Las Provincias

El castigado jardín de Blasco Ibáñez

  • Fuentes resecas, basura, maleza y setos sin apenas vegetación jalonan los tres kilómetros de una de las vías más importantes de la ciudad

  • El abandono y el vandalismo se dejan ver por toda la avenida, que no funciona como parque para los vecinos

La avenida Blasco Ibáñez es una de las más grandes, transitadas e importantes de toda la ciudad. A lo largo de sus casi tres kilómetros de distancia se ubica uno de los campus universitarios más extensos de toda la C. Valenciana, el de la Universitat de València, así como dos hospitales, centros de ocio nocturno, restaurantes y cafeterías. Además, se encuentra muy cerca del estadio de Mestalla y de las canchas deportivas de la UV. Sorprende, por tanto, que un paseo por su jardín central, proyectado a finales del siglo XIX y desarrollado en distintos plazos hasta 1975, revele evidentes signos de abandono: setos resecos, fuentes abandonadas, bancos destrozados y kioskos gobernados por las pintadas y las telas de araña.

El paseo por Blasco Ibáñez comienza en General Elío. Se trata del tramo más cuidado de toda la avenida. Junto al rectorado de la UV y una conocida clínica privada, los jardines están en buen estado. Únicamente frente a la Facultad de Medicina aparece una pequeña muestra de lo que se enseñoreará del bulevar conforme el paseo lleve hacia Beteró y el Cabanyal. Se trata de un antiguo kiosko abandonado y lleno de pintadas. Es uno de los puntos más resguardados del paseo, pues cuenta con sombra durante todo el día. Por tanto, cuando los jóvenes quedan para salir de fiesta o antes de las celebraciones periódicas del calendario universitario (como las fiestas de bienvenida, las paellas o la conocida como Orla de Medicina), lo hacen en este punto, que suele amanecer con restos de botellón tanto en el suelo como en el mismo Kiosko de Facultades, que aún mantiene un cartel con su nombre.

A partir de la calle Doctor Moliner, frente a la Facultad de Historia, el abandono empieza a ser mucho más evidente, y esta sensación crecerá conforme el paseo del espectador atento le lleve hacia la Estación del Cabanyal. Setos raquíticos, bancos sucios y rotos y suelo sin apenas tierra hacen de esta zona de Blasco Ibáñez una de las más abandonadas toda la avenida. En este punto, además, hay jardines situados varios centímetros por debajo del nivel del resto de la avenida, por lo que la basura se acumula en los parterres.

También en este tramo se encuentra el monumento en recuerdo de Manuel Broseta, el profesor universitario asesinado por la banda terrorista ETA el 15 de enero de 1992 mientras se dirigía a dar clase. El estado del monumento, una columna que recrea las del claustro de la Nau, contrasta con el del bulevar en el que se encuentra, que es utilizado, además, por dueños de perros de la zona para que hagan sus necesidades.

Los jardines en mal estado continúan hasta la avenida de Suecia y el Hospital Clínico, el que es, con permiso del de la avenida de Aragón, el cruce más transitado de todo Blasco Ibáñez. Ni siquiera en los alrededores del hospital mejora el estado de los parque. Las quejas de los vecinos de la zona son constantes pero critican que el Consistorio «apenas pasa por aquí, es indignante», dicen desde una cafetería cercana.

El siguiente tramo del bulevar se caracteriza por unos setos bajos que dejan la parte central de la avenida mucho más a la vista que en puntos anteriores, más asilvestrados. Así las cosas, está zona está más cuidada. Sin embargo, destaca la falta de vegetación en los setos, provocada por la sequía de estos últimos meses en Valencia.

Tras el cruce con la avenida de Aragón, el parque central de Blasco Ibáñez desaparece y se convierte en paseos a ambos lados de la calzada muy empleados por paseantes y ciclistas. El parque reaparece tras la rotonda de la calle Manuel Candela y lo hace para mostrar su cara menos amable. Una explanada de tierra dura con varios árboles en alcorques, donde es muy habitual, según los vecinos, ver a dueños de mascotas paseando con sus perros, inaugura este tramo, que irá degradándose poco a poco mientras la avenida se dirige hacia el mar. Esta zona, además, se encuentra a escasos metros de zonas de fiesta como la plaza de Honduras o la plaza del Cedro, por lo que cada noche de fin de semana es atravesada por cientos de jóvenes que acuden a los locales de ocio o a las discotecas situadas en la misma avenida, por lo que no es extraño, como aseguran los residentes de los alrededores, encontrarse resto de botellones en el jardín.

Precisamente a la altura de la calle Actriz Encarna Máñez se encuentra una zona con varias casetas que son utilizadas como urinario por los vándalos. El olor a orín en esta zona, que además está cubierta por árboles de gran porte, es penetrante y son muchos los vecinos que prefieren cruzar la avenida por otro punto para evitarse los malos olores, como reconocen.

También en este último tramo de los tres kilómetros de avenida se encuentra el monumento a José Martí. Levantado en 1993, recuerda al político cubano de ascendencia valenciana (su padre lo era) que contribuyó a la independencia de la isla en 1898. Sin embargo, el estado del monumento deja mucho que desear, con pintadas por toda su superficie. En esta zona de la avenida se encuentran varias fuentes, sobre todo la situada junto al barrio de Beteró, valladas y resecas. En la última, de gran tamaño, las vallas son tan antiguas que se han derribado en varios puntos y no resulta difícil acceder al interior del vaso de la fuente, que sirve como epitafio de una avenida que ha vivido tiempos mejores y que ahora se agosta lentamente.