Atenazados por el miedo a equivocarnos de tono, preparamos y disparamos una "aséptica" batería de cifras, datos, argumentos y estadísticas que se convertirá ipso facto en polución ambiental religiosamente ignorada por nuestra audiencia. Como mucho, conseguiremos acrecentar el desasosiego de los pocos héroes que decidan prestarnos atención. Y ni nuestras ideas encontrarán eco ni motivarán a nadie. Sólo lograrán retroalimentar la hipercrítica y el escepticismo de nuestra audiencia, al no conectar con la tonalidad de su forma de ver la realidad.
Durante esta campaña presidencial estadounidense marcada por la crisis, Obama visita colegios explicando su plan para el polémico sistema educativo del país. Su storytelling, o arte de crear y contar relatos, se puso en marcha en Michigan al narrar el primer día de colegio de su hija Malia, de diez años. A su vuelta, un Obama expectante pregunta a su adorada hija qué hay de nuevo este año en la escuela. La niña responde con una única palabra: "Chicos". "Sinceramente, no era la palabra que esperaba oír", apostilla Obama con una preocupada sonrisa que precede a sus ideas sobre los retos de la convivencia de sexos, razas y religiones en la escuela estadounidense.
El carácter lúdico de los relatos contribuye a superar el escepticismo y la saturación de nuestra audiencia, sobre todo si nos atrevemos a contar un relato personal, como Obama. Las emociones contenidas en un relato logran abrirse camino en medio de la avalancha de cifras y argumentos que nos inunda, haciendo que aprehendamos su sentido de una manera más rápida y profunda que los mensajes asépticamente informativos. Un buen relato capta nuestros cinco sentidos, nos brinda texturas, sonidos, aromas, colores y sabores. Un relato es altamente pedagógico y favorece la síntesis y el recuerdo, porque proporciona un contexto a nuestro mensaje.
Pero lo que lo hace más eficaz al relato como herramienta de comunicación en épocas de crisis es que nos ayuda a encontrar el grado justo de optimismo sin alimentar la hipercrítica: cada miembro de nuestra audiencia sacará sus propias conclusiones y lo interpretará con su propio grado de optimismo o pesimismo. Con la crisis, las estadísticas son como los títulos de créditos de las películas, les prestamos atención sólo si primero nos emociona el relato.
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