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arsénico por diversión

12.01.09 -

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Hay un espécimen que todos conocemos y que incluso ha sido retratado en ocasiones con cierta ironía a través de la publicidad: el cazachollos, es decir, ese personaje que siempre encuentra gangas imposibles de igualar. O eso dice.

¿Quién no ha sufrido alguna vez a alguien que se pasa media vida hablando de la oferta del súper que encontró ayer; los zapatos soñados por poco dinero que se compró el sábado o el hotelito donde dormir, cenar, arrasar el minibar, explotar a los del servicio de habitaciones y llevarse las toallas y hasta el albornoz por lo que cuesta llenar el depósito de gasolina que descubrió el pasado fin de semana?

Evidentemente los hay que se comen una y cuentan veinte pero también quienes edulcoran su tarde de compras frustrantes presentándolas como el gran hallazgo. Lo más raro es la gratificación que obtiene quien disimula así y se muestra hábil en la localización de chollos. Si aún se tratara de un mercado persa o el Gran Bazar de Estambul se entendería el afán exhibicionista pues de ese modo demostraría ser más hábil que los expertos en regateos con pedigrí histórico de milenios. Pero reduciéndose, como sucede en nuestro entorno, a precios fijos para todos, sin diferencias entre americanos y autóctonos, el cazachollos demuestra tener un gran GPS, mucho tiempo libre e infinita paciencia, pero poco más.

Ahora con la crisis, ese individuo está floreciendo al calor no sólo de las rebajas sino de la credibilidad. Eso significa que vivimos un momento en el que todo es creíble: que unos zapatos se regalen si uno ajusta el tacón con sus propias manos; que un bolso de diseño sea entregado por el autor a cambio de dos o tres meses de hipoteca o, que alguien saque dinero ofreciéndose de sparring, como ese tipo que subasta en eBay la posibilidad de recibir una patada en los testículos para que el comprador se desahogue.

En ese momento, cualquiera puede ser un mentirosillo de los chollos. ¿Quién dudaría de ello?

Con las rebajas del 60% o del 70% que nos prometen, conseguir un vestido por menos de un 50% de descuento nos puede hacer quedar mal ante nuestros allegados. O, quizás, todo lo contrario. Mientras el común de los mortales se ve obligado a encontrar ofertas por pura subsistencia, el potentado puede presumir de no necesitarlas.
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