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A tres días del adiós y con 39 años, el mallorquín logra otro oro en puntuacióny se convierte en el español más laureado con dos títulos y una medalla de plata
17.08.08 -

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A Joan Llaneras, la alegría, la tristeza y la emoción se le quedan en las ojeras. Es un rostro hermético. Con los sentimientos bajo candado. Al subir al podio, otra vez como campeón olímpico, se giró hacia la grada: "Esto es para los que están aquí". Su familia y amigos. Miró luego al frente: "Para los que no han podido venir". Más familia y más amigos. Y entonces tiró los brazos, las flores y la medalla de oro hacia el techo del velódromo: "Y para los que ya no están". No citó el nombre. El de Isaac Gálvez, el ciclista y amigo que se mató hace dos años en el velódromo de Gante.

Aún le duele pronunciar su ausencia. Siempre le dolerá. "Es como si esto lo hubiéramos ganado juntos", dijo ayer. Partió en dos su tercera medalla olímpica (oro en Sídney, plata en Atenas y oro ayer). Nadie en el deporte español tiene tanto. Eso más sus siete títulos de campeón del mundo. Tanto. De sobra para ir a medias con Isaac. "Joan echó los dientes en el velódromo", cuenta siempre Toni Cerdá, su preparador. Y en el anillo se los ha dejado. Tiene ya 39 años. El próximo martes, en la prueba de madison, la que disputaba de la mano con Gálvez, se despedirá del ciclismo. Aunque su mejor final fue la de ayer. En el velódromo olímpico de Pekín. Sin música de fondo. No hacía falta. Bastaba con escuchar la sinfonía a pedales del mejor corredor de la historia de la puntuación. El mariscal.

La suya es la carrera de fondo del velódromo: 160 vueltas, 40 kilómetros, y esprint cada diez giros. A 53 kilómetros por hora de media, como ayer. A calcular estrategias cuando el corazón da 180 puñetazos por minutos. En el planeta Llaneras. La pista es velocidad. Y el mallorquín es lento. A partir de esas dos frases antagónicas, Llaneras ha creado el corredor perfecto. "Eres más grande que Nadal", recibió en un sms mientras comentaba su victoria. El otro mallorquín ha hecho del tenis un maratón físico.

Llaneras reinventó la prueba de puntuación. Con él se acabó el músculo, los tipos con cuádriceps pulidos en las pesas. Apenas pesa 65 kilos, para 1,80 de altura. Con él llegó la agonía. Metió una montaña en el velódromo. Más que pedalear, pisa. La primera mitad de la puntuación fue una lotería. Mientras hubo fuerzas, atacaron los que menos tenían: el americano Lea, el italiano Cicione. El resto corría de reojo. Atentos a Llaneras.

"Todos me vigilan". Como siempre. Sobre todo, Ignatiev, el ruso que le sorprendió en Atenas. Un alemán, Kluge, aprovechó que todos los ojos contaban los números del dorsal 11, el del mallorquín, para pillar una vuelta de ventaja. O sea, 20 puntos. Ahí comenzó a sonar la obra maestra.

Sinfonía balear. Primer acelerón. Ignatiev se suelda a su estela. Segundo. Lo mismo, Tercero. Ya le cuesta más. Faltan 75 vueltas y Llaneras suma los cinco puntos del noveno sprint. No por velocidad, sino porque nadie puede pasarle. Cuellos estirados. Es el preludio. Repite en el décimo esprint. La insistencia es su velocidad. Él no ceja. Ni para mirar atrás. Pedalea y ve bocas abiertas. El alemán Kluge y el británico Newton, los dos que le iban a acompañar en el podio, tratan de seguirle a 54 giros para el final. Saben que de esa rueda trasera cuelgan las medallas. Pero nada. Llaneras coge vuelta. Dobla a todos. Newton y Kluge también lo logran. Aunque llevan la marca de la asfixia. El alemán es primero, con 51 puntos; Llaneras, segundo, con 32. Necesita otra vuelta. A por ella.

El ruso Ignatiev prende la mecha final. Llaneras sobrepuja. Kluge quiere y hace pluff. El mariscal le deja ahogarse. Perfecto. El sprint número once ve pasar a un viejo mallorquín descosido. Cara triste, ojos de ET. Boca entreabierta, mientras todos boquean. A 28 bucles para el final, vuelve a atar otra vuelta: 20 puntos. Ya está. Entonces para. Se coloca el primero de la hilera. Levanta la cabeza y respira. Sólo oye jadeos. Le suenan como la mejor sinfonía. Deja hacer. Que se vayan los que ya no cuentan. Kluge ni lo intenta. No le queda aire ni para soplar una flauta. Ni un silbido. A dos vueltas para el final, Llaneras eleva ya los brazos. El público hace de coro en su mejor concierto.

Sinfonía coronada por el himno. En el podio. Donde sin nombrarlo estaba con él Isaac Gálvez. Su compañero en la prueba de madison, ésa en la los dúos se dan relevo con el impulso de una mano. Un apretón y a correr. En noviembre de 2005, en la pista de Gante, Llaneras soltó por última vez el puño de su amigo. No lo sabía, pero en esa vuelta Isaac pedaleaba hacia la muerte. Patinazo y un ciclista que le cae encima. Lo aplasta contra el piso. "No consigo quitarme esa imagen...". Desde entonces le falta esa segunda mano. Y desde entontes todo va a medias: el Mundial del Mallorca 2007 y el oro olímpico.
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