucho más que un frío andamiaje administrativo. España es mucho más que una polémica inútil movida al socaire de las pretensiones soberanistas del nacionalismo radical. Por eso hoy es obligado conjugar otra vez un pleno sentido de país que convierta la apelación al patriotismo en el impulso clave de la lucha por un futuro mejor.

En segundo término es preciso afirmar la dimensión trascendente de la persona en el contexto del orden social. El ejercicio de la libertad no puede ser nunca ajeno a ella. No se trata de establecer concepciones morales dimanantes de un credo concreto pero sí de recordar la fundamentación ética que ha de presidir el desarrollo de la convivencia organizada para evitar que esta se embrutezca. Cuando se relativiza aquella se restan límites al crecimiento expansivo del poder y se desprotege la esfera íntima de la autonomía individual frente al intento de asentar el dictado del pensamiento único y sus secuelas alienantes. Hace falta insistir en la expresión del humanismo como elemento rector del derecho, la economía y la política so pena de aceptar que el ciudadano devenga en mero súbdito y que el Estado invada impunemente las conciencias e impregne en estas el sello del adoctrinamiento y de la propaganda.

En tercer término es preciso afirmar una visión renovadora de la vida pública que la limpie y la prestigie. Se ha de acentuar en esta la honradez absoluta, el rechazo al sectarismo, la búsqueda del bien general y el abandono de la crispación estúpida. Se ha de cuidar el respeto a las creencias ajenas, la ejemplaridad en la conducta, la insumisión frente a la mezquindad y el engaño, la moderación y el sentido común. Se ha de incentivar la lealtad, la tolerancia, la generosidad, la transparencia, la austeridad, la responsabilidad y el esfuerzo sin condiciones. Se ha de primar la autenticidad, la excelencia, la altura de miras, la cercanía a la gente, la sencillez, el coraje y la sinceridad en la intención y en la palabra. Se ha de gestar liderazgo y confianza para hacer que España se reencuentre con todas sus capacidades colectivas. Se ha de aportar aire fresco, ilusión y sueños que atraigan, convenzan y emocionen.

En definitiva, sobre estos tres pilares hay que levantar un compromiso de cambio que ponga fin a la disgregación de la idea nacional, a la deshumanización del individuo frente al Estado y a la corrupción de los modos políticos. Un compromiso de cambio que fortalezca el alumbramiento de un nuevo espíritu cívico dispuesto a devolver a la sociedad su protagonismo en el diseño del porvenir patrio. Un compromiso de cambio que retome el sentido fundacional de los motivos de nuestra transición democrática. Un compromiso de cambio que profundice en las exigencias de la solidaridad, la igualdad, el progreso, la justicia y la equidad a fin de articular un proyecto social reformista que haga de la lucha contra la crisis una oportunidad para corregir cuantos desequilibrios estructurales restan coherencia al sistema en perjuicio de los más necesitados. Un compromiso de cambio inorillable que no cabe aplazar.

Ahora ya no es tiempo de fríos tecnicismos programáticos inválidos para despertar la fuerza de los sentimientos. Es tiempo de decisiones acertadas pero es ante todo un tiempo de valores. Hay que convocar a los españoles a una empresa de calado histórico. Hay que llamarles a la reconquista del orgullo colectivo. Hay que situar a nuestro pueblo ante el reto de salir adelante entrelazados por un ideal común. Hay que invitar a todos a una tarea de rebelión frente al pesimismo, el desencanto, la indolencia y el derrotismo cobarde. No vale recalar otra vez en el laberinto de las disputas estériles. No vale hacer de la angustia de muchos una simple excusa para la confrontación partidaria. No vale repetir los errores del pasado. España reclama esperanza. Es hora de unidad, altruismo y valentía.
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