No me refiero a las grandes movidas nacionales de María San Gil, Mayor Oreja, Gustavo de Arístegui y otros. No. Aludo a movimientos más modestos, pero muchísimos más cercanos. De momento, sólo son tenues síntomas, pero la cosa puede ir a más.
El otro día, un diputado autonómico del PP me confesaba que se aburría en Les Corts: "La mayoría sólo contamos para las votaciones; por lo demás podríamos quedarnos en casa". Hace menos de un mes, otro me manifestaba su interés por el proyecto de Rosa Díez. Son cosas sin importancia, me dije, hasta que un militante significativo me espetó esta misma semana: "Me gustaría que aquí fuésemos como Unión del Pueblo Navarro (UPN), coaligados con el PP, sí, pero diferentes".
Como ven, todas estas son actitudes distintas, pero con el virus común de la disidencia. ¡Qué contraste con la disciplina casi cuartelera que impone José Blanco en el PSPV-PSOE! Y es que no hay nada que cimente más a un partido que estar en el Gobierno de la nación. Por eso, ya pueden presumir de toda la independencia orgánica que quieran Joan Lerma, Francesc Romeu, Jorge Alarte y demás conspicuos miembros del PSPV, pero el que manda, manda.
El PP nacional, en cambio, vive una especie de orfandad política bajo la actual dirección -o lo que sea- de Mariano Rajoy, del que se sigue desconociendo su proyecto para el partido, si es que lo tiene, más allá del apoyo incondicional e imprescindible de Francisco Camps. De ahí el creciente ruido de desafección que resuena en Madrid y en otros pagos.
En ese contexto, que se dice, con el creciente poder de algunas baronías regionales, ¿se imaginan el desastre para el proyecto integrador de España que supondría la multiplicación de partidos regionalistas de derechas, en la línea de aquella CEDA republicana de Gil Robles y, en Valencia, Luis Lucia?
¿Que eso no es posible? Juzguen ustedes mismos. Aquí no existen partidos nacionalistas con representación parlamentaria, evidentemente. Lo del Bloc de Enric Morera es otra cosa. Encarna a esa izquierda centrífuga que sólo ha logrado entrar en Les Corts parasitando a una ingenua Glòria Marcos, a la que le quitó la cartera política, metafóricamente hablando.
Me refería a ese otro valencianismo histórico que representó Vicente González Lizondo y que en 1991 consiguió 208.126 sufragios en la Comunitat y casi el 22 por ciento de votos para el ayuntamiento del cap i casal. Ese valencianismo fue fagocitado con habilidad por el Partido Popular en época de Eduardo Zaplana y con toda la razón del mundo pudo decir hace sólo un año el presidente Camps en El Puig: "Todo el valencianismo político y todo el sentimiento valencianista se encuentran hoy en el PP". La posterior incorporación del pleno derecho de alguien tan fiel a sus nuevas siglas como el senador José María Chiquillo no hace más que reafirmarlo.
El otrora importante sector valencianista se ha desflecado, pues, desperdigándose en siete minúsculos partidos. Los dos mayores de todos ellos -la UV, de José Manuel Miralles, y Coalició, de Juan García Sentandreu- no suman juntos ni el 2 por ciento del electorado. ¿Supone eso una alternativa posible a los dos grandes partidos de la Comunitat?
Por supuesto que no. Pero sí que pueden serlo, por contra, esos valores identitarios que ellos pretenden representar y que, como hemos visto, se encuentran instalados hoy día en el PP. Un analista que merece todos mis respetos, Jorge Feo, ha argumentado repetidamente que "esos votos valencianistas sólo han sido prestados y depende de cómo los administre el PP el que le sean reclamados o no por sus propietarios".
Esa es la madre del cordero. No basta con que Mariano Rajoy esté un día sí y otro también en la Comunitat ni que alabe sus logros y prometa un agua que, por desgracia, no está en sus manos ofrecer. Tampoco es suficiente con que el PSPV-PSOE siga anclado en tesis decimonónicas que le impiden ejercer una oposición efectiva.
Si muchos militantes del PP no llegasen a encontrarse cómodos en el partido por fas o por nefas, por problemas autónomos o importados de Madrid, por sentirse sin peso político o por la razón que fuera, podrían tener entonces una oportunidad real desde la socialdemocracia de Rosa Díez, hasta una UPN a la valenciana, pasando por el renacido valencianismo político tradicional.
Tal como vamos, esta legislatura promete al menos resultar entretenida.




