Las mafias de la mendicidad en Valencia

Varios clanes rumanos se reparten los semáforos para pedir dinero de lunes a viernes desde primera hora de la mañana. Una decena de pedigüeños se reúnen frente al Hospital Clínico y reciben indicaciones de un cabecilla antes de trasladarse a otros sitios

Javier Martínez
JAVIER MARTÍNEZValencia

Cada mañana con las primeras luces del día, Vasile deja la fábrica abandonada donde malvive a las afueras de Valencia. Madruga de lunes a viernes para pedir en la calle pero ni mendigar le sale gratis. El joven rumano tiene que pagar una pequeña cantidad de dinero al cabecilla del grupo que le prestó un puñado de euros hace un mes. Mientras Vasile apresura el paso para llegar pronto al semáforo, otros compatriotas en situación de extrema pobreza comienzan a llegar al punto de encuentro. El reloj marca las siete de la mañana. Último viernes de julio. La zona ajardinada de la avenida de Blasco Ibáñez frente al Hospital Clínico es el lugar elegido para reunirse.

Nueve hombres y dos mujeres, la mayoría de ellos con los carteles que utilizan para mendigar, comparten dos bancos de madera mientras toman café en vasos de plástico y murmuran lo que no se atreven a decir en voz alta. Uno de ellos apura una colilla de las que recoge en el suelo o el cenicero de un bar cercano. La conversación en rumano dura muy pocos minutos. El único que está de pie levanta la voz y da algunas indicaciones a los demás antes de repartirse los semáforos de la zona norte de Valencia. El cabecilla hace aspavientos con sus brazos. Dos de los mendicantes agachan la cabeza y otro aparta la mirada.

Segundos después comienza a dispersarse el grupo. Cada uno anda en una dirección. LAS PROVINCIAS fue testigo el pasado viernes de este encuentro organizado de pedigüeños rumanos. Tras la corta reunión, dos de los mendigos se marchan hacia los semáforos de la rotonda del mirador y la avenida de Cataluña, donde ya se registran las primeras retenciones de vehículos.

Otro camina de forma apresurada hacia la calle Finlandia. Su primera parada es el bar Martin's. Pero no entra. El joven rumano rebusca en el cenicero y recoge varias colillas. «Lleva dos años haciendo lo mismo. Coge los cigarros más enteros y se va», explica Emilio, uno de los camareros del restaurante. Tiene prisa. Quiere llegar lo antes posible al cruce del paseo de la Alameda y la avenida de Aragón. El semáforo y la fuente son sus mejores aliados para pedir limosna y refrescarse, respectivamente. En la calle Serrano Flores saluda casi todas las mañanas a los soldados de la guardia matutina. «¡Hola! Me voy a trabajar», dice en perfecto castellano.

Se toma muy en serio lo de pedir limosna. Para él mendigar es un trabajo como cualquier otro, además de su medio de vida con un horario. El paseo de la Alameda se llena de coches en pocos minutos. Cada moneda que recauda la guarda en un bolsillo y sigue pidiendo tras poner cara de lástima, aunque no agobia a los conductores. Muestra también el cartel por si alguien se detiene a leerlo: «Hola gente. Poco dinero. Mis niños enfermos. Dios te bendiga la familia. Gracias. Gracias».

A pocos metros de distancia, Vasile continúa mendigando. El hombre aprovecha las fases verdes del semáforo para sentarse unos segundos en el suelo a la sombra. Nos acercamos para hablar con él pero no le gustan nuestras preguntas. «Oye amigo si quieres seguir aquí me tienes que pagar dinero. Yo estoy trabajando», afirma con el ceño fruncido. Tras coger nuestra limosna, el pedigüeño se vuelve más amable y nos cuenta cómo empezó a mendigar. «Cuando llegué a España me dijeron que tenía que pedir en los semáforos o en la puerta de un supermercado», explica con resignación. «He intentado volver a mi país pero no me dejan porque les debo dinero», añade.

La mañana avanza y el calor no da tregua. El reloj marca las 10 de la mañana. Vasile lleva dos horas y media sorteando la cola de vehículos y apenas ha reunido un puñado de monedas, la mayoría de 50 céntimos. Ha llegado la hora de cambiar su lugar de mendicidad. El segundo sitio es la puerta de un supermercado. La gran afluencia de clientes, el trasiego de personas que pasan por la acera y la sombra del edificio hacen más fácil de sufrir las siguientes horas. Además, la batería de su móvil se está agotando y necesitará pronto una conexión eléctrica. «Es un chico muy educado y alguna vez cuando su teléfono se queda sin batería le dejo que enchufe el cargador», explica el portero de un edificio cercano.

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