
Otras veces, los lectores se enteran de la existencia de un certamen supuestamente importante al ver su nombre impreso en la portada del libro vencedor y tienen la sensación de que nadie se enteraría si algún publicista se inventase la existencia de un concurso para potenciar el lanzamiento de una novedad.
Habitualmente, los nombres de los premiados ascienden como una burbuja de jabón mediático y pocos días después estallan y desaparecen sin dejar rastro. ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de recordar los últimos cinco ganadores del premio Planeta? ¿Y el último premio Alfaguara? Y no crean que ocurre algo muy distinto con los galardones oficiales. ¿Quién puede ponerle nombre a los tres últimos Premios Nacionales de las Letras? ¿Ganó Augusto Roa Bastos el Premio Cervantes? ¿Y Monterroso?
Desde hace algunos, años se viene anunciando que los grandes premios promovidos por grupos editoriales pierden pegada. Vivieron su gran momento a mediados de los ochenta, cuando se dijo que se habían llegado a vender más de un millón de ejemplares del Planeta de Terenci Moix, No digas que fue un sueño. Hoy las editoriales suelen afirmar que los libros ganadores de sus concursos alcanzan los cien mil ejemplares, una cifra fastuosa que resulta imposible de comprobar. La opacidad del mundo editorial a este respecto es absoluta.
Las editoriales mantienen sus premios por una simple cuestión de márketing: les ayudan a vender más ejemplares de unos libros que de otro modo pasarían más o menos desapercibidos. Hoy los verdaderos bombazos tienen más que ver con títulos como La sombra del viento o La catedral el mar. El mercado se ha globalizado y las nuevas tecnologías han disparado la importancia del boca a boca entre los lectores.
Muchos premios literarios sobreviven con el aspecto algo mustio de un papel de regalo que se ha quedado anticuado. En España se da la paradoja de que las editoriales premian sus propios libros. Eso, junto a escándalos como el protagonizado por Juan Marsé en la entrega del Planeta a Maria del Pau Janer, ha terminado por llenarlo todo de una sospecha de oscuridad. Hoy, el sentimiento general hacia los grandes certámenes es de desconfianza.
Quizá no tardemos en ver cómo nuestro país adopta el modelo de prestigiosos premios europeos, como el Booker o el Goncourt, que distinguen a libros ya publicados y que, por tanto, ya han pasado la prueba de la crítica y los lectores. En principio, este método es más justo y menos cerrado: no es raro que estos premios recaigan en autores desconocidos y sirvan para señalar la excelencia de libros publicados en pequeñas editoriales. Sin embargo, tampoco parecen correr buenos tiempos para estos certámenes. El Goncourt, por ejemplo, estaba inmerso en una notable decadencia hasta la aparición de Las benevolentes, la polémica novela de Jonathan Littel.







