El rey Jaime I es altamente probable que no supiera leer y escribir. Firmaba con un signo en complicada forma de cruz. De ese modo, la vida del rey, que prácticamente pasó medio siglo gobernando sobre la marcha, en el camino, viajando de ciudad en ciudad, tuvo que estar acompañada por una dotación de notarios, que viajaban en mulas con una escribanía portátil, y que transcribían las cartas, órdenes, recomendaciones o sentencias reales. Una de las dificultades de la reconstrucción de la vida de don Jaime, a tenor de los expertos, es la correcta identificación de sus notarios: porque los aragoneses usaban formas de datación distintas que los catalanes, lo que en ocasiones embarulla la tarea de los historiadores.
Para la transmisión de las ideas, las normas y las leyes, los libros y los monasterios eran imprescindibles. Los principales centros de edición estaban en los "scriptorium" de las abadías y monasterios, donde los copistas reproducían las páginas de textos anteriores o recopilaban las nuevas.
En el siglo XIII, cuando se usaba para escribir vitela (piel de ternero neonato) el papel era un bien raro, escaso y de alto valor. La ciudad de Xàtiva, sin embargo, concentraba, una parte de los molinos de papel, técnica que los árabes habían introducido en la península. De ahí el especial valor estratégico que tuvo la conquista de esa ciudad.