40 años de convivencia

El día después. La portada de LAS PROVINCIAS, con las imágenes de la procesión cívica y la manifestación./
El día después. La portada de LAS PROVINCIAS, con las imágenes de la procesión cívica y la manifestación.

El 9 de octubre de 1977 las banderas de todos los signos y colores ondearon en clave de convivencia

F. P. PUCHE

Apenas hace cuarenta años, yo vi a Emilio Attard emocionarse y a Vicent Soler tomado del brazo de Javier Aguirre de la Hoz. Manolo Broseta y José Luis Albiñana, Ignacio Carrau y Víctor Fuentes, Antonio Montalbán y Joaquín Muñoz Peirats, Miguel Ramón Izquierdo y Joaquín Ruiz Mendoza, Vicente Iborra y Vicente Garrido, Antonio Palomares y Manolo Sánchez Ayuso... Todos marchaban juntos y tenían un mismo sentimiento.

Tenéis que acordaros, porque apenas han pasado cuarenta años. El caso es que si alguna vez hubo un día intenso, uno solo, fue ese: el 9 de octubre de 1977. El día en que la política nueva se quiso vestir de fraternidad y las banderas de todos los signos y colores ondearon en clave de convivencia. Porque ese día, la ciudad se hizo río unánime y miles de valencianos se dieron las manos para reclamar, juntos, la anhelada autonomía. «Volem l'Estatut!», gritó la gente durante horas interminables.

Era domingo, aquél 9 de octubre. Y por la mañana, los nuevos parlamentarios de las tres provincias se dieron cita en el Ayuntamiento, donde el alcalde, Miguel Ramón Izquierdo, había abierto las puertas a la celebración. Desde allí, tras la Senyera, marcharon todos a la Catedral y después al Parterre, donde había más gente que nunca, más calor e intensidad que en todos los años anteriores. No hubo vetos ni remilgos, solo hubo un mismo afán.

La manifestación de la tarde, con todo, es la que ha pasado a la memoria colectiva como un hecho cívico difícil de olvidar. Más de trescientas mil personas llenaron las calles, en el curso de una marcha cívica donde todas las banderas, con y sin franja azul, lejos de enfrentarse, convivieron en un clima general de concordia. Los nuevos representantes de los valencianos, y también los que no habían sido llamados aún a una renovación democrática, desfilaron en demanda de autonomía. Durante más de dos horas, miles de valencianos marcharon por las calles del centro: cuando la cabeza de la gran manifestación llegó a la plaza de América, cuando se pronunciaron los discursos desde las escaleras del Puente del Mar, todavía había mucha gente que no había podido salir de la plaza de San Agustín, donde la columna se iniciaba.

Manuel Ángel Conejero, Pin Arboledas, Justo Martínez Amutio, Fernando Martínez Castellano, Julio Tormo, Vicent Garcés, Alberto Jarabo, Antonio López Sellés, Emérito Bono, Víctor Fuentes... Liberales, comunistas y centristas, patronos y sindicalistas, socialistas y franquistas reconvertidos... Y entidades de todos los colores, modelos y tamaños...

El año 1977 fue el del estreno de la política tras la muerte del dictador. Adolfo Suárez, tras lograr el milagro de que el antiguo Movimiento aceptara su extinción, cumplió también su proyecto de legalizar el partido comunista, símbolo de credibilidad de una normalización política que nos habría de poner en la línea de las democracias europeas.

En junio de 1977, las primeras elecciones democráticas dieron a luz un parlamento que tenía sobre la mesa la responsabilidad de elaborar una Constitución para España. Y mientras todo eso llegaba, con la economía perdiendo fuerza a chorros a manos de la inflación, la sociedad valenciana catalizó sus fuerzas, encauzó sus impulsos, atraída por una demanda que catalanes y vascos andaban ya negociando con el Gobierno: la autonomía.

En abril se había quitado el rótulo y los emblemas del edificio sindicalista de la CNS, en Barón de Cárcer. Y en mayo, los valencianos aprendieron lo que era un mitin político de última generación. En julio vinieron los Reyes Juan Carlos y Sofía al monasterio del Puig, con el ministro Clavero Arévalo, para clausurar los actos del VII Centenario de la muerte de Jaime I. Y aquello ya fue un hervor de alcaldes, una prueba de fe autonomista; que prendió con fuerza en un pueblo, de muy baja intensidad nacionalista, que durante la República había redactado un borrador de Estatuto nunca aprobado.

La memoria tiende a ser selectiva. Olvida los incidentes, que los hubo. Y olvida también a Miguel Grau, un muchacho del Movimiento Comunista que murió de un ladrillazo cuando pegaba carteles en Alicante. La memoria toma lo mejor y más noble, lo más alegre de un día que quiso seleccionar para que fuera marca en el camino de la historia colectiva. Como quiso conservar, con aire y pureza de inocencia, una reclamación, la autonómica, en la que se había puesto la ilusión de que iba a ser herramienta salvadora frente a los males del centralismo.

Desde luego, nadie de los que se manifestó, ni los más nacionalistas, soñaron nunca que cuarenta años después el viejo Reino de Valencia tendría encomendadas las enormes competencias que hoy gestiona. Nadie imaginaba entonces -ni siquiera para el País Vasco o Cataluña- que la Sanidad y la Educación estarían alguna vez en manos de las regiones, con sus gigantescos presupuestos. La autonomía deseada en 1977, el soñado Estatut, no contenía sino un esbozo de administración regional descentralizada, como se pudo comprobar en el año 1979, cuando comenzó a funcionar el régimen preautonómico, o incluso en 1982, cuando la autonomía valenciana empezó a dar sus primeros balbuceos.

Desde luego, nadie se hubiera atrevido a pensar hace cuarenta años, dentro de aquella intensa y cálida manifestación, que la autonomía valenciana llegaría a tener tanto poder real, que alcanzaría tan alto nivel de deuda, que se caería en los pecados de despilfarro y corrupción y... que funcionaría con los ribetes de tensión y conflicto, de mezquindad y sectarismo que hoy exhibe gracias al comportamiento, una veces torpe y otras egoísta, de los partidos políticos.

Fotos

Vídeos