La tendencia de la UE consiste en evitar la actitud de mera disposición de las universidades para consolidar la idea de Estado, como sucedió a consecuencia de la matriz napoleónica. La declaración de la Sorbona (25/V/1998), que reunía a 4 de los del G-7, introduce la idea de aldea global al declarar el "Área Europea de Educación Superior". Pero esta no se concibe como una ruptura, tampoco se pretende elaborar un listado único, inflexible y muy definido de planes de estudio. Los títulos se elaborarían a partir de lo existente. Sería tremendo comenzar a partir de cero. En lo tocante a España, también sería un error que las CC. AA. desearan organizar "su" sistema universitario, al modo de taifas. Esta actitud política promovería una manera de desplegarse similar a lo que es el vuelo del ave de corral. La universidad es ante todo universalidad, lo trascendental y común a las culturas.
Un modo de evitar tales planteamientos hipercontroladores está en la nueva definición de los criterios para colación de grados. En este orden de cosas, entiendo que un factor renovador consiste en centralizar los logros en base a que cada estudiante consiga hacer suyas determinadas competencias, destrezas, habilidades, valores, etc., en donde caben varias lenguas extranjeras y manejo de las NN. TT. Pero hay que avisar que aquí sucede como con la ejercitación muscular, no se puede efectuar gimnasia sólo con la imaginación. Es decir, tales capacidades y actitudes han de aprenderse con relación a ciertos contenidos. Con estos conceptos, cada docente y los alumnos podrán trabajar su inteligencia para dejar de ser un mero memorismo fofo. Por esto el Plan Bolonia predica el diseño de programas según ECTS (unidades temporales de paquetes de aprendizajes). Al enfatizar la formación práctica, no sólo se introduce el principio de autoactividad, mirando desde fuera de cada facultad hacia adentro, sino de cara a la solución de problemas reales que las empresas, agencias, instituciones, etc., presentarían para el desarrollo de las enseñanzas superiores.
Decía antes que la universidad emergía desde Europa para responder a la globalización de antaño. Pero todos ya estamos ante una nueva aldea global, un tanto más extendida. La implicación de las empresas en el desarrollo de las enseñanzas no es tan raro como la necesidad de tornar a mantener aquellos lazos que las universidades europeas mantenían. Se trata no sólo de un intercambio, sino de un contratar directo de profesores por cada establecimiento superior, sea para enseñar, para investigar o para ambas funciones. Me vienen a la memoria las estancias de Joan Lluís Vives: Sorbona, Brujas, Londres... y otras muchas. No se trataba de que se desplazaran, estaban en la universitas, en la propia casa. Y... los estudiantes iban a donde querían, bastaba con estudiar, mostrar sus competencias en las expositio, disputatio, colatio... Y ese título alcanzado valía tal cual se presentara a donde lo hicieren.
Pues bien, esta es la nueva (?) actitud, pero coordinando módulos de estudios, según niveles, temas, competencias, etc. Y ¿para qué ir a otra parte, si se dice que habrá una coordinación en niveles básicos de enseñanza superior? La respuesta es que, para la formación común, no necesariamente han de desplazarse. Lo nuevo (entiendo que lo que se pretende recuperar) no sería tanto lo mínimo común, sino los estudios de posgrado. En la Edad Media y el Renacimiento uno iba a Montpellier para estudiar una alta especialidad, otro a Salamanca para otra, etc. Esto sucedía después de estudiar el Trivium y el Quadrivium, es decir, el grado básico que se propone ahora. Pues nuestro reto está en que sepamos definir certeramente y al estilo de innovación puntera unos másteres de especialización y otros de investigación (este para colación del grado de doctor). Aquí tenemos que introducir dos rasgos característicos: diversidad y flexibilidad. Si no fuera así, no responderíamos a la globalización y fracasaríamos.
Alejados de antaño, en este nuevo modelo tenemos la clave axiológica de la democratización. Sería un error gravísimo caer en un mecanicismo del voto. Ciertamente, tal actitud se basa en la participación y una manera dialógica de confeccionar tal compleja red. Pero aplicar el rodillo a partir de meter con fórceps sólo lo que saben ciertos docentes, sin contar con responder a los retos de esta aldea global, no sólo ahuyentaría los posibles intercambios, movilidad estudiantil, etc., sino que ocasionaría que el sistema universitario fracasara más rotundamente. Otro error consistiría en despreciar lo que no saben quienes están elaborando los nuevos planes: lo que no sé, no lo meto en el descriptor de mi institución. Es decir, si los problemas y los acuerdos de Europa remiten unos descriptores, saltárselos a la torera y meter sólo lo que uno sabe. Ante esto sólo hay una respuesta: agiornarse. Al respecto, habría que cuestionarse: ¿qué he investigado sobre tal tema?, ¿contribuyen mis publicaciones a llevar a cabo tales descriptores?, etc.
Por consiguiente, hay que pedir flexibilidad en la especialización. Pero también habría que exigir rigor en las definiciones de los títulos y diplomas. La Carta Magna de la Universidad de Bolonia (1988) nos demanda tres tipos de acomodación docente e investigadora: a las necesidades sociales, una adaptación a demandas e incorporar los avances del conocimiento científico.




