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Ni rastro de lo que era el rastro

Valencia

Ni rastro de lo que era el rastro

18.09.12 - 00:10 -
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Las cosas no funcionan como a Jaime García le gustaría. Aún recuerda que hace 28 años, cuando por primera vez fue al rastro a vender, volvió a casa con 17.000 pesetas. Una fortuna. Ahora ya se daría con un canto en los dientes si cada domingo pudiera volver a casa con esos cien euros.
Y es que no queda ni rastro de lo que era el rastro. Por aquel entonces, allá por los ochenta, estaba en la cuca plaza de Nápoles y Sicilia. Hoy, junto al mastodóntico Mestalla, los verdaderos vendedores, los rastreadores, se tienen que codear con los que han convertido a este lugar de culto antaño, en un hervidero de la mediocridad, del mísero euro en singular.
Jaime tiene ganas de dejarlo. Anda maltrecho físicamente, no saca ni para ayudar a su hija Lorena, pero el gusanillo que le entró aquella mañana de hace 28 años aún sigue empujándole a madrugar los domingos.
«Recuerdo que fue todo casual. Yo era conserje de finca y los dueños me daban lo que no querían. Y durante tiempo lo fui guardando en casa y hasta en el hueco del ascensor. Un día pensé que lo podía llevar al rastro», dice. Volvió a casa con esas míticas 17.000 pesetas y, sin saberlo, con el convencimiento interno de que aquello era lo suyo. Aquello de madrugar los domingos. Su vida cambió.
No olvida de entonces que llevó un par de platos de cerámica muy buenos y que los vendió muy por debajo del precio de rastro, un valor que nunca llegas a saber si es cierto o atinado. Un gitano se los llevó no sin antes preguntarle si eran legales. Ante la duda él ni se inmutó. No pensó que era una ganga lo que estaba ofreciendo.
Ahora ya «los veo venir», dice de los clientes y de las situaciones que se generan en el rastro dominical. «Ahora ya sé quien sabe y quien no tiene ni idea», lo dice después de ofrecer un quinqué de cerámica por diez euros. O unos minutos antes de que un hombre se encapriche de un coche de hojalata de los cuarenta y que no se lleva porque Jaime le pide 90 euros. «Mira, ese coche lo compré yo hace siete años por 150 euros y aún no lo he podido vender», reconociendo con una sonrisa que el vendedor del rastro que se lo colocó «me vio venir. Se me notaba que lo quería y me sacó los 150 euros». Y ahí está el coche, algo sucio, pero con toda su carga emocional y ancestral.
Pero ese es el precio del rastro. Para Jaime lo mejor es la «interacción con el cliente, el regateo con la gente selecta, con la que sabe y la que cuando negocia te respeta y sabe lo que vale lo que está comprando», sostiene el vendedor mientras su hija ha logrado vender una Santa Cena por 30 euros. ¿Estarás contento? «Mira, la cosa está muy descafeinada. Esa Santa Cena vale 90 o 100 euros y la he dejado por 30». Son los únicos billetes que se mete en el bolsillo durante la hora larga de charla.
Las antigüedades ya no venden. Su mujer ha tenido que cerrar una tienda en Ruzafa que llevaba abierta 13 años. Ahora él intenta colocar todo lo que tiene comprado en los últimos años y que ocupa un local de tres alturas.
Lo que tiene claro es que ya no quiere comprar nada más. Para qué... Sin embargo, cada domingo monta su lona y antes de que llegue la gente se da una vuelta por los demás puestos para ver qué traen y para pujar por algo que le parezca interesante. Gusanillo.
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