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RSS | ed. impresa | Regístrate | 9 febrero 2010

Vida y Ocio

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El cuaderno italiano de Goya, un sorolla, fotografías inéditas de España y objetos de otras épocas se esconden en cómodas, vigas o cajas de galletas
10.08.08 -

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Ocultos en el tiempo, escondidos en pequeños secreters falseados en muebles -como burós, cómodas, alacenas y armarios-, tras los marcos de portarretratos, debajo de lienzos pintados con posterioridad o en cajas de madera o de galletas. En todos estos sitios se han encontrado secretos de familia, objetos de valor histórico (más que material) y grandes obras de arte o vinculadas a genios de la pintura.

Hablamos de casos reales donde los hallazgos son fruto de la casualidad. El más reciente que ha saltado a las páginas de periódicos y a informativos de televisión es el de los descendientes del fotógrafo valenciano Agustí Centelles, Sergi y Octavi Centelles, que han encontrado en una caja de galletas Victoria negativos y fotografías inéditas sobre la república y la guerra civil.

En las imágenes se inmortalizaron los bombardeos de Falset y Reus o el encarcelamiento del presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluís Companys, de pie, en un dormitorio de la cárcel Modelo de Madrid. "Este hallazgo tiene un importante valor histórico porque, de hecho, mi padre fue el único reportero que el 19 de julio de 1936 salió a la calle a cubrir la información. Una de sus fotos más célebres fue la que tomó en la calle Diputación durante el enfrentamiento entre unas fuerzas de artillería sublevadas y guardias de asalto que estaban escondidos tras unos caballos muertos de un carro de artillería", indica Sergi Centelles.

Pero no sólo en una caja de galletas se encuentran retazos de la historia, los muebles y las cavidades que quedan ocultas en estantes o paredes también han guardado grandes secretos. En las islas Baleares, en 1993, en el hueco tapiado de una alacena apareció, junto a un conjunto de libros, un cuaderno de notas y apuntes que resultó ser de un gran maestro de la pintura como Francisco de Goya.

Durante dos siglos el cuaderno permaneció oculto. En la década de los 90 los propietarios de la casa vaciaron el inmueble y encontraron un cuaderno. Contactaron con la casa de subastas Sotheby's y Peel Asociados de Madrid para certificar el documento. "Un catedrático de Barcelona, Luis Monreal, pensó que podría ser importante y se puso en contacto con el Prado", indica Felipe Garín, catedrático, director honorífico del Prado y responsable de la adquisición del cuaderno italiano de Goya, en 1993, período en el que dirigía la pinacoteca nacional.

"Recuerdo que estaba en el Prado y me dijeron 'póngase los guantes blancos que vamos a enseñarle una cosa'. Nos pareció que era de Goya, pero quisimos consultarlo con directores antecesores míos y con expertos en Goya, como Manuela Mena y Juliete Bareau", detalla Garín.

Lo que comenzó siendo una sospecha, se confirmó de inmediato. "Aquel día mi antecesor en el Prado, Alfonso Pérez Sánchez, bromeando, le dijo a Juliete Bareau -máximo referente en la investigación sobre Goya- 'si esto no lo has hecho tú es auténtico, porque nadie conoce tantos detalles sobre Goya como él mismo", añade.

El cuaderno (1770-1785) es un diario y libro de notas de la estancia formativa de Goya en Italia e incluye dibujos a pluma con tinta de agallas, a lápiz negro y a sanguina. Entre los dibujos, hay apuntes sobre el torso de Belvedere o sobre el tema Anibal pasando los Alpes, hecho que ha permitido autentificar esta obra como creada por Goya. También recoge fórmulas para hacer barnices, la fecha del cumpleaños de su mujer o la existencia de un hijo que hasta entonces no se conocía. "Después de consultar con todos estos profesionales o con anteriores directores del Prado, como Pita Andrade y Pérez Sánchez, decidimos iniciar los trámites de la adquisición. Se compró en 1993 por 110 millones de pesetas", explica Garín.


Un sorolla en Bérgamo
Más lejos en el mapa, no en las islas Baleares, sino en Italia, en el salón de estar de una villa del siglo XVIII situada en Bérgamo se localizó un cuadro de Sorolla titulado Yo soy el pan de la vida. Un anticuario de Valencia adquirió la pintura en la década de los 70 y el sorolla 'volvió a casa'. "El noble tuvo alquilada muchos años la villa como salón de bodas y banquetes y el cuadro se encontraba en el salón. Sí sabían que era una obra del maestro valenciano, pero no le dieron la debida relevancia. Tiempo después, se vendió la casa y el mobiliario. Un anticuario italiano compró los muebles y yo, el cuadro que luego vendí a la fundación de una familia valenciana", explica el anticuario. En los años 70 se pagaron 20 millones de pesetas.

En 1900 se dio a conocer la existencia de esta pintura en una revista de arte, La esfera, pero no se sabía el paradero del mismo. En manuales de prestigiosos críticos, como Bernardino de Pantorba, se documentaba su existencia, pero no estaba catalogado, no se sabía el destino.

En realidad fue creado en 1897, cuando Sorolla se encontraba en Italia, por encargo de Rafael Errázuriz, miembro de una familia española residente en Valparaíso (Chile). Esta obra se pudo ver en Valencia, en 1983, en un banco de la calle Roger de Lauria, donde fue depositado temporalmente. "Ofrecimos la venta del cuadro a organismos oficiales valencianos y a bancos y no quisieron comprarlo", dice el anticuario.


En cajas, cómodas o burós
Ya en Valencia, en la calle Serranos, en 2004 y en el interior de una caja oculta guardada en la viga mayor de un altillo y sepultada por ladrillos en un estudio fotográfico, Antonio Manuel Pérez Sanchis -de la saga de fotógrafos Sanchis- encontró 40 imágenes de su abuelo Francisco Sanchis Muñoz en negativos de cristal que reproducían la vida cotidiana de los Benlliure.

En la guerra civil Sanchis -gran retratista de autoridades civiles y religiosas- se vio obligado a ocultar fotos por temor a que las destruyera el bando republicano. "Haciendo una limpieza de archivo vi unos ladrillos que se movían y encontramos este tesoro artístico. Había archivo de la Casa Real, de la Coronación de la Virgen y fotos de los niños con problemas de hueso que había en San Juan de Dios, de las que Sorolla debió tomar nota y plasmó en un cuadro", añade Toni Sanchis.

Aunque si hay que destacar escondites preferidos a la hora de guardar documentos personales u objetos esos son la cómoda o los burós, muebles de época que incorporaban en su construcción pequeños secreters muy bien disimulados. "Una vez compramos una cómoda a unas monjitas y la llevamos a restaurar. El restaurador vino a casa y nos dijo que en un cajón encontró un doblón de oro. Nosotros fuimos a las monjas y lo devolvimos", explica un anticuario valenciano.

"Adquirí hace años muebles de un alto cargo de museos. Algunos los vendí a un señor que iba al rastro de Valencia y este encontró en un cajón -según supe después- cuarenta dibujos del pintor Vicente López. En burós se han encontrado objetos de menos valor, pero para la persona que lo ocultó de vital importancia, como cartas de amor o documentos notariales.

Otro escondite utilizado ha sido el portarretratos. No es la primera vez que anticuarios han encontrado tras algún marco billetes de la república o imágenes cargadas de contenidos erótico. En muchos casos la foto que ocultaba la 'sorpresa' era de una imagen religiosa.
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