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Utzon (1918-2008): la lección de un maestro
El pasado fin de semana recibimos la noticia del fallecimiento del arquitecto danés Jørn Utzon (premio Pritzker en 2003) considerado uno de los últimos héroes de la arquitectura moderna. Su obra no es excesivamente extensa pero incluye interesantísimos proyectos de vivienda colectiva y unifamiliar como las Kingo Houses o sus casas en Mallorca y Halleboek, equipamientos religiosos como la iglesia de Bagesvaerd, sedes institucionales como el parlamento kuwaití y un gran número de concursos o proyectos no construidos entre los que destaca el museo de Silkeborg, una de aquellas ensoñaciones arquitectónicas del siglo XX todavía por construir.

En todos estos proyectos Utzon, considerado el arquitecto más representativo de la llamada tercera generación del movimiento moderno, humaniza los preceptos de la primera modernidad acudiendo al arte, el paisaje y al espíritu libre y creativo del hombre como puntos de partida para sus propuestas.

A su vez estas obras se desarrollan desde el rigor disciplinar y la honestidad constructiva, surgida de su formación en la escuela de Copenhague e indisociable a su condición de arquitecto moderno.

Su realización más conocida, la Ópera de Sídney (1956-1973), puede considerarse como la primera obra global de la arquitectura, transformada no ya en el símbolo de una ciudad sino de todo un continente. Utzon planteó un problema sin solución con la tecnología y métodos de control geométrico y estructural de la época. Las dificultades en el proceso de definición de las célebres cubiertas blancas cerámicas y ligeras que levitan sobre un podio pétreo, engendraron con la colaboración del ingeniero Ove Arup una solución comprometida y distinta a la del concurso provocando, en un contexto de inestabilidad política, la salida del arquitecto de la obra por los incrementos de presupuesto y plazo. Sin embargo el resultado de la última fase de la dirección de la obra, llevada a cabo por otros arquitectos y con la supervisión de un nuevo gobierno, además de producir un resultado totalmente irrespetuoso con el edificio original, disparó los costes y retrasó todavía más los plazos.

Utzon identifica la obra como una extensión del proyecto donde "la vida en la obra era maravillosa. Ese es el tiempo del arquitecto", poniendo en duda la habitual segregación administrativa de las fases y documentos que definen la arquitectura y postulando un modelo acompasado a la realidad de las obras.

Pero la ópera de Sídney no es una pieza dictada por el capricho de un ordenador o una obra más dentro de una colección de franquicias desperdigadas por el mundo. Utzon concibió este edificio para la bahía de Sídney y sólo para aquel lugar, erigió aquellas cáscaras para acoger aquel suntuoso recorrido ascendente por un hall, un escenario y un auditorio para la ópera que desemboca en un foyer inundado de luz y de mar, y construyó con esmero desde la estructura de sus triángulos esféricos, el gran hallazgo de la obra que resolvió las incertidumbres del concurso, hasta aquella delicada piel de porcelana china que tintinea de manera múltiple con el sol. La aparentemente arbitraria promesa del concurso adquiere consistencia y universalidad por vía del rigor, de la geometría y de la construcción.

El compromiso de su trabajo con el lugar, con la función, con la construcción y su implicación personal, que incluyó el traslado de su familia y su despacho a pie de obra y por la que su carrera posterior pagó un altísimo precio, dibujan una actitud profesional que nos hace reflexionar en estos inicios del siglo XXI y permite reubicar no pocas realizaciones contemporáneas. Detrás del conflicto vivido en Sídney subyace además el delicado equilibrio entre la necesaria investigación arquitectónica para resolver nuevas situaciones y nuevos programas, la figura individual del arquitecto y la incontestable vinculación social de la arquitectura, deudora del cliente, en este caso instituciones y poderes públicos.

Por todo ello, la ópera de Sídney constituye hoy una mayúscula lección de arquitectura contemporánea que trasciende su reconocida iconografía y que viene dictada desde lo más profundo de su proceso constructivo. La obra de Jørn Utzon se agranda cuando la miramos desde nuestros días y obliga a reconocer su elegante figura y agradecer su generosa entrega, dibujando el perfil de uno de los últimos grandes maestros de la arquitectura.
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