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RSS | ed. impresa | Regístrate | 9 febrero 2010

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Normativa en colegios ante sus problemas

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De todos es conocida la actual situación que parece manifestarse en amplios sectores del sistema escolar en cuanto a que existe cierto grado de dificultad colectiva para mantener el orden y disciplina en las aulas de la Educación Secundaria (pero se extiende hacia abajo en Primaria), y que genera un clima que no es precisamente el más adecuado para el avance en el aprendizaje conductual y de razonamiento. Recientemente la Generalitat ha promulgado una normativa que tiende a mejorar la previa de 1995 y 1991, en la medida que ha podido. Pero, para aplicarla, hemos de relacionar el decreto con lo más hondo del problema.

Las causas de los problemas escolares no se hallan sólo en los alumnos, ni en sus familias. En ciertos momentos se propagó la tendencia de sólo escuchar el corazón y no llevar a cabo un ponderado juicio intelectual. Esto es un mensaje que cercena la previsión ente la toma de decisiones. De este modo se concretaba en un discurso basado más en el enaltecimiento de la originalidad..., tal vez hueca, que en el esfuerzo. Y, como el mensaje no estaba bien claro (por ejemplo, se olvidan de que la creatividad requiere un bagaje cultural previo), en consecuencia, lo sensacional se torna en lo que se piensa como lo más relevante en la práctica de las aulas. Pero, si eso es grave, mucho peor es otra de las consecuencias: la falta de unos conocimientos básicos que hacen incomprensibles las explicaciones de los docentes y las lecturas de libros que, por cierto, se basan en que los alumnos saben los contenidos del año anterior o, al menos, las lecciones precedentes. Así que tales enfoques han podido acarrear una gran porción de fracaso escolar: por pocos conocimientos y por falta de hábitos humanos.

Otra consecuencia del enfoque meramente superficial del hacer lo que estime oportuno: esto significa un vacío de normas. Cuando se oye que uno se expresa originalmente, que lo importante es la creatividad y no la memorización de lecciones (no digo memorismo), etc., al mismo tiempo promueve actitudes de rechazo a la dimensión normativa. Primero, a los deberes que como estudiantes han de asumir y realizar y, después, a los que debe manifestar con respecto a los condiscípulos, como preparación para la ciudadanía.

Con estas pinceladas de arriba ya se aprecia la correlación existente entre conductas en el aula, clima escolar y posibilidad de desarrollo de capacidades de aprendizaje: si se fracasa, ante la frustración, se degrada la relación y hay indisciplina, al menos. Y es que el proceso civilizatorio es impedido por la violencia y muchas indisciplinas. Por consiguiente, los egresados del sistema serán "no tan buenos ciudadanos". La raíz de ello se sitúa en el mal uso de la palabra mágica "progreso", inyectada en la teoría de la educación por el modernismo. El enfoque de la modernidad introdujo en la práctica escolar la cultura y los valores en forma de sólo nociones asimiladas en migajas, aunque sin profundizar en una comprensión global ni cultivar la voluntad.

La consecuencia de esto es la fragmentación de la sociedad escolar y, al egresar los alumnos, la rotura de la sociedad extraescolar. Esta ruptura en la sociedad se derivaría en el resquebrajamiento de la cultura (España invertebrada). Podemos palpar una de las consecuencias: las normas están diluidas, la gente no llega a captar los valores que orientan las reglas, leyes, etc. Por consiguiente, no nos extrañe que haya una carencia de autocontrol en muchos sujetos. Y es que los impulsos, o se racionalizan o nos desbocan.

Hemos oído propuestas por doquier sobre la exigencia de "más disciplina" en las instituciones educativas. Esto se traduce en que hay que usar el reglamento de los centros docentes; que esto neutralizaría los males antedichos. Mas, cuando sólo se piensa en un instrumento de este tipo para apercibir o sancionar conductas, se ha comprobado que estas continúan repitiéndose y envenenando el clima educativo. Si la respuesta continúa siendo exterior a la persona del estudiante, es decir la mera aplicación del reglamento, los procesos educativos continuarán sumisos a dificultades y los docentes y alumnos serán invadidos por sentimientos de caos.

Hay que ser menos pesimistas en la práctica, pero sin cegarse por un optimismo idealista. Deberíamos pensar en revitalizar las instituciones educativas ante este desgaste. Esto implica poner en primer plano a la familia, a cada una de las familias. Esta institución es fundamental para devolver la salud a la escuela y a la sociedad.

Tanto por la historia de las instituciones educativas, como mi experiencia, entiendo que cuando el alumno construye y se compromete, también cumple. Y es que el estar comprometido obliga. Además, con ese logro el alumno se siente satisfecho, se siente agente y crece. Y cuando no cumple, sobre todo respecto a su grupo, estos serán quienes le juzgarían y le harían cumplir los compromisos democráticamente asumidos. Para esto hay que relacionar las normas con su vida y mediante valores concretos, a fin de que se habitúe a ellos.
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