
Para él, ambos, Palestina y el Tíbet, son símbolos de territorios maltratados por el Mal que deben ser defendidos por la comunidad internacional. Algunos suman a sus reivindicaciones Darfur; pocos, el Sahara, y ninguno, el Kurdistán. Por poner algún ejemplo. Desgraciadamente no son estos los únicos lugares donde la fuerza se impone a la razón pero hay que reconocer que algunas guerras olvidadas son más mediáticas que otras.
Llevar el pañuelo palestino al cuello es una toma de postura e identifica la solidaridad del usuario. No con las víctimas del terrorismo de Hamás, por supuesto. Estas, aunque sean niños, han quedado deslegitimadas por los hechos de "sus mayores", es decir, por las acciones equivocadas o no de los dirigentes israelíes. Como si el dolor de la madre de una niña israelí muerta en Jerusalén por una bomba de radicales palestinos no fuera igual que el de cualquier otra.
Sin embargo, la defensa de los pueblos oprimidos forma parte del espíritu solidario políticamente correcto. Incluso aunque eso suponga defender un régimen teocrático como el tibetano contra uno revolucionario como el chino. El problema es que muchos de quienes necesitan causas justas por las que luchar -una lucha que les honra- desconocen la verdadera historia, las raíces y la realidad de aquello que defienden. El Tíbet se ha convertido en el Vietnam de antes. Y no se clarifica si defiende la vida de los tibetanos sin la opresión china o la vuelta a un régimen teocrático que no aceptarían en Occidente esos del pañuelo. La reunión de las autoridades chinas con enviados del Dalai Lama apunta a esto último. Aunque no se comente.




