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La valentía de luchar contra el alcohol

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La valentía de luchar contra el alcohol

25.03.13 - 01:00 -
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Sara trabajaba en un restaurante. Cuando salía de noche se bebía un vaso de vino. No pensaba que esa costumbre esporádica acabaría siendo una losa. La separación de su marido fue el punto de inflexión que cambió su vida y el alcohol comenzó a ser su vía de escape a los problemas. Ahora a sus 38 años lleva dos en rehabilitación y en mayo le darán el alta.

Como ella, un centenar de mujeres han participado desde 2005 en el programa de abordaje y tratamiento de la adicción al alcohol que se imparte semanalmente en la Unidad de Conductas Adictivas (UCA) de Benidorm, unidad dependiente del departamento de Salud de la Marina Baixa. Este programa pionero se lleva a cabo todos los viernes y a él asisten una media de diez mujeres que participan en terapias de grupo que las ayudan a llegar a una abstinencia completa.

Sara, que así prefiere llamarse, lo descubrió de manos de otra de las pacientes que la animó a ir. «Ella me salvó la vida», afirma con una sonrisa cuando recuerda su ayuda. «La terapia me ha dado la vida. He descubierto cosas que no pensaba que podría hacer». Ella cuenta su historia con mucha fortaleza. No le importa que se le pregunte sobre todo lo que ha pasado para llegar hasta este punto en el que se siente «totalmente bien». Ha dejado atrás todo aquello que la hundió. Sara ha estado «en la mierda». Un mañana se llegó a beber cuatro botellas de coñac hasta caer desplomada. Estuvo tres días en un sofá hasta que los bomberos entraron a su casa.

«No pensaba ni en mi hijo. Me llegó a decir 'te odio' a la cara y me daba igual». Ella escondía las botellas de alcohol por la casa, en cualquier rincón. Pasó por ingresos en psiquiatría, casi llega a la mendicidad y además ha estado a punto de morir varias veces de problemas de salud. «Una de las veces estaba hinchada y todo mi cuerpo era negro. El médico me dio un ultimátum. Mi hígado no aguantaba más», relata. Pero ya no le importa. Ha rehecho su vida, trabaja en un bar e incluso cocina con alcohol. «Ahora ni se me pasa por la cabeza».

Amy es belga, tiene 61 años y lleva menos de un mes en terapia. Su vida ha sido muy dura desde que se casó con un murciano. Descubrir la homosexualidad de su primer marido y de su segunda pareja la sumió en una depresión.

Como Sara, empezó con «una copita» los sábados y a beber esporádicamente. Aunque asegura que su hábito no es diario, sí que reconoce que «cuando cojo la botella no paro hasta que me caigo al suelo». Su primer marido era un «bebedor social», como ella lo describe y Amy era la encargada de que sus hijos no le vieran en ese estado. Ahora reside en Benidorm ella sola.

Amy pasó de tenerlo todo a nada. Tenía una vida acomodada. «En mi casa había una bodega con más de 1.800 botellas que acabé bebiéndome». Ha estado a punto de quitarse la vida en más de una ocasión hasta que un día decidió que tenía que acabar. «Me dije, he tocado fondo y tengo que buscar una solución». Y así lo hizo. El primer día después de la terapia pensó en volver a las andadas. «Pero no, he sido fuerte», afirma. Ha vuelto a cocinar después de muchos años sin acordarse y ha empezado a pensar en la comida. Amy acude a un grupo belga de Alcohólicos Anónimos junto a Helena (66 años) otra de las mujeres que asisten a la terapia de la UCA. Ella lleva unos meses en la terapia después de que un médico de Altea le recomendara ir.

Helena vive en Madrid y pasa largas temporadas en la Costa Blanca. La vida en el hogar y la actitud celosa y machista de su marido la llevaron a refugiarse en el alcohol. Ahora asegura que es otra y ha mejorado en dos aspectos: ya no bebe y la relación con su marido es distinta.

Eva, de 36 años, empezó a beber hace 5 y ya lleva 18 meses en rehabilitación. A ella la terapia le ha cambiado la vida. Cuenta con el apoyo de su familia e incluso es capaz de hablar de su «enfermedad» con sus hijos. Su historia es como la de muchas mujeres: se refugió en el alcohol ante la soledad y los problemas con su marido. Su hermano fue quien la llevó a terapia y asegura que ver a personas que van a lograr el alta la anima a seguir su lucha.

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