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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cultura

GRANDES ALMACENES

17.07.08 -

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El estudioso de cine Juan Tejero publica en T&B ¡Qué ruina de película!, ameno libro sobre rodajes que provocaron un infierno a causa de los caprichos de la estrella de turno.



En El principe y la corista (Laurence Olivier, 1957), la estrella, Marilyn Monroe, le cogió aprensión al director y protagonista, tal vez acomplejada por la sólida formación teatral de Olivier. La aversión era mutua a la segunda semana del rodaje.



La insegura Marilyn no paraba de tomar pastillas, se presentaba al plató con nueve horas de retraso (ante el desespero de los actores que trabajaban por la noche en teatros londinenses) y se confundía al declamar las frases más sencillas. Olivier le pidió a Marilyn que actuase sexy y la actriz se indignó. Ella no quería ser ya una bomba sexual, aspiraba a ser considerada una intérprete con hondura dramática.



En Rebelión a bordo (Lewis Milestone, 1962) ocurrió algo parecido. La conducta de Marlon Brando fue inadmisible de principio a fin. Petulante e impuntual, convirtió el rodaje en una pesadilla (la producción, que iba a durar cuatro meses, se prolongó durante año y medio: Brando comenzó con 80 kilos y terminó pesando casi 100).



Despidieron al primer director, Carol Reed, agotado ante tantos contratiempos. Richard Harris, que admiraba a Brando, acabó odiándolo. Marlon le espetó a Richard: "Yo soy la estrella de la cinta y tú te estás enfrentando a mí. Recuerda eso, por favor". Después del incidente, los dos actores se negaron a aparecer juntos en el set.



Críticos y espectadores opinaron, y siguen opinando décadas después, que lo mejor de El príncipe y la corista es Marilyn, y lo mejor de Rebelión a bordo, Brando. Pese a todos los desastres convivenciales que propiciaron a causa de las exigencias despóticas y desmanes de una y otro, ambos se elevaron creativamente por encima del entorno. Dos actores geniales (sobre todo Marilyn)... y tóxicos.



He conocido a gente muy brillante que, siendo innegable lo mucho que te aportaba, podía dejarte reseco con su ego insaciable. Si eras débil, hundían tu autoestima. El vampirismo vital de las altas mentes se nutre de cerebros tiernecitos.



Personas así, tan potentes, señalan -quizá como último servicio- a los que tienen instinto de supervivencia, la única salida sana: Toma mi talento y corre. El vampirismo intelectual propio del aprendizaje exige, para no quedarse varado y exhausto, romper amarras a tiempo.
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