Beatriz Corredor -que hasta hace poco se mostraba incluso dispuesta a negociar una suerte de quid pro quo con los promotores- siguió al pie de la letra el mensaje del vicepresidente económico en su comparecencia el pasado jueves en el Congreso de los Diputados. Nada de ayudas, ni de desgravaciones a la compra de segundas residencias, ni de subvenciones para que las promotoras salven la papeleta. El dinero del Estado no es para eso: "El propósito del Gobierno no es impedir de forma artificial el ajuste del sector".
La ministra subrayó que junto a los siempre limitados dineros públicos existe otro bien escaso, el propio suelo. "Construir viviendas por encima de las necesidades es un desperdicio de recursos", afirmó. El planteamiento oficial viene a ser que tras el atracón de ladrillos de los últimos años las empresas deberán arreglárselas solas para digerir el empacho. En esa travesía del desierto a la que parecen condenadas algunas compañías será la selección natural la que designe a los supervivientes. Corredor explicó que el reto es que sean "las empresas más competitivas, innovadoras y productivas las que salgan reforzadas" del ajuste.
Junto a la meta de dar pisos protegidos a quienes no pueden acceder al mercado libre, la ministra se marcó el objetivo de conducir al sector residencial a un equilibrio que permita diversificar el crecimiento económico del país.
La ministra de Vivienda envió su mensaje a los empresarios desde Toledo, donde asistió a la firma del Pacto por la Vivienda en Castilla-La Mancha entre el Gobierno autonómico, los sindicatos, la patronal de la construcción, cajas de ahorro y municipios. El pacto que incluye la creación de una vivienda de "iniciativa público-privada": pisos de unos 70 metros cuadrados útiles cuyo precio oscilará entre 130.000 y 150.000 euros. Serán casas levantadas con dinero privado pero a las que el Gobierno regional garantizará un comprador y la financiación necesaria para su construcción.




