Las Provincias

La Iglesia prohíbe esparcir las cenizas de los muertos o guardarlas en casa

Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Gerhard Müller. :: EFE
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Gerhard Müller. :: EFE
  • Sólo se permitirá conservarlas en el hogar en casos «graves y excepcionales» con permiso del obispo

Roma. Los católicos ya no pueden guardar las cenizas de un ser querido en una urna encima de la chimenea, lanzarlas al mar desde un acantilado, enterrarlas junto al árbol que tanto le gustaba al fallecido o convertirlas en joyas u otros artículos conmemorativos. El Vaticano prohibió ayer estas prácticas con la publicación de la instrucción 'Ad resurgendum cum Christo', elaborada por la Congregación para la Doctrina de la Fe para regular la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.

El documento viene a ocupar el vacío que existía en este campo y que tanto preocupaba a algunos episcopados, pues cada vez es más habitual que los fieles opten por la incineración y descarten ser enterrados.

'Ad resurgendum cum Christo' cuenta con otra advertencia significativa: se les podrá negar el funeral a quienes manifiesten con antelación y de forma notoria que desean la cremación tras su fallecimiento y que sus cenizas sean dispersadas por motivos «contrarios a la fe cristiana».

El texto fue aprobada por el papa Francisco el pasado 18 de marzo, pero no vio la luz hasta ayer, por lo que se ha pasado siete meses guardado en un cajón. El cardenal alemán Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no explicó el motivo de este retraso en la aparición de un documento con grandes implicaciones para los fieles.

Con esta instrucción que sustituye a una disposición anterior de 1963, Jorge Mario Bergoglio reafirma la preferencia de las autoridades eclesiásticas por el enterramiento de los cuerpos en cementerios y otros lugares sagrados debido a motivos doctrinales y pastorales.

«Es en primer lugar la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal», dice 'Ad resurgendum cum Christo'. Aunque prefiere esta primera opción, la Iglesia no encuentra «razones doctrinales» para rechazar la cremación, siempre que se respete la voluntad expresa o razonablemente presunta del difunto y que no esté motivada por «razones contrarias a la doctrina» católica. Esta última práctica «no toca el alma» y, por tanto, no impide a Dios «resucitar el cuerpo». El documento de 1963 ya permitía la incineración por no ser contraria «a ninguna verdad natural o sobrenatural».

Ahora las cenizas deberán ser guardarlas en un lugar sagrado, ya sea un cementerio o el columbario de una parroquia, y sólo se permite en casos «graves y excepcionales» y con el permiso del obispo diocesano la conservación en el hogar. «Así se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación». La normativa recién aprobada sostiene además que «no pueden ser divididas» entre los familiares o amigos las cenizas.

Tampoco hay excepciones en la dispersión de los restos por el aire, la tierra o el agua. Queda prohibida de forma taxativa «para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista».

No se permite igualmente que sean convertidos en recuerdos conmemorativos o en piezas de joyería y se exige «respeto y condiciones adecuadas de conservación». En ninguno de los supuestos citados pueden invocarse «razones higiénicas, sociales o económicas» para justificar que se opta por ellos.

El Vaticano decidió acompañar ayer a Müller de dos expertos para que explicaran las consecuencias y motivaciones de 'Ad resurgendum cum Christo'. Uno de ellos es el dominico francés Serge Thomas Bonino, secretario de la Comisión Teológica Internacional, quien dijo que el cuerpo no puede ser objeto de idolatría pero tampoco queda «aniquilado por la muerte».

Respeto al cuerpo

Además, «la ecología integral que ansía el mundo contemporáneo debería comenzar con el respeto al cuerpo, que no es un objeto que puede manipularse según nuestra voluntad de poder, sino nuestro humilde compañero para la eternidad», pidió el dominico, orden religiosa históricamente ligada a la férrea defensa de la doctrina católica. Bonino fue el que se mostró más contrario a la cremación, una práctica que a sus ojos «destruye el cuerpo de modo brutal».

El otro acompañante de Müller era el sacerdote español Ángel Rodríguez Luño, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. A este profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Croce de Roma y miembro del Opus Dei le tocó la difícil papeleta de explicar cuándo se negará el funeral a un fallecido. Tras dejar claro que la Iglesia «tiene el principio de no difamar nunca a un difunto», comentó que recurrirá a esta medida extrema cuando sepa «antes y de forma notoria» que se optó por la cremación «por motivos contrarios a la fe o antirreligiosos de modo notorio».

Se cuidó mucho Rodríguez en dejar claro que en cualquier caso «se puede rezar» por el muerto. «Eso nunca está mal», remarcó. Müller, por su parte, pidió varias veces respeto por el sentido cristiano de la muerte dejando claro que la clave estaba en la resurrección. «La aceptación del ser criatura por parte de la persona humana, no destinada a la desaparición evanescente, exige un reconocimiento de Dios como origen y destino de la existencia humana: de la tierra provenimos y a la tierra volvemos en espera de la resurrección», dijo el cardenal, insistiendo en que los difuntos «no son propiedad de los familiares», pues siguen siendo «hijos de Dios, forman parte de Dios y por ello no se celebran ritos privados, sino ceremonias públicas y esperan en un campo santo su resurrección».