
Me he propuesto emular a Juliette Binoche, que dio vida en la gran pantalla a Vianne Rocher, una enamorada del chocolate que revolucionó, con su pastelería, un pequeño y conservador pueblo francés a finales de los años 50 (Chocolat, Joan Harris, 2004) y sumergirme en el aroma intenso de este producto, que Cristóbal Colón trajo de su aventura americana. Y nada mejor que poner a prueba todos los sentidos. Y sin salir de Valencia.
Nadie, o casi nadie, escapa al poder de atracción del chocolate. No hace muchos años era denostado. A los reproches por su excesivo valor calórico, se le suman otros como que produce acné, es excitante (incluso que desencadena taquicardias) o que produce insomnio... Con el paso del tiempo los beneficios del cacao han ido ganando peso en la balanza e incluso se ha potenciado su uso terapéutico. Numerosos centros de belleza lo incorporan en la carta de tratamientos. Y el negocio, que antes quedaba reducido a algunas chocolaterías en el centro de las ciudades, ahora se ha multiplicado. Tanto es así que es posible pasar un día entero disfrutando de las diferentes posibilidades que ofrece el cacao.
Mi viaje empieza en un lugar emblemático de Valencia, la plaza de la Reina. La mañana es fría, un viento fuerte y molesto invita a recogerse en cualquiera de los locales que enmarcan la plaza. Los hay de todo tipo -sobre todo, de comida rápida y algunas cafeterías-. Pero mi olfato me lleva hasta Chocolates Valor.
El negocio tiene dos plantas, pero la superior no está abierta. Así que los clientes, entre los que me encuentro desde ahora, se amontonan en la inferior. Hay ocho mesitas, todas ocupadas. Se levanta un cliente y aprovecho la ocasión. Delante de mí, una madre y su hija apuran unos cafés. Cojo la carta y descubro todo un universo de posibilidades. Chocolate suizo con nata, chocolate frío, chocolate con churros, chocolate blanco en una especie de fondue de cerámica... A pesar de lo avanzado de la mañana, muchos clientes -todos ellos de edad avanzada- optan por la variante chocolatera con churros. Yo me quedo a mitad de camino. "¿Puede ser un chocolate solo?", pregunto al camarero. "Claro", me contesta.
Minutos después, la taza, llena hasta el borde, está sobre mi mesa. Humea. La cuchara se hunde con dificultad y, al probarlo, una sensación de bienestar se apodera de mí. El sabor, intenso, tiene un punto amargo, fuerte. Etimológicamente está en su origen: xococ (agrio) y alt (agua), en lengua azteca.
Mientras apuro mi taza entra en el local una pareja de jóvenes. Son turistas. Llevan en la mano una guía de la ciudad. Se dirigen al mostrador, donde hay expuestas decenas de bombones y, tras consultar precios y combinaciones, deciden adquirir una caja, que la camarera envuelve cuidadosamente.
Con el calor recuperado, vuelvo a la calle. Justo enfrente, en la plaza Santa Catalina, se alza todo un referente en chocolaterías, ahora medio oculta entre los andamios de una obra contigua. Dentro, poca gente, pero fuera dos turistas con una cámara digital inmortalizan el mosaico que dibujan los azulejos de la fachada.
Camino apenas unos pasos y tropiezo con Xocoa, en la calle San Vicente. Las próximas Fallas hará dos años que abrió sus puertas. Dentro, delicatesen a base de cacao. Las estanterías que se disponen alrededor del pequeño local -en la calle Cirilo Amorós tienen otra tienda más grande- se llenan con una muestra de sus 350 artículos. Sobre todos ellos destaca la pastelería fresca, los bombones de decenas de sabores (jengibre, canela, naranja...), enormes trencadents (almendras bañadas en chocolate) y un variado surtido de tabletas (de varios tamaños) de chocolate puro y con sabores (pétalos de rosa, chili, wasabi, entre los más originales).
David Conte, el responsable de la tienda, explica que la firma, con origen en Barcelona, explota sobre todo el diseño y la innovación en sabores. Por ello se arriesga en la presentación. Y un ejemplo es, a la vez, una de las novedades: chocolates con las posturas del kamasutra.
Para los más sofisticados tienen tabletas de chocolate bañado en oro -pan de oro- o una línea firmada por el diseñador Jordi Lavanda, amigo de los propietarios.
Y entre lo más inusual: cerveza de chocolate (fabricada en exclusiva para ellos e importada desde Bélgica), rodajas de naranja caramelizada bañada en chocolate, salsas de tomate y cebolla al chocolate, licores o vinos dulces especialmente indicados para tomar con chocolate.
Si uno de los inconvenientes para tomar chocolate, especialmente para diabéticos, era su elevado contenido de azúcares, la investigación ha eliminado ese obstáculos. En Xocoa existe una línea para diabéticos, tanto bombones como tabletas (de chocolate negro), así como para celíacos (en este caso, chocolate en polvo y crema de cacao).
En el mismo campo que Xocoa se mueven otros negocios. Sanpaka se ha hecho fuerte en Valencia. Su local, en la calle Conde de Salvatierra, es un regalo para los amantes de este dulce. Pero entre los decanos de la ciudad está Nuatté, en la calle Caballeros. Allí, su propietaria, Yolanda Page, destaca sus puntos fuertes: máxima calidad de producto y personalización. "Muchos clientes me dicen que cuando quieren hacer un buen regalo vienen aquí", dice con orgullo.
Entre lo más característico de Nuatté, los bombones xerigrafiados a imagen de monumentos relevantes de la ciudad. El Ayuntamiento, las Torres de Serranos y de Quart, el Miguelete, la Lonja, la Plaza de la Virgen o el Palau de la Generalitat, del que están muy próximos, tienen su réplica dulce. Además de los bombones. Entre los más originales, el bombón de sal y el pan de especias (un conglomerado de varias especias). Los que no deben faltar: los que recuerdan aromas de Valencia (de azahar y de canela).
Yolanda confiesa que muchos clientes, sobre todo turistas, compran bombones para degustar mientras visitan la ciudad. Hago lo propio, y mientras camino por el corazón de la ciudad degusto un bombón de canela.
Antes de la obligada parada para comer, busco un lugar donde descansar. Dirijo mis pasos a la calle Pintor Navarro Llorens. En el número 17 se encuentra el SPA Agua y Vida, un paraíso de la relajación y el culto al cuerpo. Entre los tratamientos que ofrece figura la chocolaterapia. Me intereso por ella. Hay dos posibilidades: la envoltura de chocolate y un circuito de una hora y 45 minutos que incluye una envoltura de chocolate. Me inclino por el primero, entre otras cosas porque tengo el tiempo justo para ir a comer.
Por delante, media hora de placer bañada en chocolate. El gerente del spa, Fernando Giménez, destaca las cualidades hidratantes y relajantes de la envoltura. Asegura que quienes lo prueban quedan muy satisfechos. La sesión empieza con un baño en las termas, para abrir los poros y preparar la piel para absorber las propiedades antioxidantes del cacao. El aroma del chocolate llena la sala. Es de un tipo especial para cosmética, mezclado con leche hidratante. Su textura es tipo mousse. Se extiende con facilidad. Está templado. Calientan la mezcla a unos 40 grados.
La sensación es extraña. Pareces estar envuelta en barro. Unos minutos de masaje después de extender la fina capa de crema terrosa y un baño relajante y... purificante. La envoltura de chocolate cuesta 30 euros. Para quien tenga menos prisa, el circuito completo, se eleva a 55 euros.
Hay otras opciones en Valencia. Por ejemplo el SPA Balnearia, en la Avenida de Aragón. También algunos hoteles, como el Barceló, ofrecen este tratamiento a sus clientes.
Como nueva después de salir del spa me dirijo a Ca Sento, en la calle Méndez Núñez, uno de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad en el que, cómo no, trabajan con chocolate. Pero no quería ir a lo fácil. ¿Tendrán platos en salado? La respuesta es sí. Chipirones a la brasa con salsa de cacao. Esa es mi elección.
El aporte de cacao es muy sutil, explican desde Ca Sento. Como el chocolate tiene tanto sabor y es tan fácilmente reconocible, cuando se utiliza en salado se aporta poca cantidad; de lo contrario taparía el resto de sabores y estropearía el plato. En los chipirones que degusto en Ca Sento (18 euros), el cacao dibuja el plato con unas gotas.
Ha pasado el mediodía y la ruta del chocolate atraviesa el ecuador. Decido poner algo de tierra de por medio. Aunque el destino que he elegido me obliga a dejar la ciudad, creo que merece la pena.
Un museo del cacao
Pongo rumbo a Sueca. Allí, en el número 29 de la calle San José se alza un edificio de estilo rústico. En la fachada, de ladrillo carabista, destacan unas trabajadas rejas de color negro que aseguran las ventanas. Junto a la puerta de acceso un cartel confirma mi destino: Chocolates Comes. Museo Artesano.
Cuando entro unos niños revolotean por el interior. Es una visita escolar, explica luego Guillermo Melero Comes, hijo de Pedro, el gerente del Museo y de la fábrica chocolatera anexa, fundada por la familia en 1870.
Los Comes llevan seis generaciones haciendo chocolate. Y no cualquiera. "El típico valenciano", subraya Guillermo. Y lo identificarán muy fácil. Al paladar es terroso. ¿El por qué? Utilizan azúcar de caña sin refinar, y ese ingrediente, que conservan pese al paso del tiempo, es el que les distingue de los demás.
El producto de los Comes parece deshacerse en la boca. Quienes visitan la fábrica-museo tienen una dulce recompensa final. Un "bollet", la barra de chocolate de las meriendas de muchos niños -sobre todo hace décadas-, recién hecho y aún caliente. "Buenísimo", asegura Guillermo, porque aunque se calienta no llega a fundir.
En los seis años que el museo tiene sus puertas abiertas han recibido muchas visitas, sobre todo de escuelas y asociaciones de vecinos o culturales. La idea empezó por eso mismo. Muchas personas peregrinaban a Sueca para visitar la fábrica, que mantiene los utensilios que antaño se empleaban para preparar el chocolate. Entre las joyas que exponen, dos metates de piedra de la época precolombina.
El buen hacer de los Comes traspasa fronteras. La próxima semana viajarán a Florencia para participar, del 24 al 27 de enero, en una exclusiva feria chocolatera sólo para artesanos.
Ellos se resisten a subirse al carro de la industrialización y la producción en masa, paso que sí dieron otras firmas chocolateras artesanas como Valor -su nombre viene del de su fundador, Valeriano López Lloret-, que también hunde sus raíces en 1881. También ellos cuentan con un museo, este en la Vila Joiosa.
Satisfecha con la visita, decido que es hora de desandar los pasos dados y volver al punto de partida. Cargada de barras de chocolate, velas aromáticas, bombones de mil y un sabores, licores a base de cacao... pongo fin a un día a base de cacao con la conciencia tranquila de que, en dosis razonables, mi cuerpo me lo agradecerá.







