Un albergue al raso en el Jardín de la Ilustración

Colchones y cartones entre las columnas del siglo XVI del antiguo hospital. / jesús signes
Colchones y cartones entre las columnas del siglo XVI del antiguo hospital. / jesús signes

Una de las principales zonas verdes del centro es víctima de la falta de mantenimiento y por ser lugar de acampada de grupos de indigentes El parque se degrada sólo cinco años después de su apertura

P. MORENO VALENCIA.

Recibió un premio internacional en 2015, aunque su aspecto actual dicta mucho del reconocimiento que supuso el galardón y de los cuatro millones que costó. El Jardín de la Ilustración, entre las calles Guillem de Castro y Hospital, se ha convertido en un albergue al raso para numerosos indigentes todas las noches, mientras que durante el día es utilizado para que paseen decenas de perros, llevados por dueños al no disponer de otra zona de esparcimiento en el centro. El resultado es un parque monumental, repleto de simbolismo y detalles arquitectónicos, pero al mismo tiempo degradado y con un fuerte olor a orina, colchones y cartones utilizados por los mendigos, y donde no falta ni una palmera con señales de estar aquejada por el picudo rojo.

Ese es el panorama del llamado Jardín de la Ilustración, obra del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, autor asimismo del Museo de la Ilustración. Vecinos de la zona denunciaron a LAS PROVINCIAS la acumulación de bolsas de ropa y colchones en la marquesina del acceso desde la calle Hospital, a lo que hay que sumar lo mismo en la parte de Guillem de Castro, donde una pequeña plaza decorada con arranques de columnas y otros restos arqueológicos del antiguo hospital esconde también bártulos de todo tipo.

La construcción del museo y el jardín estuvo precedida de una investigación arqueológica apasionante. Afloró parte de la vajilla del hospital, una fortificación musulmana, acequias y hasta las huellas de construcciones religiosas, que se recrearon después con un murete de ladrillo de baja altura.

Esto último, próximo a la ermita de Santa Lucía, se utiliza a modo de urinario. El lateral del pequeño inmueble restaurado hace unos años por la Fundación Hortensia Herrero también acumula varios cartones para evitar el frío que emana del suelo de madrugada. Cualquier cosa es útil para pasar las noches al raso. A escasa distancia, la degradación es más evidente junto a la puerta de la Biblioteca Pública, donde no llegó el jardín inaugurado en 2012 al ser una propiedad estatal y no transferirse a la Generalitat.

La asociación de vecinos de Velluters ha denunciado varias veces el abandono del jardín, donde también han hecho acto de aparición las pintadas y los restos de botellón, en este último caso en la parte próxima al museo, donde ayer había numerosos desperdicios tirados.

En cuanto a la jardinería, la hojarasca llena el suelo y la hierba desborda los alcorques, aunque también han contribuido a tapar lo que en su día se consideró un jardín demasiado duro, con abundancia de pavimento y hormigón. La portada de la antigua facultad de Medicina sobrevive en la parte próxima a Guillem de Castro, donde hay un par de esculturas sobre soportes metálicos. Los vecinos insisten por último que «este jardín no puede ser un albergue al aire libre».

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