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El ayuntamiento de Benimassot sólo abre los lunes y los miércoles; el panadero va lunes, miércoles, viernes y sábados; el del butano, los jueves, como Quintana, el pescadero de Dènia; los viernes, el de la fruta y la verdura, y el carnicero, los sábados. Un repartidor de congelados pasa una vez a la semana y otro cada diez días. El cura sólo acude los domingos, para decir misa, salvo que haya fiestas o causa mayor. Por último, lunes y jueves son días de visita del médico en el ambulatorio. El resto de la semana, si hay urgencias, se acude al centro de salud de Benilloba, y si el asunto apremia más, directamente al hospital de Alcoi.
Hilario Ballester, 'El Moliner', nos relata la lista de servicios ambulantes del pueblo con la ayuda de Maruja, que vive al lado de la iglesia y guarda la llave de la misma. Hilario es de los más veteranos del lugar y recuerda muy bien los detalles del 'Gran Robatori de Benimassot', conforme se lo contaron sus padres y abuelos y a estos los suyos. Maruja también, porque su familia desciende de uno de los principales afectados de aquellos hechos que ocurrieron en 1874. Más aún, su casa sigue conociéndose como 'la del tío Pep de la Plaça', quizá uno de quienes más duras se las vio aquel domingo, al igual que 'El Senyoret', que tuvo que sacar dinero de lugares más recónditos para que no corriera la sangre.
La lista de los ricos
De hecho, cuentan que en una reforma reciente de la casa del 'Senyoret' apareció un hueco debajo de los escalones, sin duda un escondrijo idóneo, conforme se narraba en crónicas de la época. Así lo ratifica Manel Arcos, periodista e historiador de Oliva que lleva años investigando sobre el bandolerismo en las comarcas montañosas entre las provincias de Alicante y Valencia, tiene un blog en internet sobre 'La senda dels lladres' y ultima ahora su sexto libro (que publicará Ediciones Tívoli, de Alcoi), en el que narra con todo detalle lo que aconteció en aquel famoso robo de Benimassot.
Fue el 22 de febrero de 1874, domingo, a primerísima hora de la mañana. Una banda de 34 'roders' (bandoleros) tenían rodeado el pueblo y controlaban entradas y salidas sin que lo supieran sus pocos habitantes. Aguardaron a que todos estuvieran en misa para encadenar las puertas por fuera e impedir que nadie saliera por su cuenta. Tres 'roders' quedaron dentro. Uno de ellos, Josep 'de la Tona', de Pedreguer, que era el jefe, llevaba una lista con los más ricos del pueblo, por lo que se supone que hubo colaboración de dentro.
Una calle en Pedreguer
Los primeros en 'caer', explica Manel, «fueron cuatro integrantes de la banda de Castell de Castells, y luego otros de Tárbena y de Xaló, y a partir de ahí, unos fueron señalando a otros». Sin embargo apunta a un hombre como organizador en la sombra: un tal «Vicent Mut, que era secretario municipal de la Rectoría (subcomarca de La Marina que agrupa a Sagra, Tormos, El Ráfol d'Almunia, Sanet i Negrals y Benimeli) y que acabó indultado, seguramente porque negociaría delatando a los demás». Curiosamente, este funcionario actuó después de recaudador de la contribución municipal en la misma zona.
El rastro del dinero
Y no fue este hecho el más peculiar del desenlace final. El líder de la banda, Pep 'el de Tona', debe ser uno de los pocos bandoleros, si no el único, al que dedicaron una calle, en su pueblo, Pedreguer. Producto, sin duda, del popular sentido romántico y legendario hacia los bandoleros del siglo XIX, a los que se tiene por herederos del mito de Robin Hood: «Robaban a ricos para repartirlo entre pobres y no solían arrastrar delitos de sangre».
A todo esto, si aquellos bandoleros no pudieron disfrutar de su botín, ¿qué ocurrió con el mismo, se devolvió a los dueños? En absoluto. Se perdió por el camino. O mejor dicho, se perdió su rastro en principio. Pero Manel ha seguido estirando de los hilos de crónicas, boletines oficiales, recuerdos de gente mayor...
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