Tenis
Puede que Roger, el grande, viese con claridad meridiana que se le escapaba la posibilidad de alcanzar a Sampras. O puede que fuesen lágrimas de impotencia. "No puedo, esto me está matando." Y es así, ya sea en tierra, hierba o superficie dura, el gran monarca ha ido viendo poco a poco, sin prisa pero sin pausa, cómo iban cayendo todos sus dominios, todas sus tierras, dejando su reino en nada, sólo en el recuerdo.
Rafa lo volvió a hacer a lo grande. Superando a su rival y, esta vez, a sí mismo, a los calambres, a los músculos doloridos después de un partido maratoniano ante otro rival temible. Pero él es así. No siente el dolor, no siente el cansancio y se levanta siempre, siempre. Ayer, como anteayer, como el día anterior y como mañana, alcanzó bolas imposibles, impensables sólo de tocar, para luego colocarlas en los ángulos. Y todo ante un gran rival, la mejor versión de Federer que esta vez no tenía ni mononucleosis ni bajones físicos o de juego. Se vio el tenis más esplendoroso del suizo, pero eso sólo le sirvió para nivelar el juego de su rival, que fue siempre brioso, respondió a todo con todo y pocas veces olvidó su táctica de cada día: bola alta al revés de Federer.
Fue otro encuentro de colosos. Si algo bueno tuvo Rafa fue la lectura del partido en general y del servicio de Roger en concreto. Eso le permitió romperle en numerosas ocasiones y así preservar su servicio, que no fue tan bueno como en otros partidos, sobre todo porque enfrente también estaba un restador de primera. El duelo fue igualadísimo. Por momentos el español acusó el cansancio, no de forma rotunda, pero sí en pequeñas pinceladas, en respiros o en bolas a las que no llegó con la frescura necesaria. Con cualquier otro jugador no se habría notado, pero Federer aprovechó el menor resquicio para meter su derecha terrorífica y ese revés cruzado que coloca con demoledora precisión.
Pico y pala
Eso le sirvió para anular los sets de ventaja que iba adquiriendo Rafa, también logrados por el español con mucho esfuerzo, trabajando cada punto a pico y pala, bajando a la mina, allí donde al suizo, elegante, correcto e impoluto, le da grima bajar. A Roger no se le puede pedir que pase bolas treinta veces en cada punto porque él no está para groserías de ese tipo. Y aun así, ayer lo hizo más que en cualquier otra ocasión. Le valió para conseguir algunos puntos dado que el físico de Rafa no era el más idóneo pero, a la larga, acabó perdiendo la partida.
El cuarto set fue de toma de aire para Nadal. Y se vio venir que era una bombona de oxígeno para lanzar el asalto definitivo, que llegó en la manga decisiva. Ahí se lanzó a la yugular del suizo como tantas otras veces, sin piedad, apretando los dientes y haciendo sangre. Con todos los músculos en tensión, con la máquina de su tenis a las máximas revoluciones, Nadal tumbó a Roger, que se vino abajo, con estrépito. Derrumbe por agotamiento mental.
En cuanto le rompió el saque, el suizo perdió el ritmo del choque, falló una y otra vez de derecha y de revés, totalmente fuera del partido, y Rafa le quebró en mil pedazos, roto externa e internamente, tanto que ni en la ceremonia logró recuperarse. Por el contrario, se hundió en mil y un llantos, sin consuelo posible.
La imagen de Roger Federer tras perder su quinta final con Nadal era un poema. Mientras el español celebraba su triunfo, el suizo se mantenía impasible en su silla, con la mirada perdida. Había vuelto a suceder. Haciendo de tripas corazón, el suizo se levantó para recoger el trofeo de subcampeón -uno más-, pero se derrumbó y estalló en lágrimas. Cogió el micro, miró a las gradas y pidió una tregua.
"Quizás lo intente después, esto me está matando", balbuceó el ex número uno, al que le costaba articular las palabras durante su discurso. El público, que se había mostrado cercano al suizo durante todo el partido, le homenajeó con un largo aplauso, lo que emocionó aún más a Federer. El suizo, tremendamente decepcionado tras la derrota, sacó fuerzas para dar la enhorabuena a Nadal y agradecer el apoyo de los aficionados. "Creo que voy a intentarlo de nuevo", señaló tras coger el micrófono. "Felicitaciones -dijo mirando a Rafa-, has jugado increíble y te lo mereces, muchacho", reconoció Federer, que tendrá que esperar para igualar los 14 grand slam de Sampras.
Nada más acabar el partido, el Rey llamó al campeón español para felicitarle por su triunfo. Le dijo que había hecho un partidazo y que se congratulaba al ver que era el primer español que triunfaba en el Open australiano.
Por su parte, Rafa ya está pensando en hacer una habitación especial para guardar todos sus trofeos: "Por ahora me sobra espacio -bromeó el balear-, pero claro que quiero crear una habitación y colocar todas mis copas, sobre todo ésta, porque era un Grand Slam que no confiaba en ganar después de las semifinales."
Rafa tuvo un recuerdo para Federer al señalar que fue "un momento emocionante. El llanto de Roger hace grande al tenis y al deporte en general". El español vio en las lágrimas de Federer una muestra más de la honestidad del suizo: "Ver a un gran campeón como Roger mostrando sus sentimientos demuestra lo humano que es."










