Las Provincias

Ruta por los ultramarinos más singulares de Valencia

  • Cada vez quedan menos, y no todos tienen asegurado el relevo generacional

El ultramarino es uno de tantos comercios históricos que se está perdiendo. El que fuera el génesis de los supermercados actuales ha ido desapareciendo con el paso de los años en Valencia, y de los que quedan, no todos tienen el relevo generacional asegurado.

La pasada semana Cerveza Turia publicó una guía, diseñada por CuldeSac, que recogía algunos de estos locales emblemáticos. Lasprovincias.es ha realizado una ruta por cuatro de los más singulares de la ciudad.

La primera parada nos lleva a Mantequerías Mossi, en la calle Mestre Palau. Jesús Ramírez trabaja desde los 14 años en esta tienda que abrió a inicios de la década de 1950 y que comenzó sirviendo como cámara para el género que su propietario vendía en el Mercado Central.

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Mantequerías Mossi / TURIA

Jesús, que ahora tiene 60 años, comenzó como aprendiz y más tarde se hizo dueño del negocio. Hace años repartían a domicilio. Llegaron a ser cinco personas trabajando en el comercio. Desde 2010 sólo él se encarga de la tienda. “Es un negocio pequeño, en vías de extinción”, comenta a las primeras de cambio. “La gente joven no quiere estos negocios porque hay que dedicarle muchas horas”, agrega.

“Para mí es necesario que exista un ultramarino, una pescadería, una droguería y tiendas pequeñas de todas las cosas, porque es donde la gente de barrio conoce al tendero, y se crea una familia”, asegura Jesús, que tiene claro que dentro de cinco años se jubila. “Intentaré traspasarlo, y si no lo cerraré, porque mis hijos tienen sus propios trabajos”, concluye el propietario de Mantequerías Mossi.

Al otro lado de la Gran Vía Fernando el Católico se encuentra Alimentación Liaño, un negocio recién heredado por dos hermanas que todavía no han cumplido los treinta. El comercio lo trajo su abuelo desde Toledo en 1965, y más tarde lo heredó su padre. Ahora las dos hermanas Liaño han asumido la gestión del ultramarino.

“Cuando éramos pequeñas no veníamos tanto, pero al hacernos mayores sí pasamos más tiempo aquí; al enfermar nuestro padre ya nos metimos las dos para ayudar”, explica Alba Liaño. “Para mí siempre ha sido una tienda de barrio de toda la vida, donde los vecinos vienen a comprar los productos que se consumen cada día”, añade.

“Nosotras hemos querido transformarlo un poco más hacia lo 'gourmet', ofrecer productos selectos que no encuentras en supermercados o grandes almacenes”, asegura una de las copropietarias.

En el centro de la ciudad, en la calle del Mar, Enrique Dasí espera la visita de Lasprovincias.es en la puerta de su ultramarino. Su padre entró a trabajar allí cuando tenía 12 años, en 1931. Tres décadas más tarde compró el negocio y toda la familia se trasladó desde Bétera al centro de la capital del Turia. Enrique heredó el negocio en 1984, veinte años después de empezar a trabajar junto a su progenitor.

“He conocido hasta cuatro generaciones distintas de alguna familia del barrio, pero todo va cambiando, se van muriendo los mayores y los jóvenes tienen otra forma de comprar, porque hoy trabajan todos y no se puede comprar al día como antes”, asegura Enrique Dasí.

El propietario de Ultramarinos Enrique no desaprovecha la ocasión para levantar la voz contra la apertura de las grandes superficies en las jornadas dominicales. “No me parece aceptable que, si entre semana los grandes abren de lunes a sábado hasta las nueves o diez de la noche, sea preciso que abran también los domingos”, protesta.

“El futuro de mi negocio es que seguramente, en cuanto me jubile, tendré que cerrar, porque mis hijas cada una tiene sus estudios, y esto no les va; el comercio es muy sacrificado, muchas horas, no es una clase de negocio que la gente quiera abrir”, concluye Enrique Dasí.

La ruta termina en el barrio de Ruzafa, donde en el año 1930 la familia Crespo abrió el que más tarde se conocería en todo el barrio como El Niño Llorón. El ultramarino lo heredaron dos hermanos, aunque finalmente, a principios de la década de 1990, fue Mateo Crespo quien se quedó al frente del negocio. Durante el último cuarto de siglo ha intentado especializarse, ofrecer determinados productos que no se encuentran fácilmente y que, asegura, van a comprarle desde todos los barrios de la ciudad.

“Antes de Continente, Doña Amparo o Mercadona, no había nada, toda la venta la hacíamos nosotros; a partir de la década de 1970 el público se divide, ya no nos compra sólo a nosotros”, explica Mateo Crespo. “Al desaparecer un poco la venta del día a día, tienes que intentar especializarte, ofrecer algo que no tiene nadie o que intentas hacer mejor que los demás, y tener un reclamo a nivel de producto”, asegura el propietario de El Niño Llorón.

“Me quedan mínimo cinco años, y estoy abierto a intentar buscar a alguien que dignamente me pueda representar, que quiera continuar con el negocio, de una forma digna y elegante; y si no, habrá que pasar página”, concluye Mateo Crespo.