Internacional
Incluso a una considerable altitud, los brutales contrastes que caracterizan a la meca de Bollywood se hacen evidentes. Barrios con grandes mansiones y verdes jardines acaban bruscamente en un mar de chabolas de madera y uralita. Una vasta y abigarrada extensión en la que habita más de un millón de personas, y que sirve de antítesis al exuberante lujo de los hoteles atacados a finales de noviembre por terroristas islámicos. Sin duda, sus ocupantes nunca se acercarían a Dhavari, la mayor barriada de chabolas del mundo, situada a pocos kilómetros al norte de los lujosos establecimientos que han copado las portadas de los periódicos estos días.
La tromba de agua causa estragos en la barriada. Las estrechas callejuelas se convierten en torrentes, la basura se desintegra y penetra en las viviendas y, sin embargo, centenares de niños, descalzos y semidesnudos, chapotean en el agua maloliente, disfrutando de la lluvia. Ellos llevan hasta las últimas consecuencias el dicho "al mal tiempo buena cara".
Sin embargo, a Bhimrao, de trece años, la lluvia no le hace ninguna gracia. Dificulta su trabajo en el vertedero municipal, donde se amontonan los desperdicios de los catorce millones de habitantes de la metrópolis. Recoge goma para que su padre, Nagesh Kamble, de 40 años, la recicle como suelas de zapato. Su ropa está completamente empapada, y los pies cubiertos de barro, pero no se puede permitir el lujo de abandonar. De su labor depende que su familia coma o no. Un euro y medio es una fortuna en Dhavari.
Cinco de familia en 20 metros
Con algo más, dos euros y medio al día, Abeda Sheik, de 35 años, se las apaña para dar de comer a su marido y a sus cuatro hijos. Todos ellos se hacinan en algo menos de veinte metros cuadrados delimitados por maderas, cartones y planchas de metal. Durante las lluvias del monzón, no hay día en el que esta mujer musulmana no tenga que achicar el agua que entra en su infravivienda. Su caso no es aislado, tres cuartas partes de las casas de Dhavari se inundan en algún momento del año. En la estación seca, el calor hace imposible vivir en el interior.
Durante el día, la temperatura puede alcanzar una cifra aproximada a los cincuenta grados. El calor y la humedad son el mejor caldo de cultivo para mosquitos y ratas, y para las enfermedades que transmiten.
A pesar de la importante presencia de amenazas contra la salud, el millón largo de habitantes de la barriada tiene escaso acceso a servicios médicos. Aamrae, una ONG local financiada por Unicef, es una de las pocas organizaciones que trabajan en el lugar. Sus miembros recogen diariamente las incidencias del barrio. Salim, en una sola calle, ha contabilizado tres muertos, 19 heridos y 23 enfermos. Son las estadísticas de una semana, prueba de que la desgracia se ceba en los vecinos de la barriada.
En Dhavari, a diferencia de lo que sucede en el resto de la India, religiones y castas conviven en paz. "Aquí no hay diferencias, todos estamos unidos por la miseria", explica Sheik, cuya puerta de entrada está adornada con una baldosa en la que se ve la Kaaba de La Meca. Hindúes, musulmanes, cristianos y budistas; inmigrantes de los cuatro puntos cardinales, y originarios de Bombay; Brahmines, Chetris e Intocables. "Dhavari es la representación sobre la basura de todo el país", comenta Salim, que trata de caminar por una de las calles principales sin hundir sus zapatos en el fango.
En esa mini representación de la India tienen cabida hasta los estratos más ínfimos de la sociedad, aquellos a los que hasta los mismos intocables desdeñan. Uno de ellos, quizás el más numeroso, lo componen los transexuales que, en su mayoría, viven de la prostitución en la delgada línea que dibuja la carretera y que sirve de frontera entre Dhavari y el resto de la ciudad. A la puerta de sus chabolas esperan la llegada de clientes, a los que sirven sobre polvorientas esteras esparcidas por el suelo. A la noche, el ir y venir es continuo, algo que sorprende en un país que trata a los transexuales como si fueran animales.
E. M. tiene 23 años y nació mujer en un cuerpo de hombre. Ahora le toca pagar por ese error de la naturaleza. "Vivimos en la indigencia, utilizadas por una sociedad hipócrita y podrida para saciar sus instintos. Además, recibimos más clientes que el resto de prostitutas, pero tenemos más enfermedades porque nos tratan como a unas perras y no se nos concede ningún derecho o respeto, no conocemos el ser tratadas con la dignidad que merece un ser humano. Ni siquiera el de utilizar condón".
El futuro, en la basura
Sadia tiene 14 años y es la mayor de tres hermanos. Cada día, recorre el medio kilómetro de callejuelas infectas que hay entre los veinte metros cuadrados en los que se hacina su familia y la escuela en la que se alfabetiza. Afortunadamente, ella tiene el privilegio de acudir a clase, no como miles de niños que están rebuscando su futuro inmediato entre la basura. La adolescente es consciente de que una vida mejor espera al otro lado de la carretera. Y de que, "la escuela es la única salida que tiene el barrio". Desafortunadamente, para un millón de habitantes sólo existen dos centros escolares, con capacidad para unos tres mil alumnos.
Suvarnaji Kinkari, 50 años, no ha tenido la posibilidad de que ninguno de sus cinco hijos ocupara una de esas plazas. Uno de ellos murió de una sobredosis, otro asesinado, y el resto tenía que trabajar para sacar adelante a esta familia que emigró de Andhra Pradesh para tratar de escapar de la pobreza. En ningún momento pensaron que la capital económica de uno de los países de mayor crecimiento del mundo les depararía lo que han encontrado en Dhavari. Como ellos, miles de inmigrantes han visto su esperanza defraudada. La mayoría sobrevive con dos euros al día.
A pocos metros de la frontera, una larga cola espera a que un popular complejo de cines abra sus puertas. Por sus pantallas desfilan superhéroes que se mueven por escenarios de ciencia ficción, adineradas parejas de enamorados que discuten a través de móviles de tercera generación, y eclécticos bailarines vestidos con los últimos modelos de Calvin Klein que mueven sus esqueletos al ritmo de la música hindú en lujosos salones.
Las producciones de Bollywood, cuyos estudios no están muy lejos de Dhavari, rara vez se hacen eco de esa otra India del siglo XXI, en cuya miseria viven más de 800 millones de personas, y de la que Dhavari es sólo un ejemplo. Abeda Sheik lo tiene claro: "Nosotros no le interesamos a nadie".









