Los días pasan lentos para Francisco. Después de estar media vida trabajando como albañil y detrás de la barra de un bar, su único quehacer ahora es buscar un empleo. Aguarda a que cambie su suerte en la caravana en la que sobrevive, aparcada en un solar de Valencia. Es uno más de los habitantes de los asentamientos que proliferan a las afueras de las grandes ciudades de la Comunitat.
Francisco buscó un terreno apartado y tranquilo en el que instalarse. Lo encontró en el polígono de Vara de Quart. Allí ubicó su 'roulotte' y su tienda de campaña, que ha convertido en su particular salón con un destartalado sofá y un varias sillas. Y coronando su hogar, una placa solar que tiene que retirar cada vez que se va para evitar que se la roben. «Con el euro nunca me han ido bien las cosas y ahora he acabado aquí», admite este hombre de 57 años.
La crisis se ha cebado con él. Divorciado y padre de dos hijos, ha pasado de vivir alquilado en un piso de Alaquàs a estar en la calle. De trabajar en la construcción, «haciendo chapados, bricolaje y cualquier chapuza» a quedarse con los brazos cruzados de forma forzosa. «Llegó un momento en el que sin trabajo no pude afrontar los gastos. Pagaba 400 euros de la vivienda y 800 del alquiler del bar que regentaba con mis hijos y las cosas no iban bien. Así que con lo que tenía me compré la caravana y comencé a vivir así», relata.
Sus únicos compañeros son su perro 'Bola', un conejo, una perdiz y una paloma herida a la que está curando. Sus amigos le visitan con asiduidad. Aparte de charlar con ellos, pasa el tiempo viendo películas de acción. Francisco se conforma con lo poco que tiene. No le ha quedado más remedio. Hoy se abastece de agua para ducharse y fregar de una gasolinera cercana que se la regala.
Su familia no puede ayudarle. «Mis hermanos, que están en Cuenca, me preguntan si por Valencia hay algo de trabajo. Y no tengo ni para mí», explica. Hace menos de dos años la desesperación le llevó a aceptar una oferta de un conocido para transportar droga desde Argentina hasta Barcelona vía París. La Gendarmería le descubrió en el aeropuerto Charles de Gaulle y pasó 18 meses entre rejas.
En el mismo solar, en el que pidió permiso a sus propietarios antes de instalarse en él, malviven otras personas. «Cuando me ausento, los vecinos han entrado aquí y me han robado café o azúcar», lamenta.
Cada vez hay más familias valencianas y extranjeras sin empleo, azotadas por la situación económica, que se quedan sin vivienda y sin ingresos y se ven obligadas a ocupan solares abandonados. Cruz Roja trabaja con los habitantes de más de 40 asentamientos de la Comunitat, casi el doble que en 2011.








