
Sin un modelo coherente y fuerte, en convergencia con una escala de valores, es casi imposible que haya educación. Educar, o lo es para que los chicos alcances madurez, o no lo será jamás. Para esto, los chavales han de capacitarse para elegir. La elección presupone la jerarquía de valores, ya que son criterio para juzgar, distinguir las diversas opciones y decidirse por la mejor.
Las instituciones educativas, por otra parte, muestran cierta incapacidad para transmitir normas y valores. Por ejemplo: ¿por qué pegar a un alumno?, ¿qué valores justificarían un cachete? O ¿por qué no hacerle caso? ¿Y si el alumno arremete en contra el docente por el simple hecho de haberle mirado (mal, según el muchacho)? Estos casos no son lo dicho antes, sobre la ausencia de un proyecto con valores claros. Se trata de no hallar el mejor procedimiento para que el alumno elabore ese criterio y con unos valores claros. Esto podría explicarse porque tales valores tampoco están nítidamente considerados en las instituciones educadoras, empezando por la legislación.
Si hay ausencia de valores, como criterio, y de normas, como cauces para vivir con los valores, se llega a que uno piense que cualquier ocurrencia es correcta. Y, así, hace lo que le parece porque es lo bueno. Pero, esa bondad, ¿en dónde comienza y en dónde acaba? En sí y para sí. No prima lo bueno para la sociedad sino que se actúa centrado en sí. Hace falta un bien común ideado por unos valores.
Por otra parte, no nos extrañemos de que haya tantos docentes quemados (efecto burning) y tantos alumnos objetores escolares. Y esto va acercándose cada vez más a los cursos más jóvenes. Hay una cierta explicación. Las instituciones escolares están abandonando su manera de cristalizar los valores, normas, verdades de aprendizaje por una provisionalidad. Lo primero supone cierto ahorro de energías en el alumno (ver Berger, Luckmann), ya que lo seguro conlleva un habituarse y, ya integrado, permite a cada estudiante profundizar en nuevas adquisiciones. Pero, en muchos casos, los estudiantes cada día tienen que comenzar de nuevo. Así, con el esfuerzo de tener que reconstruir la norma de conducta, no adquieren el nivel de seguridad y confianza. Por consiguiente, están inseguros... Se sienten solos. Esto significa que, buscando la autonomía, se quedan sin autocontrol. Sin embargo, para disponer de autonomía uno necesita autocontrolarse.
Me temo que si los centros docentes no toman entre sus manos y educan para manejar los m.c.s., los escolares salen de las instituciones educadoras desarmados para llevar a cabo lo que la actual civilización les requiere. Hay muchos mensajes que les instruyen, les muestran modelos, etc., sobre modales irreflexivos, subrayando la espontaneidad (haz lo que quieras, sigue tu camino -"tirar-li la manta al coll"-, etc. Esto se une a la ausencia de acciones educativas que formen en la racionalidad, conciencia, fortalecimiento de la voluntad…
Habría que cambiar el modelo tutorial. En vez de responder al alumno, angustiado o no, pero con un problema que exige criterios basados en valores, no decirle: "tu verás", "sé imaginativo", "¡a ver qué se te ocurre!"... En lugar de dejarle a su antojo, hacer como Sócrates, o como Gadamer, o como V. Frankl, o como muchísimos hacen: ¿qué propones?, ¿por qué?, ¿no ves otras vías de solución?, ¿cómo afecta a tus compañeros de aula?, ¿sería bueno o malo?, ¿por qué? Hay que hacerles caer en la cuenta de los valores en tales situaciones vitales.




