Ángel o diablo. No caben medias tintas con el hombre cuya fortuna subió como la espuma a golpe de recalificación de suelo en los felices años del boom inmobiliario. Entonces se codeó con lo más granado de la economía española. Todos querían conocer a ese joven salido de la nada que había amasado la fortuna número 95 de todo el mundo. Y no decepcionaba en las distancias cortas. Acompañaba su «fachada impecable» y sus aires de «nuevo rico» con un discurso inagotable capaz de eclipsar a cuantos había alrededor. Para algunos resultaba molesta y hasta podía entenderse una falta de educación esa faceta suya de capitalizar la atención. «Sus formas se han pulido, pero son fatales», dicen algunos conocidos. Recuerdan un incidente de protocolo con la Familia Real en el que tuteó, llamando por su nombre, a uno de sus miembros.
Mientras que su actual equipo de colaboradores asegura que es una persona «completamente normal» y niegan todas las excentricidades que se le atribuyen, Enrique Bañuelos levanta otras reacciones no tan favorables. Es un «encantador de serpientes», un «embaucador nato» o simplemente un «listillo», dicen. «Un tipo del que te queda la duda, no es trigo limpio». Hijo de un trabajador de Altos Hornos que falleció cuando él tenía nueve años, siempre se ha creído que nació en Sagunto (de hecho ni él ni sus anteriores colaboradores lo han negado nunca), pero su origen vitalicio está en el País Vasco, reconocen en su equipo actual. Lo ocultó para preservar a su familia. No obstante, se siente valenciano.
Se hizo a sí mismo, como señala la revista Forbes, en la que aún sigue codeándose con los más ricos aunque a distancia, desde su puesto 854, con 1.500 millones de dólares de patrimonio. Y eso que salió bastante bien parado, algunos dicen que con 2.000 millones de ganancias. «No avisó del descalabro a su propia gente», subrayan fuentes del sector de la construcción.
Cinco años no han sido suficientes para borrar su huella de la mente y el bolsillo de quienes confiaron en sus promesas de revalorización de un valor que, casi tan rápido como se infló (la acción de Astroc pasó de 6 a 72 euros en apenas ocho meses), se desplomó, pulverizando ahorros de toda una vida o atando hasta los restos a créditos millonarios a gente que se creía de su confianza, incluso sus propios empleados. «Ha dejado muchos cadáveres», dicen empresarios inmobiliarios que aún recuerdan cómo «nos perseguía para que nos uniéramos a él... menos mal que no lo hicimos».
Atrajo a su causa a Amancio Ortega, el fundador de Inditex, que llegó a tener un 5% de Astroc, a la familia Nozaleda (inmobiliaria Nozar), a Caixa Galicia, a Carmen Godia, vicepresidenta de Abertis, o a Félix Abánades, dueño del Grupo Rayet, el máximo accionista de Quabit, que aún hoy intenta resurgir de las cenizas en que se convirtió Astroc (su acción cotiza a 0,059 euros). Las grandes fortunas iban desembarcando en la compañía en medio de sospechas de alteración del precio de las acciones. Las posteriores acusaciones, concretadas en una querella interpuesta en junio de 2007 por el abogado y accionista Felipe Izquierdo y a la que se sumaron medio centenar de personas, quedaron en papel mojado. En septiembre, el juez Baltasar Garzón la archivó, auto que confirmó la Audiencia Nacional en febrero de 2011 y que cerró definitivamente tres meses después.
Entonces, como ahora, Bañuelos se rodeó de lo mejor. Le asistió legalmente Carlos Bueren. Cuentan que se desplazaba en un jet con escudo antimisiles y que fletaba un avión para que su madre fuera de compras. Sus actuales colaboradores niegan la mayor. Aseguran que su progenitora, a la que agradeció su esfuerzo por sacar adelante la familia bautizando su gran inmobiliaria con las letras de su apellido (Castro), tiene pánico a volar. Incluso dicen que el propio Bañuelos ha viajado varias veces en Easyjet. Otros señalan que tenía su propia compañía de aviones y que, dependiendo de la ocasión, hacía uso de uno u otro transporte.
Hasta sus máximos detractores le reconocen algunas capacidades como el don de la oportunidad, su gran olfato, el hecho de rodearse de buenos profesionales. «Paga muy bien a la gente, les compensa su dedicación, compra la fidelidad». En su equipo actual destacan su «visión» y su dedicación, «está todo el día trabajando». Subrayan su trato cordial, aunque reconocen su perfil controvertido. «Es como la muerta de la curva», una leyenda que se va retroalimentando.
No es así más allá de las fronteras españolas, aseguran en su entorno. «Los financieros más importantes del mundo se sientan con él», señalan desde Veremonte, el grupo inversor del que Bañuelos es principal accionista y que promueve su nuevo megaproyecto junto a Port Aventura. Destacan el «prestigio» con que cuenta en Inglaterra, EE UU, Asia o Latinoamérica.
Ni siquiera con la quiebra de su emporio inmobiliario pareció inmutarse. Decía que así era el mercado. «Él no tiene ganas de borrar lo de Astroc, pero sí de que se diga la verdad», dicen sus ahora allegados. Entonces hizo las maletas y se fue a buscar fortuna a Brasil. Poco se supo de él salvo los movimientos inversores que realizaba. Ahora, con los bolsillos cargados de plusvalías y algún que otro revés, vuelve. Basta ver si las autoridades, inversores y empresarios españoles caen de bruces por segunda vez a cuenta de Enrique Bañuelos o si el promotor consigue borrar el sabor amargo del derrumbe de Astroc con las mieles del éxito del megaproyecto Barcelona World.




