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Nadie espera a Miguel Ricart

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Nadie espera a Miguel Ricart

25.11.13 - 00:47 -
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Cuatro amigos. Es todo el bagaje sentimental que el asesino Miguel Ricart tiene en su currículo vital. Cuatro décadas de vida para recordar en sus entrevistas con psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales en la prisión sólo a cuatro personas como «amigos». En prisión no ha hecho ni un 'colega de trena', según fuentes de la cárcel de Herrera de la Mancha. Ningún confidente de 'chabolo'. Su tesoro sigue siendo su hija Rosa. Ahora tiene 23 años, casi los años que lleva Ricart entre rejas. Una edad que nunca cumplieron Míriam, Toñi y Desirée, las víctimas de su barbarie.

«La quiero más que a mi vida», dijo de su hija en sus entrevistas. Para ella, su padre, que la abandonó con sólo cinco meses, es un apestado. Ni quiere saber nada de él ni por supuesto piensa ir a esperarlo a las puertas de la prisión de Ciudad Real. En su página de Facebook, ni una palabra de su padre ni de sus crímenes. Aún conserva el apellido Ricart, pero en el apartado de 'padres' sólo nombra a Dolores, su madre y la exmujer de Ricart. Ni a ella, ni a Encarna (la hermana del condenado, que sí ha alterado sus apellidos) ni a sus dos sobrinas se les pasa por la cabeza reencuentro alguno.

Cuatro amigos en 44 años de existencia. Y ninguno estará tampoco a las puertas de Herrera. No aparecerá Salva, al que Ricart recuerda de niño en su etapa en el colegio San Juan Bautista de Valencia. Otro 'amigo', aquel que le dio un bocadillo para cenar en Catarroja una noche que se escapó de casa allá por los 80. Le dejó dormir en el patio de su vivienda, pero 'El Rubio' pasó frío y acabó con su fuga en 24 horas. El tercero, Roberto Anglés, de su misma edad y hermano de Antonio, el asesino y violador de las niñas. Y su último amigo, Antonio, el mismo en cuya casa se refugió tras asaltar un banco de Buñol sólo unos días antes de aquel funesto 13 de noviembre de 1992, cuando Míriam, Toñi y Desirée subieron en el Opel Corsa de Ricart camino de ninguna parte.

Ningún amigo íntimo. Nadie que acuda a abrazarlo o consolarlo a las puertas del penal. Aunque libre, Ricart estará solo. Un demonio huérfano de sentimientos. Por dentro y por fuera. Con «dificultades para emprender relaciones sociales», un individuo acostumbrado a regirse por «el engaño y la manipulación». Son los dictámenes de personalidad de los psicólogos que han analizado en prisión a Miguel Ricart Tárrega (Catarroja, 1969), ahora al borde de la libertad.

Los expertos dudan entre si puede volver a las andanzas criminales por su marcado «carácter antisocial», como subrayan los informes penitenciarios, o el dictamen de quienes sostienen que no reincidirá. «No va a volver a las andadas. No inspiró el crimen ni fue el jefe malvado, sino que se movió por cierta presión de Anglés», ha subrayado el psiquiatra forense José Cabrera.

Imagen maldita

Pero la suya siempre será una amarga libertad. A la soledad se unen las dificultades que tendrá para salir adelante y hallar un trabajo con el que subsistir. Su rostro está marcado, a pesar de que en estos 20 años ha cambiado mucho. Ahora tiene el pelo más largo, notable calvicie y unos cuantos kilos de más, dicen los que lo han tenido cerca este tiempo.

A su 'imagen maldita' se une su escasa formación profesional. En Herrera se sacó el graduado escolar. Ha hecho talleres de jardinería, carpintería y limpieza. Su última 'profesión' ha sido repartir el rancho del comedor para los presos. Ninguna especialización que le permita abrirse un hueco en el negro panorama laboral, aunque su sustento queda de momento asegurado por los 400 euros del polémico subsidio de excarcelación que tiene derecho a solicitar durante año y medio.

Ricart nunca fue un 'hacha' para el trabajo. Quizás tomo el ejemplo del ebanista Miguel, su padre. De su madre tiene pocos recuerdos. Encarnación murió de un ataque epiléptico cuando él tenía cuatro años. El progenitor acabó prejubilado por invalidez y el mismo Ricart da fe de que raro era el día en que no andaba borracho. Muchas veces lo pagó con él a golpes. Y 'El Rubio' siguió su camino. 18 meses es el tiempo máximo que aguantó en un mismo oficio: como legionario en Málaga, cuando tenía 20 años de edad y ya se hinchaba a hachís y alcohol. En ese tiempo dejó embarazada a su novia y nació su hija. Les envió durante un tiempo la mitad de las 60.000 pesetas que ganaba. Hasta que sus vicios pudieron más que el amor.

Antes que legionario fue 'collidor' en la Ribera. Demasiado duro, acabó diciendo. Como barrendero aguantó un verano en Alcàsser. Después trabajó como mecánico en un concesionario. «Era un chollo», como reconoció a los psicólogos, porque «no hacía nada y ganaba bastante dinero». Se jactaba de lo poco que se manchaba de grasa su mono azul. A los seis meses se le terminó el 'chollo', según él porque su jefe le cogió manía. Su siguiente destino laboral, la fábrica de hielo de Mercavalencia. Ni tres meses pasó allí. «Muy duro y mal pagado», reconoció en la cárcel. Poco después se separó de María Dolores. Y en los brazos de Antonio Anglés, su camello, añadió la cocaína y el 'rohipnol' a su dieta estupefaciente y se entregó en cuerpo y alma al mundo delictivo.

En manos de una curandera

Hoy, a unos días de su libertad, Miguel Ricart se enfrenta al desprecio de la gente. En Catarroja y en Alcàsser no quieren ni oír su nombre. «Por aquí que no aparezca», es el comentario que repiten los residentes como una letanía. Su hermana ha puesto tierra de por medio para irse a vivir a un pueblo de Andalucía. Su exmujer reside en Barcelona y su hija en un municipio de l'Horta. Ambas lo odian.

Es lo que Ricart ha ido sembrando en su vida. El amor nunca lo ha rodeado. De niño, su padre lo internó en el colegio de huérfanos San Juan Bautista antes incluso de serlo. Tras morir su madre, cuando él tenía cuatro años, ya no quiso saber nada del niño y lo dejó en manos de las religiosas de la institución valenciana. El afecto no fue la base de su educación. Tampoco la cultura. Lo demuestra la resolución que sus padres le dieron a una infección del muñón umbilical que sufrió tras nacer. Sus padres «recurrieron a una curandera», como consta en los informes periciales.

Su etapa educativa sólo aguantó hasta 6º de EGB (Educación General Básica). Logró una beca para estudiar en la Universidad Laboral de Cheste, pero acabó descarriado. «El director del centro le manifestó la conveniencia de abandonar ciertas 'malas compañías». Al no hacerlo, acabó expulsado. En el instituto de Catarroja tampoco se encauzó. Los 'novillos' eran constantes . Y a los 16 años dejó de hincar codos para probar en mil y un trabajos, pero sin asentarse en ninguno. «No se muestra inquieto por tener un empleo duradero», dictaminaron los psicólogos.

Otra vez la repetida ausencia de emociones. Aunque Ricart no es un psicópata. Los médicos lo niegan tajantemente, pero subrayan su carácter frío. Los psiquiatras hicieron una prueba en prisión. ¿Cómo se hubiera sentido él de ocurrirle a su madre, hermana o hija lo que a las niñas de Alcàsser?. «Me hubiera vuelto loco», fue su respuesta. Pero Ricart dejó entrever un «mínimo impacto afectivo». Sus gestos no se alteraron ni un ápice y se mostró hasta «distante». El dictamen de los psicólogos sigue. El asesino «llegó incluso a sonreír» en la conversación. Otra prueba de la fría máscara del triple asesino, al borde de la libertad y de una nueva condena: la más absoluta soledad.

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