Durante la década de los ochenta, mientras la noche valenciana se renovaba y modernizaba al ritmo que marcaba la nueva sociedad, sobre todo los más jóvenes y las tendencias llegadas tanto del exterior como de la «movida madrileña», la ciudad conservaba algunos reductos nocturnos en la línea más clásica.
Con cabarets como Los Molinos o la Sala Internacional en decadencia y camino de su desaparición, Mister Chus, Suso's, Samy o Lady's eran salas de fiesta y discotecas que conservaban el estilo tradicional, ajenas a la renovación cultural, también en el ocio nocturno que lo empapaba casi todo.
Y entre estos locales para un público más maduro y ajeno a las «moderneces», en 1983 aparecía Le Privé, en medio del maremagnum nocturno que se concentraba en la zona de Cánovas. Pero Le Privé era otra cosa y de ahí que dejara huella. Estaba en un sótano de la Gran Vía Marqués del Turia, junto a la Torre de Valencia. Antes había sido Delfos Gran Vía, de los hermanos Granell y la Terraza Martini, dirigida por Isidro, el ex -maitre de Suso's.
En su primera época Le Privé lo regentó el ínclito Jesús Saiz con su cuñado Vicente Villar. Iban famosos, deportistas, artistas, hosteleros, empresarios y muchos expositores, clientes y ejecutivos de paso por la floreciente Feria de Muestras.
Organizaban fiestas, entregas de premios y homenajes diversos, sorteaban cada jueves un Dupont de plata y presentaban actuaciones, sobre todo de cantantes locales de estilo «ninobravista». Le Privé se llenaba cada noche entre una atmósfera divertida y desenfadada, permitiéndose el lujo de contar con un trío de excelentes músicos que amenizaban y acompañaban en directo a los actuantes, formado por Jose Luis Faulí a los teclados, Boro al bajo y Fernando Estruch a la batería. En otro momento fue el maestro Miguel Marcos quien tocaba el piano en directo. No era extraño ver a cantantes como Bruno Lomas, Francisco, su hermano Juan Ramón o a Jaime Morey entre otros muchos, subir alguna noche a cantar al escenario voluntaria y espontáneamente, motivados por el buen ambiente que se respiraba en el establecimiento.
Jesús Saiz estaba de moda, llenaba locales y su nombre atraía a una selecta clientela que manejaba a su antojo, lo que le llevaba a multiplicarse entre Sami, Mister Chus, Hoyo 19, el propio Le Privé y algún tiempo después también en Suso's tras su comentado desembarco con fichaje millonario incluido.
Pero el 17 de diciembre de 1983 ocurría el terrible incendio de la discoteca Alcalá 20 en Madrid que acabó en tragedia y costó la vida a 82 personas, quedando en evidencia el alarmante vacio legal en cuanto a la normativa en materia de seguridad y todos los locales instalados en sótanos, como era el caso de Le Privé entre tantísimos otros, pasaron a situarse en el punto de mira de las autoridades.
Era cuestión de tiempo y ese día llegó en el verano de 1984. Por falta de salida de emergencia, Le Privé tuvo que cerrar, hasta que unos meses después, el gran tótem de la hostelería valenciana, el «boss» don Jesús Barrachina, se inventaba esa escalera extra y acondicionaba el local a las duras exigencias recién legisladas, poniendo el negocio en manos de Isabel Edo, una de las escasas mujeres que hicieron carrera en eso de las relaciones públicas noctámbulas.
Valencia se europeiza con la modernidad, pero este tipo de locales se desmarcan y se hacen fuertes en lo de toda la vida, respaldados por un público que prefiere los boleros a lo tecno y Frank Sinatra a U2.
Le Privé continuó siendo un referente de la Gran Vía durante varios años, una cita previa y obligada al fin de fiesta en Mister Chus o Suso's, hasta que un buen día de 1987, la cadena norteamericana Seven Eleven le hizo a Barrachina una suculenta oferta que no pudo rechazar: 25 millones de pesetas para instalar allí su primer supermercado en Valencia. Obviamente, Le Privé se despidió para siempre, Barrachina hizo un gran negocio y la gente se trasladó a otros locales de perfil similar. Y aquí paz y allá gloria.















