Se juntan factores arrastrados del pasado y otros más recientes. UPN tiene una genética vocación navarrista; su lema podría ser Navarra, lo único importante. Es verdad que esa defensa del navarrismo no se entiende fuera de la defensa de España, pero si lo primero es Navarra puede ocurrir, como ahora, que para defender los intereses navarros haya que enfrentarse con el PP, que tiene otros. Miguel Sanz sabe que en los actuales Presupuestos hay partidas que benefician a Navarra -sobre todo en infraestructuras-, a Navarra como sujeto político prioritario respecto de un PP secundario. Por su parte, el PP nacional ha decidido que el rechazo al proyecto presupuestario del Gobierno socialista es clave en su estrategia de oposición. Chocan dos intereses y objetivos distintos: defensa de Navarra versus estrategia de oposición.
Hasta aquí lo actual. Pero esta situación tiene antecedentes. UPN ha querido desde siempre tener voz propia en el Congreso de los Diputados, ha querido presentarse ante los navarros como partido diferenciado. El PP nunca se lo ha permitido. Los dirigentes de UPN han visto, desde 2004, cómo un partido con muchos menos votos que ellos, Nafarroa Bai, se ha erigido en la voz de Navarra, mientras sus siglas quedaban diluidas en el PP y sin protagonismo. El PP no consentía esa diferenciación y, encima, enviaba a los diputados de UPN a prestarle unas horas a los diputados de Coalición Canaria para que, estos sí, pudieran hacer grupo propio. Este deseo y este agravio han latido en UPN desde hace años.
También UPN ha tenido que tragarse otras enormes ruedas de molino, las que le administraba el PP de Aznar en su época de entrañables relaciones, en su intensa luna de miel, con Xabier Arzalluz. Sí, la frágil memoria no puede hacer olvidar a Arzalluz y Anasagasti, cuando daban conferencias de prensa en la sede del PP en Madrid, debajo de la gaviota, cuando decían que en 14 meses con Aznar el PNV había avanzado más que en 14 años con los socialistas. Amor entre Aznar y Arzalluz que chirriaba con una de las señas de identidad del navarrismo de UPN: el rechazo frontal al nacionalismo vasco.
Las últimas elecciones forales, en 2007, dejaron a UPN sin mayoría absoluta y permitieron durante semanas un juego político que parecía podía desembocar en un gobierno de coalición entre socialistas, Nafarroa Bai y Ezker Batua. Al final los socialistas decidieron apoyar a UPN para que este partido formara gobierno en solitario. La decisión de los socialistas se interpretó como un gesto de responsabilidad frente al riesgo de un gobierno multipartito con nacionalistas vascos dentro del Ejecutivo de la comunidad foral, ansiado por el nacionalismo vasco.
Hay que recordar que durante la última legislatura la derecha política y la ultraderecha mediática española han martilleado a todo el mundo con la cantinela de que Zapatero había entregado Navarra a ETA, han aburrido con la matraca de que España se rompía todos los días por varios sitios a la vez. En ese machacona propaganda, aparecía Miguel Sanz como un hombre íntegro, de palabra, pleonásticamente tenaz, por terco y por navarro, y otros tópicos encadenados. Esos mismos medios han puesto ya la diana en Sanz, que sufre en sus propias carnes parte de la medicina que antes veía cómo se administraba a otros.
La actual dirección de UPN se desmarca ahora del PP porque quiere que los Presupuestos, en los que Navarra sale evidentemente beneficiada, se aprueben; porque quiere desmarcarse de un PP, al que en el fondo echa en cara su pérdida de la mayoría absoluta; y porque piensa que en el futuro inmediato, la sigla UPN será capaz de movilizar a toda la derecha navarra. En UPN están convencidos de que el intento del PP de refundarse en Navarra esta condenado al fracaso de ser una fuerza minoritaria.
Estamos en puertas de una división en toda regla. Es posible que UPN no vuelva a tener mayoría absoluta y que esa precariedad abra la puerta a eventuales acuerdos de gobierno entre los navarristas y los socialistas navarros. Navarra no se ha entregado a ETA, España no se ha roto, pero parece que el PP se fractura en otra comunidad de la que depende la posibilidad de convertirse algún día en alternativa de gobierno.







