Las Provincias

Nazaret, el barrio olvidado

Tranquilidad. Nazaret parece más un pueblo que un barrio. :: manuel molines
Tranquilidad. Nazaret parece más un pueblo que un barrio. :: manuel molines
  • Los vecinos critican la falta de alternativas para trasladarse a la zona, entre ellas la ausencia de carril bici, y exigen la unión con el Jardín del Turia

  • La ampliación del Puerto eliminó la playa del distrito, redujo sus accesos y prometió un parque que llega ahora

«Aquí que me detenga. Que también yo contemple un poco la naturaleza. Azul esplendoroso de un mar de la mañana. Y de un cielo sin nubes, y una ribera amarilla: todo hermosamente y con plenitud amarilla». Nazaret no ha olvidado el mar. Sus muros hablan de él, en la voz de los versos del poeta griego Konstantinos Kavafis escritos en el muro de la antigua aceitera Moyresa. Y sin embargo, el mar queda lejos. Entre ese muro y la orilla hay varias hectáreas de terreno portuario, muelles y astilleros. El barrio vive de espaldas al mar, ese que a principios del siglo XX convirtió a Nazaret en el destino preferido por la burguesía valenciana, que se dividía entre este barrio y el Cabanyal y el Canyamelar para pasar las vacaciones de verano.

Pero llegó el puerto. Ya antes de la ampliación pactada en 1986, las playas del antiguo lazareto apenas se utilizaban: la suciedad que traía el Turia hacía imposible el baño en ellas. Pero estaban ahí. La ampliación del puerto las eliminó, y a cambio Nazaret recibió promesas que han tardado más de tres décadas en concretarse: ahora, el Ayuntamiento de Valencia y el puerto han acordado la creación de un Parque de Desembocadura, parecido al de Cabecera de casi 9 hectáreas de extensión. También se construirá una zona deportiva de 86.000 metros cuadrados donde el Levante UD quiere instalar su nueva ciudad deportiva.

Pero mientras llegan, los vecinos de Nazaret viven ajenos a las promesas y los castillos de arena de la playa que perdieron. Viven de espaldas a la ciudad, ahogados por el mar y el puerto, pero lo hacen con el orgullo de quienes creen que habitan en el último pueblo de la ciudad. Nazaret es un barrio al que es difícil llegar: únicamente el acceso a través de la CV-500 y del puerto de Astilleros permite la entrada al viejo lazareto, y apenas tres líneas de autobús lo conectan con la ciudad. Ahí aún se dice «ir a Valencia» cuando se va a la plaza del Ayuntamiento, a Ruzafa o incluso al Cabanyal.

«Estamos aislados, es un barrio amurallado», explica Jesús Vicente, que vende lotería en un puesto en la calle Castell de Pop. Es una sensación que se repite entre cualquiera de los vecinos encuestados durante un breve recorrido matinal por el centro de Nazaret. Apenas tres líneas de autobús para llegar a la ciudad. «Si no es en coche o en bus, no se puede entrar», lamenta Mari Nieves Chicana, propietaria de una mercería en la cercana Dalt de la Mar.

Nazaret va perdiendo vida conforme se acerca al mar. O a la franja de descampados entre el barrio y el puerto, a varios cientos de metros del mar propiamente dicho. Quedan, como barcos varados en la arena, viejos edificios en pie. Es el caso de Benimar, una escuela de deporte propiedad de la Iglesia en torno a la cual giró la posibilidad de convertirla en la Facultad de Ciencias del Deporte y la Educación Física de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir, pero no acabó cuajando. O de Marazul, el antiguo balneario creado como «compensación» por perder el mar que pese a haber sido rehabilitado un par de veces ha sido saqueado otras tantas y ahora espera a que se decida qué hacer con él.

Son vestigios de un barrio que antes miraba el mar y que ahora, obligado por el nudo gordiano de grúas, depósitos, contenedores y accesos constreñidos que le rodea, está forzado a mirar hacia dentro. En Nazaret, lo reconocen los propios vecinos, hay cierta añoranza del pasado. Viven siempre con un ojo en el mar y otro en todo lo que perdieron. Pero de alguna manera se han acostumbrado a ello. Como a las largas esperas en las paradas de autobús. Pedro Fernández, de 75 años, asegura que algunas líneas, como la 30, tienen una frecuencia demasiado limitada. «Si tienes que ir de urgencia al hospital, te mueres antes de que llegue la 30», dice elocuentemente. Incluso los más jóvenes reconocen las molestias provocadas por la falta de transporte. Pablo Solans, de 17 años, critica la desaparición de la línea 3: «Es un fastidio».

Los vecinos de Nazaret pelearon por recuperarla, pero la Empresa Municipal de Transportes (EMT) y la concejalía de Movilidad Sostenible se negaron. A cambio enviaron la línea 95, con la que la inmensa mayoría de los encuestados reconocen estar «razonablemente satisfechos».

La historia de Nazaret se puede trazar de promesa sin cumplir en promesa sin cumplir. La más reciente, la T2 del metro. Este proyecto, tan abandonado que sus túneles se usan como botellódromo improvisado en Nochevieja, duerme en algún cajón de la conselleria de la Obras Públicas. Sobre él pesa el coste que tendría terminar el último tramo de túneles entre la calle Alicante y el Mercado Central: en torno a 190 millones de euros.

Una zona «tranquila»

Con todo, los vecinos de Nazaret celebran vivir en un barrio tranquilo, donde todos se conocen y donde, aseguran, la conflictividad se ha reducido mucho. Saben que el barrio tiene mala fama, pero también tiene una de las primeras calles peatonales de la ciudad, la calle Dalt de la Mar (según aseguran orgullosos los residentes), sillas a las puertas de las casas en las tardes de verano y cuatro colegios e institutos. También tienen una parroquia, en la que trabaja el sacerdote Raúl Valencia, de 49 años, y los animadores infantiles Dani Peña y Jessica Vivó, de 29 y 25 años. Ellos ofrecen, con su grupo de scouts, una alternativa para los jóvenes.

El ostracismo al que les condenó el puerto y el estrangulamiento del sur de la ciudad, así como el fracasado PAI de Moreres, ha hecho que en Nazaret crezca un tejido asociativo potente que mantiene el barrio vivo pese al puerto, las esperas en las paradas del bus y los puentes que cruzan el final del viejo cauce del río.

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