Dentro de la Finca Roja

El céntrico edificio, que cumple 85 años en pie, es un oasis de tranquilidad de puertas para adentro

La fachada exterior de la Finca Roja, en la esquina de la calle Marvà con Albacete. /Á.G.D.
La fachada exterior de la Finca Roja, en la esquina de la calle Marvà con Albacete. / Á.G.D.
Álvaro G. Devís
ÁLVARO G. DEVÍS

Un edificio pensado para no ser mítico, reconvertido 85 años después en uno de los iconos arquitectónicos del próspero Valencia. Esta es la historia de la Finca Roja, una construcción de sobra conocida por todos los que hayan pasado por la manzana que arropan las calles de Jesús, Albacete, Marvà y Maluquer.

El edificio se proyectó en una Valencia que aún no era centro, sino más allá de lo que fueron años atrás los muros. Casas de obreros, trabajadores de la Administración, alquileres bajos, y ajustado a las necesidades de entonces.

Enrique Viedma Vidal, natural de Valencia pero estudiante de Arquitectura en Barcelona, venía de hacerse cargo de las obras del Mercado Central, un proyecto que él no proyectó. Sí lo hizo en sus obras posteriores, las dos en pie actualmente en la calle Marqués de Sotelo. El edificio de La Unión y el Fénix, que marca la esquina de la Calle Xàtiva con el enlace al Ayuntamiento; y al otro lado, la sede del Instituto Nacional de Previsión, lo que es ahora la Tesorería de la Seguridad Social. Su siguiente encargo fue la Finca Roja, una residencia voluntaria para los trabajadores de este último trabajo suyo.

Proyectó 378 viviendas, todas de cien metros cuadrados, excepto las que forman parte de los cuatro chaflanes, que ganan algunos más. Su forma viene inspirada por el Plan Cerdà, que configuró el callejero de Barcelona en manzanas. También era una demostración del «racionalismo heterodoxo» al que Viedma pertenecía. Por eso, también está muy influenciado por la Escuela de Ámsterdam, que le aportó el elemento artístico más característico: el ladrillo rojo cara vista.

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De esto ya hace 85 años ahora, 83 desde que entraron a vivir las primeras familias. Y las paredes no han cambiado mucho, por no decir nada, pero sí lo que se vive allí. Los trabajadores de la Administración y los alquileres de un chavo al mes ya son historia, ahora todo cuesta mucho dinero y las casas las habitan dos generaciones muy diferentes, con visiones que no chocan pero que tampoco suman.

A las 12 de la mañana coinciden, en un patio cuyas dimensiones permiten llamarle parque, una persona de cada una de esas generaciones. Los vecinos de diferentes bloques coinciden allí paseando a sus perros, protegidos del tráfico, con espacio para correr, jugar entre ellos, y hasta con una pequeña fuente para beber. Una de las vecinas lleva poco más de un año en uno de los bajos de un patio que da a la calle Marvà; la otra lleva desde la década de los 70 en uno de las últimas plantas de otro patio con vistas a la calle Albacete. Sus perros son amigos, dicen, y ellas observan como juegan en la areniza.

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La conversación de hoy, animada por las preguntas sobre el edificio que se les hace, es sobre cuánto ha cambiado este en los últimos años. Empezando por el parque. «Cuando yo llegué, aún existía en el centro una gran fuente y los niños solían pasar aquí toda la tarde jugando. Ahora esto solo es para los perros y para algún cumpleaños de fin de semana», comenta la vecina veterana. Hasta la entrada del nuevo siglo, hubo varias generaciones de niños y niñas que crecieron juntos, como en el pueblo pero en Valencia. Ahora solo se crían juntos los perros. La realidad de los habitantes de las casi 400 viviendas de edificio es la de una familias que han envejecido y cuyos hijos e hijas ya no están.

Desde la plaza interior hay acceso a un bar. En realidad, todos los bajos comerciales tienen una entrada desde el patio interior porque se pensó en comercios que dieran ciertos servicios a la comunidad de vecinos, una idea inspirada en el Falansterio ideado por Charles Fourier. La barra forma parte de una peña valencianista. A mediodía toman una cerveza o un café tres señores mayores pero vida se multiplica en fechas señaladas, como un partido importante del equipo o Nochevieja.

Las curiosidades del edificio no acaban nunca: la fachada del patio interior es exactamente la misma que el exterior; aunque ocupa una manzana la Finca no es cuadrada, sino un trapecio; hay ciertos elementos decorativos en cada pared que la hacen irregular… La nueva inquilina solo puede confirmar cuando sabe el dato o sorprenderse cuando lo desconoce. Ella es la pareja del actual presidente de toda la comunidad, Miguel, que ocupa la casa donde se crió (fue uno de esos niños de parque) y que le dejó su padre. Después de mucho tiempo, ha vuelto. «Es como estar en el mismo sitio y en otro completamente diferente», confiesa.

Él mismo nos acompaña hasta la terraza. Por el camino, se cruzan viviendas familiares, algunas convertidas en negocios como academias de artes plásticas o consultorios. El último piso no lo componen viviendas, sino unos trasteros. Antiguamente cada uno de los catorce patios contaban con un portero propio. Así que tres de esos trasteros se convirtieron en la vivienda de estos. Ahora, solo era lugar de trastos. Desde la terraza no se puede ver la calle, sino el patio interior, aunque sí se puede notar más allá del edificio parte del skyline del centro de Valencia.

Miguel se despide contando la efeméride del edificio. Algunos vecinos quieren reconstruir parte de la historia de la Finca, poner en valor la vida de este edificio. Seguramente la conservación tan escrupulosa de los elementos y el espíritu de la construcción haya sido la que la ha hecho Bien de Interés Local. Al final, aunque la gente cambie y los niños dejen de jugar, los ladrillos y las persianas americanas siguen ahí, dispuestas a acoger la vida que les quieran dar.

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