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Bath, baños con historia
21.12.07 -

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Bath, baños con historia
Edificios de gran riqueza arquitectónica salpican la ciudad de cuyas entrañas brotan aguas a 46 grados. / I. LÓPEZ
[iratxe lópez]

Manantiales de agua brotando de la tierra a una temperatura de 46º. Eso fue lo que encontraron los romanos al inspeccionar la zona que ahora conocemos como Bath. Corría el año 44 d. C. y el imperio ampliaba sus fronteras cada día con nuevas conquistas. Todos sabemos la afición que los ciudadanos de Roma mostraban por el agua. La que hallaron en este rincón de Inglaterra, caliente y verdosa, les pareció una buena excusa para levantar un complejo de termas que situaron junto a un templo dedicado a Sulis, deidad a la que adoraban las tribus locales, y Minerva, diosa de la sabiduría. Y sabiamente hicieron crecer este asentamiento. Desde el siglo I hasta el V el lugar sufrió numerosas reformas para convertirse en un gran complejo de piscinas, saunas y baños de vapor a los que se asociaba poder curativo.

Entre sus paredes o únicamente cubiertos por el cielo de Britania, sumergidos en el líquido elemento, aprovechaban los bañistas para hacer negocio y empaparse de fe. Crecía, de esta manera, la importancia de Aquae Sulis, ciudad de culto que asombraba a los peregrinos por su magnificencia. Pasaron los años y fueron el olvido y el fango quienes ocuparon los terrenos. El poder del imperio había caído, el mundo conocido reorganizaba sus fronteras.

Cuando, en el año 577, los sajones tomaron la ciudad, desecaron parcialmente el pantano para edificar una gran catedral, base de la abadía actual. Aquae Sulis se había convertido en Aet Bathum. Tras varios siglos, durante la Edad Media el emplazamiento sólo destacaría por la nueva construcción religiosa y la calidad de su lana. Pero las modas cambian, sobre todo si las impone un monarca. En el primer año de su reinado -1702- Ana I, decidida a tomar las aguas del lugar, empaquetó sus pertenencias para instalarse junto a su Corte de favoritos y damas en la que ya era la ciudad de Bath. Poder llama a poder, y de su mano llega el dinero.

Los terratenientes corrieron tras ella, ordenando construir impresionantes mansiones en las que pasarían la mitad del año, casonas de estilo georgiano cuyo aspecto exterior se ha mantenido hasta nuestros días. La fama de la ciudad aumentaba tanto como la propagación de la sífilis que, en una sociedad de licenciosas costumbres, resultaba igual de habitual que la gripe hoy. Manufactureros, ministros y artistas compartían espacio con enfermos deseosos de buena salud, hasta que los gustos y costumbres dieron un nuevo giro.



Caprichos de la historia

La invención de los baños de mar significó la decadencia para los manantiales. Los ricos 'muy ricos' rehicieron sus maletas para marcharse, y sus casas debieron dividirse en apartamentos donde comenzaron a vivir pequeños burgueses y jubilados atraídos por el buen clima. Los manantiales naturales adaptaron su nombre a la modernidad y de simples 'fuentes termales' pasaron a convertirse en SPA; la moda había vuelto su caprichoso rostro una vez más hacia Bath, que actualmente reclama atención convertida en la estación termal más importante de Gran Bretaña.

Conocer la historia de una ciudad es un comienzo para comprenderla; visitarla supone el siguiente paso. Quien camine por las avenidas de Bath creerá estar moviéndose por las entrañas de un palacio. Grandiosa, luminosa y ordenada, así es esta princesa de las aguas. Edificios de piedra idéntica, en los que dominan los colores beige y gris, surgen tras cada esquina, adornados con columnas, capiteles y ornamentos de estilo georgiano. Moles que imprimen al conjunto arquitectónico una sensación de uniformidad y perfección tal que, en ocasiones, durante el paseo creemos estar recorriendo la misma calle, como si la memoria y la orientación fallaran para devolvernos al mismo punto una y otra vez.

Puede que de esta especial percepción tengan mucha culpa dos de los arquitectos que más planos firmaron, John Wood 'El Viejo' y John Wood 'El Joven'. En Bath todo parece repetirse, desde las fachadas hasta los nombres de sus artífices, sin que esto signifique que cada estructura sea un clon de otra, ni mucho menos.

Desde que la pisaran los romanos se ha buscado en ella tranquilidad. Situada al suroeste de Inglaterra, en plena campiña de Somerset, muy cerca de la costa, las gaviotas sobrevuelan su cielo dejando sentir los graznidos sobre quienes descansan acostados al sol. Es la típica estampa de Bath en verano, hombres y mujeres sentados en tumbonas buscando el calor mientras escuchan un concierto de música clásica a las orillas del río Avon. Al fondo y rodeando el núcleo urbano, las suaves colinas de los Cotswolds y Mendips, los espacios abiertos de Wiltshire, las casas de campo señoriales con sus enormes jardines; el paraíso a sólo dos horas de Londres.

Ya dentro de la ciudad, entre sus callejas, cerca de 5.000 edificios constan registrados por su valor arquitectónico. Reconoce su carácter singular el título de 'Patrimonio de la Humanidad', que da fe de su importancia. La Abadía con sus magníficas bóvedas de abanico, reedificada en estilo gótico a partir de 1499, es uno de esos destacados inmuebles. Frente a ella, las ruinas de los Baños Romanos, complejo más importante de esta civilización en Gran Bretaña, donde durante aproximadamente dos horas el turista puede -gracias a las explicaciones de una audioguía- retroceder en el tiempo para imaginar lo que debió significar este conjunto en el que se han encontrado, entre otros restos arqueológicos, una magnífica cabeza de Minerva bañada en oro o un tímpano con la cabeza de Gorgona.



Terapias relajantes

Junto a las termas, la Sala de Bombas, sede de un selecto restaurante, a la que acuden los recién llegados para tomar el agua que ha hecho famosa a la ciudad, agua rica en sulfatos que contiene cuarenta y tres minerales. Sobre el río, el Puente de Pulteney que, como el florentino Ponte Vecchio, alberga comercios en su interior. Tras una leve cuesta, The Circus, edificio en forma de coliseo formado por casas de similar apariencia, personalizadas con los emblemas del oficio que cada dueño ostentaba en el siglo XVIII. Y algo más arriba el impresionante Royal Crescent, grupo monumental que abarca un segmento de elipse de 200 metros sobre dos pisos, cuya fachada se encuentra dividida por cien gigantescas columnas jónicas. Numerosos ejemplos, todo ellos, para admirar su pomposa elegancia.

Como consejo, si además de ver lo que se quiere es sentir, no hace falta más que reservar plaza en el moderno Thermae Bath SPA, único lugar en Gran Bretaña donde es posible bañarse en aguas naturales calientes. El balneario, que oferta una amplia gama de tratamientos y terapias relajantes, así como la oportunidad de emular a los romanos zambulléndose en una piscina de agua termal al aire libre sobre una azotea, cuesta 50 libras -unos 75 euros- todo el día, aunque también existe la posibilidad de contratar servicios por horas.

"Llegaron a Bath. Catherine estaba entusiasmada; sus ojos iban de aquí para allá, se paraban en todas partes, mientras se acercaban a ese lugar maravilloso y asombroso (…). Había venido para ser feliz, y ya se sentía feliz". Plena de positivismo narraba la escritora Jane Austen el primer contacto de uno de sus personajes con la ciudad. Fueron dos las novelas que esta autora inglesa, vecina de la urbe entre los años 1801 y 1806, ambientó allí: La abadía de Northanger -a la que pertenece la cita- y Persuasión. Ella es, quizá, una de las personas más admiradas por sus muchos residentes, tanto que incluso se ha creado un centro con su nombre, exposición permanente que informa sobre su vida allí y la influencia que tuvo en su obra.
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