Nada puede con 'Mamá Trini'

El ángel silencioso del mercado de Ruzafa, a punto de cumplir 83 años, continúa con su labor social después de sobrevivir a un atropello

Trini López en la puerta de su casa./J. M. F.
Trini López en la puerta de su casa. / J. M. F.
JOAN MOLANO

Trini López dejó de ser invisible hace poco menos de tres años. Un reportaje en este periódico casi tan austero como ella la sacaba del anonimato. 'El ángel silencioso del mercado de Ruzafa', así se tituló aquel artículo que recoge su huella de vida durante 20 años en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad de Valencia. Hasta entonces nadie de fuera de la lonja se había interesado en conocerla. Quizá por sus pintas de anciana alocada, con trenzas de colores, chepa y andar peculiar. «¿Cómo te va en el trabajo? ¿Ya te han hecho fijo? ¿Puedes pagar el alquiler?», es lo primero que le pregunta al redactor que llama a la puerta de su casa mil días después de su última y única cita. «¡Desde que escribiste aquella noticia me volví famosa sin quererlo! Me he visto en internet, o eso dicen, que me han visto, y también salí en la Primera, me contó otro periodista. Hablo con vosotros porque sé que os viene bien. Para que estéis contentos», recuerda. Ha llegado hasta la puerta apoyada en una fregona vieja como bastón: «Sigo repartiendo algo a los pobres de la zona, pero miniaturas. Antes iba a todas partes, llegaba a Mislata y hasta Alfafar... Eso se acabó. Ayudo menos pero sigo».

A mediados de 2016 un coche se la llevó por delante cuando cruzaba la avenida Peris y Valero: «Iba al mercado con mi carrito para dejar unas bolsas a mis pobres y una vecina que vive cerca de aquí tuvo una hora tonta y me atropelló». Sonríe y guiña sus espectaculares ojos azules. Solo le quedan un par de dientes. Ni rastro de enfado o resentimiento en sus palabras. El semáforo estaba en verde para los peatones y en ámbar para los vehículos. Se partió las dos rodillas. Pasó un par de meses enyesada en cama y varios más en rehabilitación. Casi un año sin aparecer por el recinto de Barón de Cortes. «La gente venía mucho preguntando por ella. Esa señora se merece todo lo bueno. Si no entra en el cielo cómo tendrá que ser el portero», señala Mariángeles, tendera de una panadería. «A mí me ayudó cuando más lo necesitaba. Estaba recién llegada a Valencia, no tenía papeles ni sabía cómo hacer para empezar una nueva vida. Le debo mucho, bastantes favores», comenta Tatiana, de paseo por el mercado, hace tiempo que las cosas le van bien, es feliz, ha sido madre de otro hijo y tiene su propio negocio. También quiere apuntar que «la entrañable viejita» hizo lo mismo con otras tres familias de su entorno.

Calle del Salinar en la ciudad de Valencia.
Calle del Salinar en la ciudad de Valencia. / J. M. F.

El accidente limitó los movimientos de Trini todavía más. Dos vértebras desviadas y una fractura de fémur ya la obligaban a pasar gran parte de su tiempo acostada. Las cosas han cambiado. Su cuerpo le impide acudir todos los días poco antes del cierre a recoger alimentos sobrantes para después entregarlos en la parada de su querido Agapito y, una vez allí, se los lleven quienes más lo necesitan. Pero no tira la toalla. Aún se deja caer una vez a la semana, los viernes. Patea en busca de víveres todo lo que su maltrecha cadera y sus débiles piernas le permiten. «No hace más quien puede sino quien quiere», asegura. Y pocos quieren ayudar tanto a la gente como 'Mamá Trini'.

La puerta de su casa está llena de bolsas con pan, plátanos, patatas, tomates, lechugas, huesos para caldo... ¿De dónde lo saca? «Me lo da el cielo», responde. El cielo se llama Luis. Otro de los personajes ocultos que forman parte de la historia del mercado. Se pasea por los pasillos de la lonja desde que era un chaval. Cumplirá sesenta en breve. Cada día es él quien pasa por los puestos para llenar su carro. Una parte de lo que consigue lo deja en el portal de su amiga y el resto se lo lleva para los suyos. Son cuatro en casa y solo dos tienen ingresos económicos. Quique, propietario de un puesto de verduras, cuenta cómo hace 20 años ayudó a 'Luichi' -así le llama- a sacarse el carné de identidad y a arreglar el papeleo para que pudiera tener una paga mensual de algo más de 300 euros. «También le abrimos una cuenta en el banco a ver si se administraba el dinero, pero lo sacó enseguida». Son como familia. Lo único que le pide a cambio de la comida que le da es que le eche una mano de vez en cuando con la carretilla.

Luis deja algunas bolsas con comida en la puerta de la casa de Trini.
Luis deja algunas bolsas con comida en la puerta de la casa de Trini. / J. M. F.

Luis se gana la vida trapicheando en el rastro con cosas que encuentra entre la basura o que le regala Trini: «Me da zapatos, libros, discos y algún reloj para ver si me puedo sacar algo. Entre eso y lo que cobro podemos vivir. Me han quitado un pico de la pensión y con el pago de la contribución vamos justos». Hace el mismo trayecto todos los días. Desde el mercado hasta la calle del Salinar, donde vive la anciana más bondadosa del barrio. Esa peatonal tiene mucho encanto. Está decorada con decenas de macetas que ha ido colocando la abuela durante los últimos años. También hay varios recipientes con agua para los pájaros: «No les puede faltar. Y no les dejo comida para no molestar a la vecina, que me dijo que me iba a denunciar. Mira, ya está mirando por la ventana. Quiero mucho a los vecinos, si no le gusta pues les doy de comer en otra parte», dice la 'Pocahontas' de Ruzafa, almeriense de nacimiento, viuda, animalista, vegetariana, sanitaria de profesión y madre de cuatro hijos.

Tiene tres viviendas en la misma calle. En una vive ella, en otra su familia y en la tercera Luis Eduardo, Cristina y su hija Dayana. Trini les deja estar allí sin pagar alquiler porque sabe «lo mal que están las cosas»: «Ya me darán algo cuando puedan». Son colombianos. Residieron en la planta baja en una etapa anterior pero la abandonaron después de que su pequeño de nueve años muriera electrocutado mientras enchufaba un ventilador: «Fue por culpa de una mala instalación. Una vez pasó la melancolía volvimos, no teníamos donde estar y gracias a 'Mamá Trini' tenemos un techo. Es como un ángel. A saber dónde estaríamos sin ella». El inmueble es otro. El hombre lo enseña sin reparos. Está perfectamente acondicionado y renovado gracias a las horas de trabajo que le ha echado Luis, que se gana las habichuelas como buenamente puede entre la albañilería y la electricidad.

Luis Eduardo en el salón de la casa que le ha prestado la 'Pocahontas' de Ruzafa.
Luis Eduardo en el salón de la casa que le ha prestado la 'Pocahontas' de Ruzafa. / J. M. F.

«Un día me contó un chico que me habían dado un premio. Como homenaje. Se vé que organizaron un concurso y cada persona tenía que proponer a alguien que había hecho cosas buenas en la vida y me eligieron a mí. Yo no quería nada, porque tengo de todo, pero acepté el detalle para no hacerle un feo. A mí no me hace falta nada. Sólo quiero que haya casas para los pobres, eso ponlo ¿eh?, es lo más importante, que nadie viva en la calle, que los jóvenes tengáis trabajo y que los poderosos y la Iglesia repartan más, porque tienen demasiado», pide 'Mamá Trini'. «Vuelve cuando quieras pero avísame antes para preparar algo de comer», se despide.

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