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30.10.08 -

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fppuche@lasprovincias.es

Los jóvenes arquitectos se esforzaban, cargados de buena voluntad. Pero es que al principio, si te sueltan en paracaídas por primera vez, cuesta un poco entender esta ciudad, cruzada por un parque, largo como una Cuaresma y estrecho como un menú de crisis. Tenían buena información de partida; pero incluso así, Valencia, en algunos rincones, hay que verla para creerla.

-¿Y dice usted que aquí había un río?

-Sí, el río Turia. Pero se desbordó en 1957 y lo cambiamos de curso...

-¿Por las buenas?

-No. Porque lo mandó el general.

-Jopé.

Estábamos en las entrañas de la ampliación del Palau de la Música. En una hermosa sala, perfectamente iluminada, en la que ahora se exhibe una exposición perfecta de Silvestre de Edeta, el veterano de los escultores valencianos. El arquitecto Eduardo de Miguel fue el jefe de obras de la polémica construcción del edificio, en 1987, y el que quince años más tarde recibió del Ayuntamiento el encargo de ampliar las instalaciones del Auditorio.

Durante una hora, los jóvenes arquitectos han tenido la suerte de escuchar al maestro: que ha sido tan discreto como para pasar por encima de las tensiones políticas que en su día despertó el auditorio valenciano, un poco criticado, seamos todos benignos, por el partido que más tarde lo engrandeció. De Miguel es prudente, en efecto. Pero el caso es que en el Palau, en sus dos placas inaugurales -ministro Javier Solana (1987) y alcaldesa Rita Barberá (2002)-, tenemos resumida la historia de los sucesivos cambios y adaptaciones de la historia viva de esta ciudad.

De Miguel recordó su titánica lucha de los años ochenta contra la desgana de la constructora. Y asumió las peculiaridades de un edificio, pensado para estar embebido en el jardín que Bofill estaba empezando a fundar en el cauce del Turia, al que incluso se le cambió luego la entrada.

Seguro que había jóvenes arquitectos que no encajaban todas las piezas. Valencia, los signos externos de su arquitectura, no pueden disociarse de las polémicas periodísticas, de la rocambolesca historia de partidos, alcaldes y periódicos. Leer Valencia es tan complejo como reconstruir el imperio de Alejandro Magno a través de las ruinas perdidas de la vieja Baalbek. Nada o casi nada sabremos de lo que está a la vista si no sabemos primero que un general cambió el río de sitio, un periódico consiguió que el río fuera parque y una ciudad empezó a encontrar un rumbo nuevo cuando al final abrió las puertas del Palau de la Música. Que es de todos y ha sido hecho por todos. Por Garcés-Conejero y por Beneyto-Almazán. Y es que Valencia... es así.
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