
Fray Conrado, todo un beatífico personaje en la agitada vida ciudadana, siempre anda con el delicado trabajo a lo largo del año. Jamás rechaza un objeto, ya sea un viejo reloj, un costurero que perteneció a la abuela que murió; una cornucopia barroca, una cesta cuna, herramientas agrícolas o una bola de cristal donde nada un pez rojo. Todo se convierte en portal de Belén al colocar Fray Conrado al Dios Niño entre José y María; el buey, la yegua y dos o tres ángeles que pregonan 'Paz en la tierra, a los hombre de buena voluntad'.
Los nacimientos, ya lo saben, no tienen precio, cada uno de nosostros, al elegirlo, entrega lo que quiere o puede. Y lo recaudado es administrado por los Amigos de San Antonio, la asociación que atiende a más de un centenar de familias que se hallan más que necesitadas; y que cada primer martes de mes acuden para recibir alimentos no perecederos y en diciembre, por supuesto, un aguinaldo de dulces y turrones.
La mayoría de los protegidos son emigrantes y matrimonios mayores con vergonzosa pensión.
Como recuerda Fray Conrado, en estas fechas, también las ONg lanzan llamadas desesperadas por tanta hambre, miseria y guerras y es que parece que la venida de Cristo al mundo ablanda corazón e incita a la generosidad.
Los belenes, con mullido musgo, los montes de corcho y algún río de papel de plata extendido en una bandeja de pita, en un espejo que perdió el marco o en una carpeta de despacho, que ya nadie utiliza, siguen proclamando que un fraile capuchino no pierde la fe.
Cuando era pequeño ya montaba belenes a quien se lo pedía.
'Esto es como una vocación; bueno, como una oración, nacimiento, tras nacimiento'.
Llega la Navidad.







