Las Provincias

El Papa vacuna a los nuevos cardenales contra «el virus de la enemistad»

El Papa impone la birreta de cardenal, ayer, al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro. :: reuters
El Papa impone la birreta de cardenal, ayer, al arzobispo de Madrid, Carlos Osoro. :: reuters
  • Carlos Osoro, entre los 17 purpurados creados por Francisco en un consistorio en el que pidió no convertir en una amenaza a los refugiados

roma. Carlos Osoro entró ayer en uno de los clubes más exclusivos del mundo, el Colegio Cardenalicio. El arzobispo de Madrid fue creado cardenal por el Papa en el consistorio celebrado en la basílica de San Pedro del Vaticano junto a otros 16 purpurados. Tras imponerle la birreta y el anillo, Jorge Mario Bergoglio otorgó a Osoro el título de la basílica romana de Santa María en Trastevere. Al confiarle este hermoso templo donde desarrolla sus actividades la Comunidad de San Egidio, el Papa simbolizó su cercanía con la sede apostólica.

Una vez concluida la ceremonia, el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española acudió junto a Francisco y a los otros protagonistas del consistorio a visitar al Papa emérito, Benedicto XVI, en el monasterio dentro del Vaticano donde vive tras su renuncia al pontificado.

Osoro fue arzobispo de Valencia desde enero de 2009 hasta agosto de 2014, cuando fue sustituido por el también cardenal Antonio Cañizares. Antes de arribar a la Comunitat fue el máximo responsable de la iglesia asturiana.

Bergoglio aprovechó su homilía para tratar de que conectaran con su idea de Iglesia los 17 nuevos miembros del Colegio Cardenalicio, varios de ellos llegados de lugares periféricos como República Centroafricana, Isla Mauricio o Papúa Nueva Guinea. Siguió así corrigiendo el eurocentrismo de este organismo y dándole mayor presencia a iglesias locales lejanas y minoritarias, como hizo también en sus dos consistorios anteriores.

Francisco invitó a los cardenales a que no fueran inmunes «al virus de la polarización y la enemistad» frente a los «cuestionamientos e interrogantes» que caracterizan nuestra época. «Nos toca transitar un tiempo donde resurgen epidémicamente, en nuestras sociedades, la polarización y la exclusión como única forma posible de resolver los conflictos», dijo, poniendo como ejemplo lo rápido que se «convierte en una amenaza» al «desconocido, inmigrante o refugiado» que está a nuestro lado. «Posee el estado de enemigo».

Francisco era consciente de la expectación que genera un consistorio, sobre todo en los países de donde provienen los nuevos cardenales, e intentó utilizarlo para llamar una vez más la atención sobre la «globalización de la indiferencia» que lleva denunciando desde que comenzó su pontificado. Ayer actualizó aquel término, utilizado por primera vez durante su visita a Lampedusa en julio de 2013, para hablar de la «epidemia de enemistad y violencia».

Lamentó que se vea como un enemigo al que «viene de una tierra lejana, tiene otros costumbres o color de piel» y las diferencias acaben así transformándose en «sinónimos de hostilidad, amenaza y violencia». Francisco hizo además autocrítica al pedir que la Iglesia no caiga en «la enemistad» y tenga en cambio siempre abiertos los ojos «para mirar las heridas de tantos hermanos privados de su dignidad, privados en su dignidad».

Recuerdo a Tarancón

Osoro acudió a Roma acompañado por una legión de fieles provenientes tanto de su tierra, Cantabria, como de los distintos lugares donde ha sido pastor: Orense, Oviedo, Valencia y, desde agosto de 2014, Madrid. «Siento agradecimiento porque la gente haya hecho cola para ver a un tipo como yo, no merece la pena», dijo. «O se ve algo más, (algo) de lo que el Señor, a través de esta pobre persona, da o la gente no viene. Yo eso lo agradezco, no por mí, sino porque creo que es una gracia que todos juntos le hacemos a nuestro Señor», explicó.

Tras la ceremonia, el nuevo cardenal comentó que el Pontífice le pidió que «siguiera adelante y diera mi vida por la Iglesia». También desveló un detalle curioso: utilizó el roquete del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, una de las figuras clave de la Transición, que se lo legó a otro purpurado fallecido, el valenciano Ricard Maria Carles.