Ediciones

Este árbol fue durante décadas un vecino más para los habitantes de Aras de los Olmos. Por eso, fueron muchos los que dejaron escapara alguna lágrima aquel gélido día de febrero de 2006. Hasta los alumnos del colegio interrumpieron las clases para despedirse del vegetal en la mañana en la que fue talado.
Para entonces ya estaba muerto. Se había secado a causa de una enfermedad letal que afecta a los olmos y que está provocada por un hongo. La agonía, el fallecimiento y la vuelta a la vida del árbol tiene varios nombres propios: el de Bernabé Moya y su equipo.
El biólogo del departamento de Árboles Monumentales de la Diputación diagnosticó la enfermedad y cuidó del maltrecho olmo hasta que sus vasos conductores dejaron de bombear la savia hasta la copa. Las raíces perdieron fuerza hasta que un mal día el líquido vital dejó de llegar a las ramas.
La última hoja se secó. El olmo había vivido su última primavera, el otoño había pasado y parecía llegar el eterno invierno. Y de nuevo fue Bernabé Moya quien dirigió los trabajos de poda de la copa y tala del tronco del árbol.
El Ayuntamiento de Aras y los vecinos no se resignaron a este final y proyectaron la escultura que ahora se asienta en uno de los huertos medievales de la periferia de la localidad. Se trata de un entramado de zonas de cultivo que tienen la peculiaridad de estar valladas.
El Consistorio ha creado aquí un área recreativa. El viejo olmo vuelve a abrigar a los vecinos que se acercan al lugar donde está la escultura. La obra ha sido elaborada de forma gratuita por Arrels, grupo en el que está integrado Bernabé Moya.
Reforzado por dentro, el tronco del viejo olmo aguanta las ramas de hierro coronadas por las golondrinas, trozos metálicos de los tractores con los que se ara la tierra. Moya ha realizado el trabajo gratis y los materiales se han comprado con una subvención de la Conselleria de Turismo. Entre todos han devuelto su esplendor al vecino más célebre y querido de Aras.







