Pero si bien los contenidos no están del todo claros, son las formas las que ofrecen los síntomas más inquietantes para la unidad de un partido. La concentración de ayer frente a la sede central del PP en la madrileña calle Génova y la convocatoria hecha para hoy constituyen mucho más que iniciativas de homenaje a María San Gil y a Ortega Lara, cuyo inigualable testimonio moral es merecedor de un reconocimiento más alejado de la disputa intestina de un partido.
La concentración de ayer y la prevista para hoy representan la primera vez en que la crisis en el interior de un partido desemboca en la calle; la primera vez que, en la calle, simpatizantes y afiliados de un partido político gritan consignas de dimisión y algún que otro exabrupto contra el presidente de su formación. Cuando, como está ocurriendo en el PP, los dirigentes se evitan, dejan de hablarse o se envían mensajes cruzados a través de los medios de comunicación, o de segundos y terceros que actúan a modo de portavoces de la discrepancia, el arreglo político se vuelve poco menos que imposible. Para intentar recomponer la situación, el presidente del PP valenciano, Francisco Camps, instó ayer a resolver los problemas "dentro de casa", en un claro aviso a navegantes que, de momento, no ha encontrado eco.
Las crisis se agudizan por su descontrol. Y la pregunta que nadie está en condiciones de responder hoy es si el PP cuenta con la solidez interna suficiente como para que en su seno convivan dirigentes que se dan literalmente la espalda, cuando no exteriorizan su mutua inquina. La primera respuesta la dará el congreso de Valencia. Pero tal como están las cosas no puede descartarse que su resultado acabe siendo provisional y sujeto al escrutinio al que la política del PP deberá someterse tanto en la tarea cotidiana de oposición como, sobre todo, en los comicios que deberá afrontar en 2008 y 2009.







